El dato duro es uno: en Puebla en este momento, el PRI está en el tercer lugar. Y pudiera disputarse el cuarto con el PRD. Y con Peña Nieto como va, y el ventarrón de Trump, el augurio no es nada alentador.
Es claro también que el presidente no es un activo del PRI, sino todo lo contrario. Una especie de yunque atado al cuello de un cuerpo lanzado al agua.
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MORENA, en cambio, va viento en popa. Por ahora. Aquí y en gran parte del país. Por supuesto, no perder de vista que el ahora es distinto al escenario de 2018. Las encuestas de hoy son fotografías de hoy, nada más.
Con esta información sobre la mesa, el paisaje poblano se mueve. Se altera. A veces bruscamente. Gali va con su gubernatura de 1 año ocho meses. Con más interrogantes que respuestas. Sus cercanos le otorgan el beneficio de la duda, le apuestan a su carácter y poblanidad.
Dicen que finalmente él se quedará en Puebla y suya es la decisión de cargar con fama y prestigio al cabo de esta aventura.
Quienes cercanos no son al gobernante no digieren en absoluto su modelo de gobierno. No conciben que el proyecto dure. Hacen suyo y recirculan el análisis del periodista Salvador García Soto, de El Universal.
Hacen una cierta analogía con el caso Trump, y formulan augurios de tiempo corto. Ajustes producto del ejercicio del poder y los límites de la condición humana.
Y mientras en el PRI y otros frentes afilan los machetes. José Juan Espinoza parece el más definido a buscar el trampolín de MORENA. Es hombre mediático y astuto. De trayectoria no exenta de controversias y titubeos. Y finalmente vulnerable por los negocios que el poder representa. No hay que perderlo de vista.
De allá de también, del rumbo cholulteca, el ex rector de la UDLA, Enrique Cárdenas. Un académico prestigioso. Es quien ha hecho el diagnóstico más preciso, serio y quemante del sexenio recién concluido. De andar impoluto, son muchos quienes lo observan como un hombre que tiene todo para ser un candidato natural al gobierno estatal. Y con grandes posibilidades.
Sólo él sabe si lo anima algún trampolín partidista. ¿Podría ser independiente? Por supuesto, es infinitamente superior, gramo a gramo, al mismísimo Bronco de Nuevo León.
El PRI vive una crisis local y nacional. No desvinculada una de la otra. En el cotejo presidencial figura en un cuarto sitio. Y Enrique Ochoa Reza no termina por ser digerido ni dentro ni fuera de su partido. La sentencia colosista de que “lo que hace el gobierno lo resiente su partido”, le pesa como una sentencia de muerte. Como una carga de plomo.
En Puebla en el ámbito priista Ochoa casi no convence a nadie. Una estela de desconfianza pesadísima lo cubre luego de la elección pasada. Lo menos que interpretan priistas de alto nivel es que el PRI negoció la gubernatura y Blanca hizo muy pero muy poco para ganar. El miedo y su sombra la paralizaron, además.
La hipótesis apunta que para Peña Nieto pesaron más en la balanza los negocios, las obras, y la estrategia para parar a AMLO, más adelante, que una gubernatura. Y así lo cocinó.
Los propios priistas de alto nivel así lo interpretan, con más riqueza testimonial y argumentativa desde luego.
Y parte de esa lógica, dicen, es el hecho de que el PRI local nunca ha funcionado como partido de oposición, la mayoría de sus diputados federales y locales son lacayos bien aceitados y la dirigencia estatal está más solitaria y decadente que una casa de citas un lunes por la noche.
Los aspirantes del tricolor a la gubernatura se ubican en dos niveles. Los que tienen el panorama clarísimo, y saben de su peso personal y el lugar donde están parados, y el resto.
Los primeros son dos: Alejandro Armenta y Enrique Doger. Ambos con capital y estilo propios. Ambos lúcidos en el análisis, con una visión aguda del presente y la perspectiva al 2018. Alejandro, no olvidar, es el único que le ganó frontalmente una elección a Moreno Valle. Tiene armada una estrategia, una hoja de ruta, planea sus tiempos y movimientos y suma aliados todos los días.
Marca distancia con su partido, pero da la impresión de que está dispuesto a escuchar ofertas para más adelante, cuando un portazo tricolor en la nariz lo empuje a otro derrotero.
Es creíble que por decisión propia no se irá, pero tensa la cuerda hasta un punto en que, todo indica, será inevitable su salida.
No será un pecado mortal, ciertamente. Cárdenas y Muñóz Ledo se fueron, cuando la cerrazón, el autoritarismo y el presidencialismo despótico no ofrecieron alternativa alguna. Una muralla muy parecida es la que se encuentra Armenta.
Los binoculares de MORENA apuntan a su silueta.
Doger tiene en común con Armenta un instinto zorruno. Maneja bien la información, respeta el marco de acción que le impone su condición de funcionario federal, mantiene y acrecienta vínculos políticos, en privado llama a las cosas por su nombre. No pelea, pero ahí cerca tiene colgados los guantes de box. Y sabe usarlos. Ha crecido en el análisis y en el sentido de juzgar las cosas con equilibrio.
Sin duda, también MORENA lo tiene en la MIRA.
Habrá quienes pongan el grito en el cielo con tan solo imaginarlos con los colores de MORENA. Habrá que entender su juego con amplitud de miras. Tienen claro que por más que empujan hacia adentro, las cosas no se mueven. Ofrecen un muestrario enooorme de la red de intereses que maniatan a su partido. Ahí adentro, no tienen para donde hacerse.
Si llegan a esgrimir: “nosotros no hemos cambiado, quien se atrincheró en el poder negociado es el partido”, habrá que creerles. Explícitamente no lo han dicho, pero de distintas formas lo dan a entender, abiertamente o en corto.
Otra cualidad es que manejan adecuadamente la comunicación.
Hay que verlos de cerca, y en su momento, escuchar sus razones.
Es distinto el caso de un sinfín de tránsfugas que sin buscar cambios internos, brincan impulsados por la ambición hacia el botín. Aves carroñeras sin principios ni ideología. Su amo y señor es el dinero.