Está probado que los errores lo son, por omisión o por comisión. Y que atrás de un problema, invariablemente, está la comisión de un error. Pero lo grave es cuando suceden las dos cosas, o todo junto.
Eso le ocurrió al presidente Peña Nieto en la semana ida. Pifias graves con consecuencias desastrosas. Y lo más grave aún: observar que todo, o casi todo, se pudo solucionar a tiempo. Que había alternativas de solución y, sencillamente, se escogió el peor escenario.
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Un alud de condenas al presidente por el manejo de la visita a Trump. “Reforma” documentó esa molestia: 85 por ciento de los consultados opinaron en contra.
Pero además de eso, lo cualitativo. Múltiples voces de relevante peso repudiaron en todos los tonos la política presidencial. Y la reacción, la misma de siempre: un presidente sin defensa, porque aparece él mismo como artífice de sus derrotas. Frente a eso, no hay recurso defensivo alguno.
El colmo: en este caso, ni la muerte de Juan Gabriel sirvió de distractor útil para control de daños. El eclipse anti peña fue demoledor.
Salidas hubo. Osorio Chong planteó la cancelación de la visita y su propio sacrificio como chivo expiatorio. La canciller, en su momento opinó en contra. No fue escuchada. Videgaray dijo que Peña estaba perfectamente consciente de la tormenta que desataría y que “antepuso el interés de los mexicanos”. Frente a razones como esta, cómo es que luego el propio presidente se queja del mal humor e incomprensión de los gobernados.
Algo quedó perfectamente claro en todo esto. La influencia y poder de Videgaray sobre el presidente es absoluto. Es el poder tras el trono. Se ha evidenciado al colocar piezas influyentes en torno al mandatario y eliminar a quienes estorban. Esto ha ocurrido en infinidad de acciones o reacciones a lo largo del sexenio.
Queda entonces claro que esa “materia gris” del poder real comparte una porción muy importante del mismo. Con todo lo que esto implica: ejercicio del presupuesto, concesiones y contratos, promoción de hombres y grupos, armado de estrategias y, lo más relevante de todo: alianzas y complicidades.
Si hoy toca el cielo, mañana querrá, ambicioso, ocupar ese lugar.
Cuando el poder se concentra en tales magnitudes, embriga, marea. En su ego vuelve sabios y súper hombres a los simples mortales. No ven, no oyen, no escuchan. Ven como enemigos jurados a quienes discrepan con razones. Cuando la razón no vale, ¿qué vale tener razón?
Para quienes sufren los trastornos del poder, el aislamiento que deriva del desprecio o repudio público los torna más soberbios. No cuenta la crítica, el consejo, las reflexiones de personajes o medios, por relevantes que estos sean.
Después del desprecio viene la arrogancia hacia lo que no es afín. Quien discrepa es enemigo. Quien no está conmigo está contra mí. Y más adelante, el endurecimiento con desplantes dictatoriales.
Algo dijo de esto Videgaray, en el debate televisivo que junto con Ochoa Reza sostuvo con Anaya, Ríos Piter y Aguilar Camín: los juicios de ustedes no se fundan en razones, es su chamba, son oposición y todo lo ven mal, porque se basan demasiado en las emociones…
Eso dijo, palabras más, palabras menos.
Qué bueno fuera que los problemas del país se redujeran a emociones, a enojos o animadversiones, a mal humor.
No, desde el poder se niegan a ver que la impopularidad, las condenas, el repudio, la repulsa que muestran cada vez más las encuestas y los analistas, y la gente común, son consecuencia, no causa de los males del país.
Los problemas, los yerros terribles, los problemas sin solución, los golpes a la economía doméstica, los vacíos de poder y el torpedeo al estado de derecho; la corrupción, el amiguismo, la inseguridad y delincuencia galopante y la impunidad, son el gatillo que dispara el fuego contra el presidente y el gabinete todo.
Emoción, por otro lado, es lo que no existe en el ejercicio del poder como lo estamos viendo, con terrible ceguera voluntaria y arrogancia ilimitada.
Todo eso es la marca de la casa.