“¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?” Con esta frase termina su libro Yuval Noah Harari (De animales a dioses. Breve historia de la humanidad). La frase es una buena conclusión de este extraordinario libro. Esos dioses somos nosotros, los homo sapiens.
El título es también adecuado y fiel al contenido. En 70 mil años el homo sapiens pasó de ser un animal entre muchos otros en alguna región de África a la especie que domina al planeta y que ha puesto en riesgo de la vida en el mismo. Que ha extinguido ya a numerosas especies.
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Harari es doctor en Historia por la Universidad de Oxford. Su libro tiene fundamentos sólidos en datos de investigaciones recientes. Muestra que el sapiens es solo una de varias especies de humanos que han habitado este planeta. Las demás se extinguieron. Algunas quizá aniquiladas por el propio sapiens que contaba con una ventaja sobre ellas: no solo el lenguaje, sino un lenguaje con la capacidad de “transmitir información acerca de cosas que no existen”. Es decir, mitos, leyendas, dioses, religiones.
Esta capacidad les habría permitido superar a los neandertales, que tenían un cuerpo y un cerebro más grandes. Pero que no tenían la capacidad de crear mitos que unificaran a cientos o miles de individuos, haciéndolos creer que tenían un antepasado común. Esta capacidad de hablar sobre “cosas que no existen” generó identidades y acciones colectivas. Las sigue generando: naciones, religiones.
La destrucción de otras especies y de la ecología en general no comenzó con la revolución industrial, sino mucho antes. Antes incluso de la revolución agrícola. Los sapiens acabaron con la rica megafauna del planeta desde su época de cazadores y recolectores. Harari previene contra el romanticismo de algunos ecologistas para los cuales los campesinos viven en armonía con su entorno ecológico: desde la domesticación de fuego nos hemos dedicado a destruir otras especies.
Toda idea de progreso es cuestionada en esta revisión histórica. La revolución agrícola (“el mayor fraude de la historia” a juicio del autor) representó algunas ventajas para los sapiens, pero en general fue un retroceso en su calidad de vida. Les permitió, eso sí, poblar el planeta e iniciar su transformación de animales a dioses.
En esta breve historia se repasan diversas cuestiones además de la revolución agrícola, como el dinero, los imperios, la ciencia, la industria. También de la religión. Recupera una definición que recuerda a la de William James: la religión como un “sistema de normas y valores humanos que se base en la creencia de un orden sobrehumano”.
Hasta ahí nadie se sentirá lastimado. La cuestión es que Harari considera que esa definición aplica plenamente a algunas de las concepciones contemporáneas de la política y la vida social como el marxismo y el liberalismo político (nada que ver con el neoliberalismo económico). Ya pocos dispuestos a defender al marxismo, y muchos estarán de acuerdo en que cae dentro de la definición de religión de James. Pero el liberalismo político o constitucional es hoy el pensamiento dominante, y seguramente la caracterización de Harari incomodará a muchos.
El penúltimo capítulo del libro es sobre la felicidad. Un tema muy nuevo para las ciencias sociales, y la Historia no es la excepción, como lo señala Harari. Pocos historiadores se han preguntado si la felicidad humana ha variado, ha aumentado o disminuido con las revoluciones agrícolas e industrial. O con los múltiples cambios históricos que ha vivido el sapiens.
Pero ahora ya es tema. El libro revisa la visión de los biólogos (la felicidad es un conjunto de emociones y sensaciones que dependen de la química corporal), del sentido (si logramos engañarnos y creer que nuestra vida tiene un sentido seremos felices) y la idea de algunas religiones como en la antigüedad griega y el budismo, de que la felicidad consiste en conocerse uno mismo.
La sensación que deja la lectura del libro es bastante extraña. Como si nos llevara a salirnos de la pecera y verla desde fuera, con una perspectiva lúcida y completa. Tomamos distancia de nuestra especie, la única humana sobreviviente. Viéndo con calma es posible concluir con el autor que nos hemos erigido en los dioses del planeta, pero que estamos insatisfechos, somos irresponsables, y no sabemos lo que queremos. Y eso que el libro se escribió antes del triunfo de Donald Trump.
[El autor es profesor de la UDLAP]