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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tiempos violentos, hombres de esperanza

Bergoglio. Argentina. Wojtyla. Polonia. Iglesia. Pueblo. Violencia. Corrupción. Impunidad. Puebla.

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Domingo, Enero 15, 2017

A mio figlio Rubén,

il più piccolo bambino,

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nel suo compleanno.

Adesso sarà il più giovanne

 

Estuve viendo la serie de Netflix: Llámame Francisco, que trata de la vida del papa Bergoglio antes de subir a la Cátedra de San Pedro. Buena parte de la historia es su acción y responsabilidad durante la dictadura militar de Videla. Desde luego no se podía esperar de una serie así sino las bondades del entonces provincial de los jesuitas argentinos y luego obispo y cardenal. Al final de los episodios, la sensación que tuve de su persona es que se trata de un gran ser humano, conocía a las personas en lo particular, se involucraba con ellas, es decir, desarrolló un gran sentido humano. Igualmente un sentido de gente, de pueblo, de comunidad, así como sentido político y diplomático –los tiempos difíciles que le tocaron vivir orillaban más bien a la complacencia con el régimen, pero él supo hacerse a un lado y quedarse con su comunidad-, y sobre todo un sentido de Iglesia, esto es, de comunidad en torno a la fe.

 

Esa misma experiencia la tuvo Juan Pablo II antes de quedarse en Roma: régimen totalitario, autoritario, militar. Eran frecuentes las redadas, los toques de queda, la persecución, las desapariciones, torturas, humillaciones y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Como Bergoglio, Wojtyla vio desaparecer a sus cercanos, amigos y feligreses. La bota del poder humillaba a sus adversarios y perseguía a la sociedad, en especial, a los más vulnerables. Se trata de dos experiencias muy similares: experiencias pastorales con un gran sentido de pueblo (el pueblo de Dios, a la luz de la fe); también hay una gran experiencia del sufrimiento y del dolor humano, sin duda esto los ha engrandecido moral y humanamente. No es menor la experiencia política y diplomática: con un régimen violento, corrupto e inhumano, donde no se andan con medias tintas para suprimir a las personas y ultimar vidas humanas, eso es capacidad y sentido de las cosas, visión y, sin duda, esperanza, gran esperanza. En tiempos violentos, fueron hombres de esperanza.

 

Los tiempos violentos que vivimos ahora en México –claro, se han vivido en otros momentos también, aunque ahora vemos un desbordamiento peculiar-, nos muestran también el rostro inhumano del poder. No es el poder militar autoritario, violento y arbitrario, sino el poder que ha perdido sentido. Y no me refiero sólo al divorcio entre gobierno y sociedad, sino a la sujeción misma del poder (público) al mal, o a visos de mal que se traducen no sólo en cinismo y pragmatismo, sino en los cánceres de todo abuso del poder: corrupción e impunidad en una sociedad polarizada, fragmentada, desigual y empobrecida.

 

En Puebla el asunto es sutil, sui generis, peculiar. Quien tiene el poder, dicen sus adversarios y una parte de opinión pública, lo usa para perseguir, castigar, excluir, violar derechos humanos, o al menos desocuparse de ellos.. En materia política, pues, como dijera Vargas Llosa en el célebre foro organizado por Octavio Paz en los noventa, nos encontramos frente a la dictadura perfecta: aquella que se disfraza de democracia pero que en realidad no lo es. Él se refería a México, pero nosotros lo podemos comprender perfectamente para Puebla.

 

Y en materia económica –que es lo que el grupo gobernante presume-, como dice Enrique Cárdenas en un artículo que se publica en la revista Punto de vista: “El desempeño y legado económico del gobernador Rafael Moreno Valle es, a lo más, de media tabla” (Año 1, núm. 5, enero 2017).

 

O sea que, ni en lo político ni en lo económico, existen resultados contundentes, claros e inobjetables. Medio aparecen en la niebla de la opacidad, la ambigüedad y el ocultamiento. Todo lo contrario de una república democrática. En cambio, se muestra con sobrada arrogancia el culto a la personalidad, la latría de la imagen y las pretensiones de que esta manera de gobernar ha de proyectarse a todo el país.

 

En tiempos violentos, siempre será necesario que haya hombres y mujeres de esperanza, que la inyecten, la muevan y la promuevan. Son tiempos difíciles y se necesita gran capacidad de discernimiento, claridad y criterios sólidos de lo que es la política, la economía, la responsabilidad y, sobre todo, la sensibilidad y la noción clara de pueblo, de comunidad, de personas libres. Esta es la mejor opción –si no es que la única- para abrir los horizontes de la dignidad humana y confeccionar una sociedad que abrace a todos sus integrantes y miembros, sobre todo a los más vulnerables, los más débiles e indefensos.

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