Murió Giovanni Sartori. En el México de fines del siglo XX fue un autor conocido y reconocido porque fue quien mejor caracterizó al régimen político mexicano de entonces, con el concepto de partido hegemónico. Pero su obra va mucho más allá de su tipología de los sistemas de partidos.
Su obra escrita es importante por su contenido pero también por su estilo. Un estilo o método de pensamiento crítico muy distinto al de un colega que afirmaba “ser muy crítico” y para demostrarlo enlistaba las últimas malas noticias del periódico para concluir que el país (o el mundo) era un desastre. Sartori va mucho más allá de una lista de problemas. Reflexiona no solo lo que es deseable, sino lo que posible. Y parte para esto de una limpieza de los conceptos y de una relación crítica entre estos y la realidad.
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Uno de los adversarios del politólogo recién fallecido es lo que él llamaba el ideologismo, el homo ideologicus. Para éste, todo es ideología. Sartori distingue entre varias cosas: ideas, ideales, filosofía, opiniones, ideología. Todo eso ocupa un lugar en nuestra mente. Pero se trata de cosas distintas. Y es posible y necesario distinguirlas.
Las ideas, lo sabemos desde su fundador o descubridor, Platón, son productos críticos de la mente. Continuamente deben estar pensados y cuestionados. Tanto por su congruencia lógica como por su relación con la realidad. Las ideologías son cosas distintas: son “ideas que han dejado de ser ideas, es decir, que han dejado de ser pensadas” escribió Sartori. Son ideas transformadas en creencias, “ideas fijas, que son objeto de fe pero ya no de reflexión”.
Por supuesto es un planteamiento polémico. Nadie aceptará que sus ideas políticas son producto de la fe, y no de la reflexión. Pero que sea polémico no quiere decir que la distinción no sea válida e importante. Habrá consenso entre nosotros, por ejemplo, que los planteamientos de Donald Trump y de sus seguidores son ideológicos, no ideas bien pensadas y confrontadas con la realidad.
La obra de Sartori es un ejemplo de un esfuerzo por tratar de pensar y reflexionar sobre la realidad y las ideas que nos permiten comprenderla y explicarla. Lo que no significa que esté exenta de errores. Pero el esfuerzo es claro, y algunos de sus logros también. Parte de su método tiene que ver con la distinción entre el “nombre” y la “cosa”, y el análisis de ambas y de su relación.
En el caso de la democracia, por ejemplo. Se toma muy en serio la palabra: democracia es el poder del pueblo. Cuestiona el significado, y lo acepta: hay que mantener la palabra democracia, es preferible a otras, como poliarquía, porque el régimen democrático tiene y debe tener su fundamento en el poder del pueblo. Una vez recuperada la palabra, se pregunta por la realidad del pueblo y de cómo éste puede ejercer su poder. Recurre a la sociología para responder a la pregunta ¿cómo es el pueblo en las sociedades contemporáneas? Y a la ciencia política para responder ¿cómo este pueblo puede ejercer su poder? Y de estas preguntas deriva su teoría de la democracia y su crítica a otras perspectivas que ni de lejos se plantean estas cuestiones.
En la obra del florentino hay ejercicios similares con otros conceptos medulares de la ciencia política: partido, mentalidad, representación, mercado, igualdad, constitucionalismo... Siempre recupera la etimología de la palabra: su origen, historia y significado. A partir de esa recuperación confronta la idea con la realidad y así va construyendo su teoría. Una de sus críticas es hacia aquellos que quieren que las palabras signifiquen lo que ellos deciden que signifiquen. Con lo que caeríamos en una Torre de Babel y seríamos no solo incapaces de comunicarnos sino de construir la buena sociedad que en el fondo todos queremos.
Dos muestras de su pensamiento. En alguna ocasión, criticando el mal uso de los métodos cuantitativos en ciencias sociales, “antes de contar, piensa; y cuando pienses, usa la lógica”. Difícil no estar de acuerdo. Para justificar la necesidad del método comparativo: “quien solo conoce su propio país, no conoce su propio país”.
Sería muy extraño que Trump y los suyos fueran los únicos que fundamentan sus planteamientos políticos en “ideas que han dejado de ser ideas”, en lugares comunes sin fundamento, ideologías vacías en el peor sentido de la expresión. Todos lo hemos hecho y lo hacemos, en distintos grados. La obra de Sartori es, entre otras cosas, una invitación a no hacerlo, para poder pensar bien nuestra vida política y para poder construir la buena ciudad.