Siempre me ha gustado volar. Lo hice mil y un veces en el “parachute ride” en Acapulco. Un día en Fortín de las Flores vi el parapente. Me hipnotizó la suavidad con que se desliza en el viento, cómo planea en el cielo, cómo gira de un lado a otro, cómo sube y baja y vuelve a subir para pasear por los aires y tomar la mejor corriente y resbalarse en los espacios claros entre montes y montañas, entre árboles y yerbas, desde lo alto. Quedé prendada de esa imagen con el deseo ardiente de hacerlo algún día. Y sucedió. Esta semana volé en parapente.
Había visto videos de cómo despegan y aterrizan niños, jóvenes, adultos y adultos mayores. Por igual mujeres que hombre. La placidez con que las personas disfrutan el vuelo sentados cómodamente en una silla guiada por un experto que va atrás indicando los movimientos del cuerpo para girar a la izquierda o derecha, para subir y bajar, mientras él maneja los hilos que mueven el parapente.
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Mi amigo Charly Slim vuela en las montañas de Chalchihuapan, Puebla. Él me llevó. Él me voló. Él me ofreció la mejor definición de este deporte: “Vagancia”, concepto preciso y exacto de lo que se vive allá arriba: Vagar por los cielos, mirar hacia arriba y ver las nubes ir con el viento que las mece y recordar las miles de millones de veces que de niña las vi pasar, acostada sobre el pasto, soñando que estaba suspendida en el aire junta a ellas; vagar por encima de la tierra para disfrutar las mil tonalidades de verde hoja y verde árbol en estos tiempos de lluvia; vagar y ver que, según nos alejamos de la tierra, ésta se vuelve más grande y nosotros más pequeños… y sentir que somos enormes al saber lo pequeños que somos.
Lo que más amo es respirar aire puro, fresco, frío e intenso. Que el viento penetre por cada poro de mi piel, cacho a cachito y todo a la vez, para llegar a la médula de mi carne y soplarlo de regreso con el mismo brío y ardor. Que la brisa enfríe mi mente y congele mis pensamientos para sólo sentir el placer de estar viva.
Vagar por el cielo, manejar el viento al antojo, jugar con la brisa y la risa que se expanden en el espacio y sentir la emoción que estalla en mi pecho que se va con el viento que trae de vuelta las corrientes frías de las nubes cargadas de lluvia que te jalan y zarandean como si fuese una suave cuna por la pericia del conductor.
En alguna ocasión mi hijo me preguntó cómo quería morir. Le respondí: “Si de elegir se trata, quiero morir como he vivido: de intensidad. Quiero dar mis últimos respiros con el viento frío, fresco e intenso. –Y le confesé--Te voy a dejar un dinerito para que puedas contratar que me lleven a lo alto y me echen al viento… para morir ahí de intensidad, respirando ese aire.” Ahora sé que es en parapente.
Las palabras no enseñan, son las experiencias. Este es un vuelo interminable que sólo tiene espacio ya que el tiempo se convierte en un perenne y eterno momento de goce en el aquí y ahora sintonizado con tu respiración, con lo que percibes, con lo que sientes… Donde todo se olvida y se quita la tristeza, como dice Charly.
Vagar, volar, vagar es lo que más me hace sentir viva.
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