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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El monumento

El abuelo y el nieto. El recuerdo. El indigente. La epidemia. El descubrimiento.

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Miércoles, Enero 11, 2017

Todos los domingos mi abuelo me llevaba al parque. Antes de que hiciéramos cualquier cosa nos sentábamos en la banca de una explanada durante varios minutos, hasta que un día le pregunté por qué hacíamos eso. Mi abuelo me sentó en sus piernas y me contó:

Hace mucho tiempo, cuando yo empezaba a trabajar, conocí un pobre hombre que mendingaba por las calles de esta ciudad. Un día le di unas monedas y después de agradecer sonriendo me dijo:

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—Cuando sea alguien importante, le devolveré el favor.

Yo le pregunté:

—¿Qué tan importante?

—Tanto como para que me levanten un monumento.

Su respuesta me causó gracia, así que cada que lo veía le obsequiaba un pan, una fruta u otra moneda.

En ese entonces esta ciudad, aunque pequeña, no carecía de nada, era muy limpia, había varios lugares qué visitar o dónde divertirse y la vida era próspera. Era raro ver indigentes como esta persona, por ello le ayudábamos con gusto.

Un día fui de visita a casa de mi novia, tu abuela, me recibió con la noticia de que su papá estaba tan enfermo de gripa que lo tuvieron que llevar al hospital en la madrugada. Al llegar se percataron de que la sala de urgencias estaba llena de casos similares. No dieron mucha importancia, pero tu bisabuelo tuvo que quedarse y tu abuela y sus hermanos se tuvieron que turnan para cuidarlo, pues la estancia fue prolongada. Cuando tu abuela le tocó relevar a uno de sus hermanos yo la acompañé. Al llegar al hospital empezamos a ver que llegaban más enfermos, gente de edad avanzada con síntomas de neumonía. El director del hospital pidió que ya no llevaran gente enferma, pues estaban saturados y se estaba pidiendo ayuda al gobierno, pues todo apuntaba a una epidemia.

En efecto, a los dos días, las autoridades dictaminaron la presencia de un virus raro que estaba enfermando a los ancianos y otros seres vulnerables, como los niños y pacientes crónicos. Nos pidieron quedarnos en casa, usar cubre bocas, lavarnos continuamente y en caso de hacer visitas a enfermos, tomar una ducha y cambiarse de ropa.

Muchos pensaron que se estaba exagerando y protestaron al enterarse de que las escuelas suspenderían clases y que bajaría el ritmo de las actividades en la ciudad. La gente dejó de trabajar y los comercios cerraron. De pronto las manifestaciones se detuvieron al darse la notica de las primeras muertes.

La gente compraba víveres en las pocas tiendas que había abiertas y se refugiaba en su casa. En los hospitales ya había gente de distintas edades, niños, adolescentes y gente adulta joven.

Se decretó el toque de queda, solamente podía salir a la calle muy poca gente de nueve de la mañana a las nueve de la noche. Yo ayudaba a tu abuela a cuidar a dos de sus hermanos que ya habían caído enfermos y el bisabuelo falleció a los pocos días.

La gente seguía muriendo y las autoridades no encontraban la forma de parar la epidemia, el pánico cundió porque nadie sabía quién se iba a enfermar. Fueron tiempos muy difíciles

Una noche, cuando llegué por tu abuela, al saludarla miré que sus ojos estaban enrojecidos y parecía cansada. Mi peor temor se había cumplido, estaba contagiada. La abracé, como queriendo contagiar también para no sufrir su pérdida, pero ella me pidió que no la tocara. La llevé con una enfermera quien le dio algunos medicamentos y sólo le pudo ofrecer una silla, ya que no había camas.

Me quedé con ella toda la noche sentado en el suelo oyendo cómo la gente se quejaba o lloraba al saber que algún  familiar acababa de morir.

Estaba tratando de dormir un poco cuando escuché que alguien tocaba por el vidrio de la ventana. Era el indigente a quien yo le regalaba pan o monedas y se señalaba la boca solicitando comida. Unos guardias le gritaban que se retirara, pero él no hacía caso, me seguía pidiendo alimento. Al ver que los guardias se acercarían para correrlo, me levanté y llegando al mismo tiempo que ellos, le dije

—Mejor vete a otro lado, aquí la gente está muy enferma y no te pueden dar de comer a lo que él me contestó:

—Llevo semanas comiendo las sobras, pero desde ayer no han sacado nada y ya tengo hambre.

Los guardias le pedían que se marchara y como no hacía caso, uno de ellos sacó una macana, lo que provocó mi protesta. Estábamos discutiendo cuando un joven médico se acercó gritándonos

—No dejen ir a ese hombre, tráiganlo de inmediato”.

Los guardias desconcertados obedecieron y al preguntar yo la razón, el médico dijo:

—¿Te das cuenta que ha estado consumiendo comida contaminada y no está enfermo?

No entendí en ese momento lo que quería decir. En los días subsecuentes varios especialistas, hicieron pruebas con el indigente y le sacaron sangre varias veces, pero lo asearon y le dieron de comer. Yo observaba, pues me pidieron estar cerca, ya que era el único que lo conocía, hasta que comencé con los primeros síntomas del contagio. El médico encargado se me acercó y dijo

—Creo que hemos obtenido un remedio con los anticuerpos de su amigo ¿quiere ser el primero en probarlo?

Le pregunté que cuántas dosis tenía y respondió que sólo una, así que le pedí que se la diera  a mi novia y al terminar, me desmayé.

Desperté días después con dos noticias, el suero había dado resultados y se estaba fabricando más de acuerdo a los patrones aportados por la sangre del pobre indigente, pero, por otro lado, el tipo que toda su vida había mal comido y mal pasado, estaba muriendo por otras complicaciones.

Ya que me había recuperado, pedí verlo y estaba en una habitación, con suero, oxigeno y un monitor cardiaco. Al sentir que entraba abrió los ojos y volteó a verme. Su último suspiro lo dio como siempre lo había conocido, con una sonrisa.

Es por eso, hijo, que venimos todos los domingos al parque y nos sentarnos un rato a recordar a un héroe que nunca supo que lo fue y pagó su deuda conmigo siendo tan importante como para levantarle este monumento.

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