Guardo vínculos de estimación y afecto personal con la aspirante presidencial Margarita Zavala desde hace ya mucho tiempo, por ende, no me congratulo por la disminución en el índice de las preferencias a su favor dentro de su partido, del que han dado cuenta los recientes estudios en materia de demoscopía dados a conocer ante la opinión pública en fechas recientes.
Los diversos agentes sociales se agolpan en torno al poder de manera perceptible y ostentosa cuando éste comienza a desplegarse y, en tal tesitura, hace digno de resaltarse un hecho por demás peculiar.
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En la reciente visita a la ciudad de Puebla efectuada por Andrés Manuel López Obrador el pasado 18 de febrero, el aspirante presidencial fue acompañado en el templete por Fernando Manzanilla Prieto, hombre por demás talentoso pero cuya trayectoria administrativa y política se vinculó en el pasado reciente de manera por demás estrecha a la persona de Rafael Moreno Valle, con quien, dicho sea de paso se encuentra emparentado.
Por supuesto que Fernando Manzanilla es muy libre de brindar su apoyo político a quien mejor le parezca, pero no deja de resultar significativo que, el aspirante dentro del PAN ante quién Margarita habría disminuido su ascendente, no es capaz, ni siquiera invocando los lazos de familia, de conservar a su vera a quien fuera uno de sus mejores cuadros administrativos y políticos.
Hace muy poco, el actual dirigente del PAN, quien por lo demás ha sido ya rebasado en sus aspiraciones presidenciales por el propio Rafael Moreno Valle, presentaba a su partido como la opción de viabilidad a las instituciones del país tras la estrepitosa debacle en la que habría caído la presidencia de la República, hoy, pareciera que el PAN se hunde en ese mismo descrédito y cuyo origen habría que buscar en la masacre infame que se erigió sobre la población civil de México a partir de la puesta en marcha del denominado “operativo Michoacán” hace poco más de una década.
El 2 de julio de 1926 entró en vigor la Ley reglamentaria del artículo 130 de la Constitución popularmente conocida con el apelativo de “Ley Calles” y ante la que se conformaría la “Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa”, cuyo líder más representativo y destacado sería don Miguel Palomar Vizcarra.
En las inmediaciones del templo de la “Sagrada Familia” en la Colonia Roma de la Ciudad de México se inició una campaña de recolección de firmas para solicitar la reforma a la Constitución en materia religiosa a partir del proyecto que al efecto habría sido redactado por el prominente constitucionalista mexicano Manuel Herrara y Laso, a solicitud del episcopado de la ciudad de México.
La campaña en cuestión culminó con la desestimación hecha por el congreso ante la solicitud presentada por diversos prelados, bajo el argumento, por demás discutible, de que los ministros de culto católico al haber jurado lealtad a un monarca extranjero como era a la sazón el Obispo de Roma, y estarían en consecuencia, privados de los derechos de ciudadanía, requisito exigido por la Constitución para hacer uso del derecho de petición en materia política.
Prolegómenos de un conflicto que culminaría con una cruenta guerra civil de tres años denominada la “Cristiada” y cuyas secuelas, una vez firmados los acuerdos de paz en junio de 1929, extenderían sus efectos hasta bien entrados los años 40 en medio de la actuación clandestina en México de muy diversos grupos que desplegaban sus actividades en medio de la conflagración mundial.
Ante los acuerdos suscritos por el episcopado con el presidente Portes Gil en junio de 1929 mediante la intervención del embajador Morrow de los Estados Unidos, diversos componentes de las fuerzas insurrectas desplegaron sus actividades políticas teniendo en consecuencia que, en 1937, antiguos combatientes “cristeros” dieron vida a la Unión Nacional Sinarquista; en tanto que algunos de los otrora militantes de la “Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa” como lo fuera a la sazón Efraín González Luna, darían vida el 15 de septiembre de 1939 al Partido Acción Nacional.
Manuel Gómez Morín a diferencia de muchos de los miembros fundadores habría estado ajeno del todo a la insurrección cristera, sus actividades opositoras al régimen habrían estribado en su participación una década atrás en la campaña presidencial de José Vasconcelos, antes de lo cual, no lo olvidemos, había colaborado con el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles como fundador del Banco de México.
Por sugerencia de Efraín González Luna, el partido adoptó su nombre bajo la inspiración de “la acción francesa”, movimiento populista católico fundado en Francia por el escritor y político de extrema derecha Charles Maurras.
Es en el discurso inaugural del 15 de septiembre de 1939 donde Gómez Morín citaría la frase de José Martí: “mover las almas en una brega de eternidad”, misma que, de más estaría decir, no es de la autoría de Manuel Clouthier como erróneamente lo llegó a señalar en la pasada contienda presidencial Josefina Vázquez Mota.
Décadas de verdadera brega caracterizaron al PAN, hasta que logró iniciar un despegue incipiente en los años 70 bajo la conducción del más brillante y destacado líder que habría tenido el PAN en toda su historia como lo fuera mi admirado maestro José Ángel Conchello Dávila.
Expansión que al efecto derivó en una grave crisis de crecimiento a grado tal de que en 1976, la asamblea partidaria no logró consolidar el consenso necesario para postular candidato a la presidencia de la República.
La nacionalización de la banca decretada por López portillo el primero se septiembre de 1982 fracturó los equilibrios internos de la vida institucional del país, motivo por el que muchas inconformidades sociales se encausaron por medio del PAN, coincidiendo ello con el fenómeno desplegado en el planeta entero durante los años 80 a partir del ascenso al poder de Reagan y Thatcher, y conocido por la prensa internacional bajo el nombre emblemático de la: “Revolución Conservadora”.
La Consigna del PAN durante la campaña de elecciones intermedias para renovar al Congreso llevada a cabo durante el año de 1985 fue: “vota por la nueva mayoría”, lema que ciertamente se ajustaba a la tendencia histórica imperante en el momento, el PAN iniciaba una etapa de expansión que culminaría años después con la conquista del poder presidencial, siguiendo de manera por demás puntual el manual diseñado por Gene Sharp para operar cambios suaves en regímenes que estorbasen a los intereses de los Estados Unidos, las celebres “Revoluciones democráticas de colores” a las que, por supuesto “la ola azul” no fue ajena.
El país vivió bajo los gobiernos del PAN una década de estancamiento económico y en su último tramo de violencia generalizada, origen es destino, y en la “Guerra contra los Drogas” terminaron reeditándose los peores acontecimientos y episodios de “La Guerra Cristera”, incluso, en su última etapa, con la infame persecución judicial por medio de calumnias de los más altos mandos del Ejército Mexicano: “tropas de María sigan su bandera, no desmaye nadie vamos a la guerra”; guerra generadora de una violencia atroz , cuya memoria hace que el pueblo rechace a una fuerza política cuya mejor figura se desploma ante un sujeto al que su propia familia le ha dado ya la espalda, tal y como pudimos verlo recientemente en Puebla.