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OPINIÓN

La sucesión esperada

Mayo de 1917. Fabela y su proyecto. Hank y sus postulados. La dinastía Del Mazo. Electores, no clien

Germán Iván Martínez

Doctor en Enseñanza Superior por el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos y licenciado en Filosofía por la UAEMéx. Se ha especializado en formación docente y gestión educativa. Actualmente, es subdirector Académico de la Escuela Normal de Tenancingo.

Miércoles, Mayo 24, 2017

En este año se celebra el centenario no sólo de la constitución mexicana sino de la mexiquense. La constitución política del Estado de México fue aprobada el 31 de octubre de 1917 y promulgada el 8 de noviembre del mismo año. Antes de esta fecha hubo más de diez mandatarios diferentes en la entidad, sin elecciones reales. Como ha escrito Álvaro Arreola Ayala en La sucesión en la gubernatura del Estado de México (1917-1993): “Entre 1914 y 1917, la vida política del estado refleja la de la nación. Los gobernantes locales que se suceden: gobernadores, presidentes municipales o diputados, antes que conocedores de la entidad, [eran] representantes directos de las personalidades revolucionarias”. Los legisladores de entonces, como los de ahora, han estado en su mayoría vinculados con la fracción hegemónica. En aquellos años, la carrancista; hoy, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que cuenta con 33 de 75 diputados locales y gobierna 82 de los 125 municipios de la entidad.  

El mismo Arreola afirma que “las primeras elecciones verdaderas llevadas a cabo en el Estado de México en el siglo XX, se realizaron el 20 de mayo de 1917”, y fueron convocadas por el general Carlos Tejeda, gobernador interino. Desde entonces, advierte el sociólogo e historiador, han existido grandes dificultades para edificar una cultura política basada en el respeto a la libertad del sufragio y la transparencia electoral. En su libro, da cuenta de las principales irregularidades electorales que marcaron la primera elección de gobernador en ese siglo: la presión ejercida a los votantes por los poderes municipales, el incumplimiento en los requisitos legales para ejercer el voto, la publicación de listas electorales sin expresar el número de casilla ni su ubicación para sufragar, la no entrega de credenciales a los electores, la ausencia de padrones electorales en algunos municipios, la expedición de nombramientos de instaladores electorales para suplantar a otros, la presión ejercida sobre los votantes por los presidentes municipales y el analfabetismo de algunos funcionarios de la mesa electoral y, desde luego, de los propios electores. En los años veinte, en el Estado de México, seis de cada diez ciudadanos no sabía leer ni escribir. Esto los obligaba a emitir el voto públicamente y en voz alta. Como es de suponer, en una época de marcado caciquismo, no resulta difícil imaginar que esta situación representara una seria limitante a la libertad de elección.

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El ganador de la primera contienda electoral en esta entidad fue Agustín Millán Vivero, quien tomó protesta como gobernador el 30 de junio de 1917, en la ciudad de Toluca. Fue el primer mandatario del siglo XX en llegar al gobierno estatal por la vía electoral. Pero el agrupamiento y la coincidencia de individuos que defendían intereses distintos, no se hizo esperar. Sobre la conformación de las facciones políticas y las elecciones en el Estado de México durante el periodo que va de 1919 a 1926, recomiendo ampliamente el excelente trabajo del historiador Jenaro Reynoso Jaime, que da cuenta puntual de la formación y funcionamiento del sistema político en la entidad.

De 1920 a la fecha, el Estado de México ha tenido 28 gobernadores. Los primeros, vinculados a caciques y jefes políticos, el resto, militantes del Partido Nacional Revolucionario (PNR), el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y luego del PRI. En la entidad, las mujeres se integraron por primera vez al universo de votantes en 1951 y eligieron gobernador, por primera ocasión, en 1957. Fue Alfredo del Mazo Vélez (que había sido impuesto en la gubernatura por su tío Isidro Fabela Alfaro), quien, entre otras acciones, promovió, al término de su gestión, la ley orgánica para las elecciones de gobernador, diputados, ayuntamientos y jueces conciliadores. Ésta derogó la ley orgánica electoral que se remontaba a 1919 y se caracterizó por poner una serie de obstáculos, disfrazados de requisitos, para registrar partidos de oposición. Desde entonces, como subraya Álvaro Arreola, “el sistema político ya no permite la disidencia política en la llamada familia revolucionaria”. Él mismo sostiene que los ilícitos electorales “se convirtieron en la mejor herramienta utilizada por el régimen, para pasar por alto el principio democrático que es la alternancia del poder”.

En 1966, siendo gobernador de la entidad Juan Fernández Albarrán, se promulgó la ley electoral del Estado de México, que impulsó el establecimiento de organismos electorales, como la Comisión Estatal Electoral, controlada por políticos priistas. Una nueva ley, promovida por el profesor Carlos Hank González, aparecerá en 1975 y otra en 1978, impulsada por Jorge Jiménez Cantú. Como menciona Álvaro Arreola, “La inflexibilidad del régimen mexicano para con las organizaciones partidarias de oposición […] tuvieron el objetivo de limitar, detener u obstaculizar la presencia del disenso en el ejercicio del gobierno”. Un dato al respecto es ilustrativo: de 1975 a 1989, ninguna organización solicitó su registro como partido político estatal.

Un régimen de partido de estado prevalece en esta entidad. Y un cúmulo de prácticas ha permitido su subsistencia: paternalismo, encubrimiento, triunfalismo, demagogia, derroche en propaganda, discrecionalidad, corporativismo, contubernio, privatización, clientelismo, concesiones, protección de intereses, rapacidad, desidia, complacencia, ignorancia, corrupción, apatía, cinismo, resignación como virtud popular…

El Estado de México es la entidad más poblada del país. Tiene más de 16 millones de habitantes, distribuidos en 125 municipios. Su extensión geográfica representa el 1.14% del territorio estatal y habitan, en promedio, según datos del Inegi, 724 personas por kilómetro cuadrado. 3 de cada 100 personas de 15 años y más no saben leer ni escribir, 4 no tienen escolaridad y 52 han concluido solamente la educación básica. 376 830 personas mayores de 5 años hablan alguna lengua indígena en la entidad. El mazahua, otomí, náhuatl y mixteco, son las más habladas.

Con el actual relevo político en la gubernatura del Estado de México no sólo está en juego la permanencia en el poder del partido hegemónico. La alternancia en el poder abre la puerta para una verdadera democracia y, con ella, la viabilidad para construir instituciones más sólidas, contrapesos políticos reales y gobiernos decentes. Es el Estado de México una entidad con intereses enquistados, vicios arraigados y prácticas políticas miserables. Desde el triste “imperativo hankegórico” (defendido por el profesor que gobernó el estado de México de 1969 a 1975) que proclamaba que “un político pobre era un pobre político”, hasta la fecha, a las elecciones las caracteriza el derroche, la cooptación, el desvío de recursos públicos, la compra de voluntades, la desconfianza ciudadana, el trato reverencial de los poderes legislativo y judicial para con el ejecutivo, las componendas, la impunidad, la participación de gremios y sindicatos como siervos del poder, la intimidación, el uso político de programas sociales, la propaganda mediática, la demagogia y la pasividad ciudadana. No se equivocaba Jenaro Villamil cuando, en 2009, anticipaba la pretensión del entonces gobernador del Estado de México y hoy presidente de la República, de convertir a su primo en el tercero de una dinastía familiar en gobernar la entidad. Hoy esta posibilidad se cierra. La caída de la popularidad del telepresidente y la emersión de una indignación social creciente, hacen que la maquinaria priista trabaje a marchas forzadas. Como se puede leer en el semanario Proceso (No. 2114), se han implementado una serie de estrategias que, con la anuencia de los gobiernos federal y estatal, buscan posicionar a un candidato gris y sostener los hilos de una red familiar.

En el Estado de México, y desde luego en el país, se requiere una democracia que permita la construcción de ciudadanos y no de clientes; que promueva una participación responsable y comprometida, capaz de afrontar problemas añejos que requieren soluciones inteligentes: salud, pobreza, desigualdad, justicia discrecional, marginación, devastación ecológica, rezago educativo, corrupción, violencia, feminicidio y delincuencia, son algunos de ellos. El desgaste del priismo resulta evidente. Si la candidatura de Alfredo del Mazo González trajo consigo fuertes crisis en los cacicazgos locales y un enorme descontento cuando dejó la gubernatura para sumarse, como Secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal al equipo de Miguel de la Madrid (siendo, por cierto, el primer mandatario estatal en hacerlo); digo que si aquella candidatura causó revuelo, hoy la de su hijo, Alfredo del Mazo Maza, primo del Presidente, genera un silencioso malestar, incluso entre los priistas, que puede reflejarse en las urnas como abstención o voto de castigo. Esto vuelve la elección del 4 de junio próximo, una sucesión esperada; no sólo porque anticipa de alguna manera lo que puede ocurrir en 2018, sino porque podremos advertir cómo los sucesos nacionales influyen en el voto de los electores.

Fuentes:

Arreola Ayala, Álvaro (1995). La sucesión en la gubernatura del Estado de México. México: El Colegio Mexiquense.

Reynoso Jaime, Jenaro (2011). Facciones políticas y elecciones en el Estado de México (1919-1926). México: Instituto de Estudios sobre la Universidad-Universidad Autónoma del Estado de México.

Villamil, Jenaro (2009). Si yo fuera presidente. El reality show de Peña Nieto. México: Random House Mondadori.

Villamil, Jenaro (2015). La caída del telepresidente. México: Proceso-Grijalbo.

[El autor es Doctor en Enseñanza Superior por el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel C. Ha publicado en diversos medios editoriales entre los que destacan: La Colmena y Convergencia (Revistas de la Universidad Autónoma del Estado de México), Confluencia-Región Centro Sur (Revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, ANUIES), Magisterio (Revista de la Dirección General de Educación Normal y Desarrollo Docente del Gobierno del Estado de México), La Lámpara de Diógenes (Revista de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP), Tamoanchan (Revista de Ciencias y Humanidades del CIDHEM), la Revista Iberoamericana de Educación (Editada por la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y el Suplemento La Jornada Semanal del diario La Jornada. Actualmente es Subdirector Académico de la Escuela Normal de Tenancingo].

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