“El ser humano es el único que elige el cuándo, cómo y fin de sus acciones. Lo hace a través de su libertad, entendida esta como la propiedad esencial de las dos potencias superiores de la persona: el entendimiento y la voluntad” (1) .
Reconocemos que la persona se manifiesta en la naturaleza y es precisamente a través de ella como puede alcanzar su realización y plenitud, en esto consiste nuestra extraordinaria diferencia con las demás creaturas, la persona descubre en sí misma la razón de su existir, toma las decisiones que lo orienten al bien y es a través de la inteligencia como conocerá aquello que es verdadero.
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Para ello es importante analizar el fenómeno ético, acontecimiento que le resulta natural al hombre puesto que ocurre sólo en él, como lo afirmó Romano Guardini: “la conducta ética abarca todo el ámbito de lo humano. Empieza por la orientación de la decisión interior y llega hasta la acción exterior” (2).
Si la ética es un hecho tan humano, sus implicaciones lo vuelven un asunto de gran relevancia, ya que nos obliga a tener una reflexión sobre el hombre, su naturaleza, fines y propósitos, en la medida que comprendamos al individuo en todas sus dimensiones: espiritual, psicológica, afectiva y biológica, tendremos una visión más profunda sobre su existencia, comportamiento y decisiones.
Para el hombre, en el sentido clásico (el ser humano) elegir lo bueno y desechar lo malo, es el primer elemento básico que a través de un discernimiento que iluminado por la razón, evoluciona en una acción constante y duradera, en aquello que conoce y resulta apetecible. Para determinarlo, la acción ética requiere de un conocimiento interior que permita un autodescubrimiento y en consecuencia, una búsqueda de “algo” pero sobre todo, de “alguien”, es decir: un encuentro con el “otro”, con aquel que es semejante a mí y que su simple existencia me interpela.
Entendemos por lo tanto, que la verdad de la persona se encuentra en la vida en comunidad, donde se respeta la subjetividad de cada individuo al mismo tiempo de exigir correspondencia, reciprocidad, diálogo y compromiso.
En nuestros días tristemente se ha olvidado la relevancia de dicho encuentro, reduciendo al hombre a una simple cosa y originando una visión fragmentada de la persona y en consecuencia de la sociedad. Se asume que las decisiones individuales son válidas en la medida que no afecten los intereses y deseos del otro, predomina una indolencia revestida de supuesta tolerancia o falsos respetos, que lo único que provocan es desligar al hombre de un sentido verdaderamente humano.
Sigue resonando en nuestros días el cuestionamiento de Caín a su Creador: ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?... cuántas veces no hemos escuchado -por poner ejemplos sencillos- las drogas son responsabilidad de quienes la consumen, ¿habría que legalizarlas? ¿La mujer decide de su propio cuerpo?, y por el del embrión (quien también es persona), ¿quién? ¿Todo individuo tiene autonomía y libertad? ¿Qué ocurre con los refugiados y perseguidos por la guerra?
Por otra parte es preciso afirmar que estas realidades no se quedan exclusivamente en el campo de lo moral, sino que afectan directamente los contextos políticos, culturales, sociales y económicos, ya que justo ahí es donde se originan grandes males como la corrupción, violencia, inseguridad, narcotráfico, guerras y trasgresiones a los derechos humanos.
Es por eso que debemos recordar que la libertad no se reduce a un simple concepto que se queda en la teoría, más bien existe en cuanto al hecho de identificar a aquel que es libre: la persona, en donde residen las grandes facultades así como sus humanas limitaciones.
Por lo tanto la libertad se entiende en función no sólo de la naturaleza del hombre, sino sobre todo de su finalidad; ¿no es acaso el encuentro profundo con el otro una alta aspiración que otorga un horizonte distinto al actuar del hombre? Y en un sentido trascendente debemos cuestionar ¿será la búsqueda del sentido último de vida lo que debe motivar a la persona a ser libre?
La respuesta es sí, gracias a la libertad entendemos el sentido del hombre para comprender así su finalidad, es decir, su vocación, va más allá de un acto mecánico que implica elegir opciones, la verdadera libertad se enfoca en promover a la persona.
Todos los hombres y mujeres compartimos un propósito común, una respuesta a un llamado a la felicidad, entendida no como una meta al final de nuestras vidas, sino como un estilo propio para vivir, en donde cada una de nuestras decisiones nos conduce al cumplimiento de dicha vocación.
En conclusión, la conducta ética sólo puede entenderse si existe una verdadera libertad que faculte al hombre para elegir entre dos bienes el mayor. Dado que la acción libre apela a la voluntad de cada persona, va más allá de las estructuras biológicas, psicológicas o sociológicas, presupone a la persona en su totalidad. Romano Guardini insiste:
“La acción libre tiene un carácter especial: nace del inicio vital de mi interior: del movimiento autónomo de mi espíritu; de la decisión por la que yo dispongo de mí mismo”.(3).
Dicha decisión requiere de una responsabilidad que implica asumir todas las consecuencias, tanto las sencillas como las complejas; toda persona debería estar preocupada por formar su conciencia en la recta razón, sin caer en los extremos de escrupulosidad o laxitud, para lo cual el establecer hábitos que se transformen en virtudes es ante todo un acto de libertad plena.
Cuando hablamos de conciencia, nos referimos a una característica fundamental en el hombre, que si bien tiene un carácter interior, sus implicaciones recaen en lo exterior, es decir, en las acciones revestidas de bondad o maldad, donde la exigencia ética mueve al hombre constantemente a dejar el “mundo de las ideas” y traducirlo en hechos y acontecimientos reales, es decir, pasar de una intención a una ejecución, teniendo presente que: “La conducta ética es esencialmente realización: paso del ámbito interno al eterno, de la conciencia al ser”. (4).
Esa capacidad para auto determinarnos como personas requiere de cumplir lo que santo Tomás de Aquino expresaba: “Bonum est faciendum, malum est evitandum”, “hay que hacer bien y evitar el mal”; para ello la práctica de virtudes que nos conduzcan a vivir en plenitud nuestro llamado y a pesar de los errores y limitaciones humanas, aspirar a una perfección armónica que tienda al bien y a la verdad.
Finalmente quiero recordar que la verdadera libertad sucede sólo cuando existe un encuentro personal con los valores, mismos que provocan amor, justicia, solidaridad, servicio, bien común, en otras palabras: un encuentro profundo conmigo y con el otro.
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REFERENCIAS
1. Melendo, T. (2013). El ser humano, desarrollo y plenitud. Ediciones Internacionales Universitarias.
2. 3. y 4. Romano Guardini. (2010). Ética, lecciones de la Universidad de Munich. Madrid, España: Biblioteca de Autores Cristianos.