En un principio sólo eran dos. Al cabo de un tiempo llegaron los hijos que a su vez tuvieron más hijos y luego más descendencia. Eran buenos tiempos, mucho espacio donde vivir, alimento en abundancia y esporádicos encuentros con algunos enemigos que el tiempo los hizo fáciles de controlar.
La fortuna sonreía tanto que no se pensaba en otra cosa como no fuera conquistar más territorios. Fueron expandiéndose y fundando nuevas colonias, cada vez más grandes y más lejanas, alimentándose y reproduciéndose sin control.
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Llegó el día, sin embargo, que alguien levantó la voz para advertir “Debemos ser moderados, nuestro entorno nos va a reprochar el despilfarro de hoy con carencias en el mañana”. Pero esa voz no sólo no fue atendida, sino que ignorada, o en el mejor de los casos descalificada. Todo mundo estaba seguro que los recursos eran infinitos o que al terminarse unos, encontrarían otros. En medio de su arrogancia se atrevían a afirmar, incluso, que quien hubiera sido responsable de su presencia en ese sitio, los había privilegiado como especie y que su destino era vivir en ese lugar dominando para siempre.
Llegado un día, se sintieron los primeros efectos de su ensoberbecida decisión, el entorno les mandó calamidades y hecatombes: Así se dejó sentir una elevación de la temperatura ambiental con la consecuente muerte de miles. Un día, una misteriosa polución los envolvió, con la que millones enfermaban y agonizaban de la noche a la mañana. Las voces de advertencia se volvieron a levantar enardecidas, todos opinaban y señalaban, no faltó quien buscara culpables en lugar de soluciones. Empero apenas pasada la crisis, la memoria colectiva minimizó lo ocurrido retornando a sus indolentes y ciegas prácticas.
Nada en esta vida es eterno, todo inicio tiene un fin y las causas de ayer se convierten en las consecuencias de hoy, así que el fatídico día llegó inexorablemente. El lugar donde nacieron y crecieron, aquel que había sido generoso, fértil y bueno, que les había dado comida, cobijo y aposento, dejó de proveerlos para siempre. Fue hasta entonces que todos sintieron culpa y responsabilidad, quien los había criado con maternales cuidados sin haberlos parido, en ese momento su último suspiro exhalaba.
El médico responsable del caso dijo a sus colegas con profesional seriedad delante del ahora ya cadáver “Hora de la muerte, tres con quince, causa, septicemia.”