Nos encontramos a poco más de 2 años de las elecciones federales, donde vamos a elegir, al presidente de la república y al Congreso de la Unión, además de gobernadores, presidentes municipales, regidores y síndicos. El elector mexicano por primera vez en la historia de nuestra democracia, tendrá ante sí la posibilidad de cambiar el rumbo político de sus comunidades y la del país al mismo tiempo. Sin embargo, el mayor protagonismo lo tiene hoy la elección de presidente de la república. Al fin y al cabo, nuestro régimen político es eminentemente presidencialista. Ante ese proceso, los reacomodos y alianzas hacia adentro y hacia afuera de los diferentes partidos comienzan a definirse y a redefinirse para enfrentar la elección de 2018. Ésta, que podría ser, la última para algunas fuerzas políticas. La elección del Estado de México entonces, se ha convertido en el laboratorio del 2018 y su resultado puede ser, aunque no necesariamente, el preámbulo de lo que pueda suceder en la elección presidencial.
Los partidos políticos enfrentan de forma diferente las alianzas, hay quienes las hacen formales y quienes las conforman de facto. Los actores políticos nacionales y locales, también juegan en el ajedrez político. Quienes han acumulado un capital político propio, buscan sumarlo al capital partidista a cambio de posiciones políticas en el presente o en el futuro inmediato. La partidocracia y la clase política se enfrentan para mantener a salvo sus intereses personales o de grupo. El "transfuguismo partidista", es la constante. Atrás quedaron las lealtades permanentes y la militancia a "prueba de balas". Las candidaturas se han vuelto en los "cañonazos" que convencen a cualquier político, del partido o ideología que sea. De izquierdas, de derechas o de centro progresista.
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Gianfranco Pasquino dice que la calidad de una democracia, depende de la calidad de la oposición y es aquí en donde el papel del poder legislativo toma una gran importancia en el proceso democrático de nuestro país. Casi nadie dice qué papel jugará la elección de diputados y senadores en 2018, todos damos por sentado que no habrá voto diferenciado y que el que gane la presidencia, tendrá la mayoría en el congreso. La experiencia así lo demuestra. Las alianzas partidistas hoy por hoy apuntan a la elección presidencial. Sin embargo, el rol del poder legislativo, como la primera instancia de la representación ciudadana, puede tomar nuevos bríos, sobre todo por la posibilidad de reelección de sus miembros. Eso sería lo mejor que le puede pasar a la nuestra que es una democracia representativa. Esto también evitará que los diputados y senadores cambien de partido político de acuerdo a su conveniencia y los obligue a pensar primero en sus representados.
Lo cierto es que las alianzas electorales han desdibujado la institucionalidad partidista y han propiciado el "arribismo" y la simulación, lastimando a las militancias y desilusionando a sus "electores fieles". Cada vez más los partidos pierden su "voto duro" y sus "clientelas electorales".
El surgimiento de Morena como partido político nacional, sin duda, modificó el escenario partidista, pues ha consolidado el discurso opositor al régimen político y al partido en el gobierno. A pesar de esto, el peso electoral del PRI y del PAN se mantiene sólido y no es suficiente la personalidad de Andrés Manuel para vencerlos en las urnas, como lo suponen sus simpatizantes y algunos analistas políticos. Esto lo sabe el propio líder moral de Morena y está sumando a su movimiento a diferentes actores empresariales y políticos y militantes de otras fuerzas políticas, especialmente legisladores de partidos de izquierda.
En México un régimen semipresidencial como lo propone Sartori, no es posible en el corto plazo, porque el parlamento no es considerado por los electores, como el contrapeso necesario ante el poder del presidente. Eso le da una cierta ventaja al PRI que ha demostrado su cohesión en las cámaras, a pesar de vivir una etapa crítica como partido en el poder. La disciplina es un factor necesario en los parlamentos.
La crisis de credibilidad ciudadana en los partidos y los legisladores en parte se debe a la pérdida de identidad, producto de las alianzas electorales. Es así como la sociedad observa a los políticos cambiar de partido sin mayor justificación y lo que proyectan es sólo su bienestar personal, lo que ha generado un mayor interés del electorado en representantes por la vía de candidaturas ciudadanas o independientes, además de un creciente abstencionismo.