La política, sin duda, se origina en la palabra, en la capacidad de resolver problemas y conflictos por la vía del diálogo, el consenso, el acuerdo. En ese sentido se tienden puentes, vínculos, compromisos. Como no se trata de mafia, ese diálogo forzosamente tiene que ser abierto, esto es, de cara a la sociedad y a los demás actores políticos y sociales. Pero también, y sobre todo, a los políticos se les mide por la acción y los resultados.
En ese sentido, tomando en cuenta lo que ha dicho y lo que ha hecho hasta este momento, el gobernador Gali Fayad ha dado dos mensajes importantes al conformar el gabinete estatal –o si se quiere, un doble mensaje-, uno en lo político y otro en lo económico. En lo político dará continuidad a lo que venía ocurriendo con el anterior gobernador, es decir, no habrá cambios ni transformación, seguirá en lo mismo que su antecesor y (ex) jefe. En lo económico hay un cambio relevante, y por ello, coloca en las finanzas estatales a una gente de su confianza: los dineros, que es su especialidad, o cuando menos su gusto, los manejará él.
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Desde luego, es un tema delicado, pues es en el rubro económico donde los especialistas y conocedores han visto el talón de Aquiles del grupo hegemónico que ha gobernado los últimos seis años: pasivos, sobreprecios, etcétera. Resultado: un crecimiento del PIB en Puebla de 1.4% en el periodo de 2011 al 2015; arriba del promedio nacional pero debajo de seis estados que crecieron al doble o más (véase: http://www.e-consulta.com/opinion/2017-01-14/el-legado-de-rafael-moreno-valle).
Tal vez por eso, el gobernador Gali ha decidido tomar el asunto directamente, con sus especialistas y gente de confianza. No sabemos si vaya a seguir por la misma senda o si decida dar un giro y transparentar y volver eficientes los más de 78 mil millones de pesos que Puebla recibirá este 2017. Si decide hacerlo, marcará una primera distancia respecto de su antecesor y una manera propia de ejercer un gobierno corto pero suficiente para invertir adecuadamente los recursos del erario poblano y paliar la situación de una sociedad empobrecida y con un horizonte económico nada halagüeño.
Por lo demás, me parece, hoy veremos una transmisión del poder ejecutivo peculiar: el que se va, dicen los columnistas, no se va del todo, y el que llega, no llega con todo. ¿Qué significa esto? Algunos académicos han dicho que, si el que debe irse no se va del todo, es porque (tanto el que se va como el que se queda) han decidido hacer de Puebla la caja chica de un proyecto presidencial. ¿Será? Por eso, continúan diciendo, es que el góber entrante ha decidido tomar el asunto de los dineros directamente.
Otros comentaristas han dicho que si en todos estos años, con una plataforma gubernamental a su servicio, el niño no ha levantado en las encuestas, en año y medio menos levantará. Por cierto, también añaden que la transmisión de poder será una suerte de arranque de campaña, más que una unción del nuevo.
Como quiera que sea, si bien no esperamos un discurso tipo Obama, esperamos un discurso que vaya más allá del concepto de progreso (término, por cierto, del siglo XVIII ya enteramente superado, no porque se haya cumplido sino porque, precisamente, no sirvió más que para tratar de justificar las atrocidades del siglo XX), y que refleje, si es que la hay, una filosofía política que marque rumbo: diálogo, tolerancia, inclusión de los que no piensan ni sienten igual.