La caballería
Cuando se encuentran don Quijote y Sancho con quienes llevaban las imágenes religiosas (II parte, capítulo 58) y éstos le muestran al caballero andante las mismas, luego de que éste ha visto a san Jorge, san Martín caballero, Santiago y san Pablo, señala por cada uno de los personajes algún atributo de la caballería andante. De san Jorge, el modelo del caballero y de sus propósitos y fines, del segundo, la generosidad que ha de caracterizar a los caballeros, del tercero, la defensa de España y la valentía, y del cuarto, san Pablo, la pasión por extender la verdad revelada por la fe. Todos son caballeros que luchan al modo del cielo, bajo los designios divinos, él, don Quijote, en cambio, lucha al modo humano:
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---Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos (Cervantes, 2004: 987).
Sobre este tema, más allá de la relación entre lo humano y lo divino, cosa de estudio propio de los teólogos, se encuentra un tema que inaugura lo que es propiamente la nueva concepción de la vida para la modernidad (recuérdese que estamos hablando del año 1615, en pleno apogeo de las ideas renacentistas y barrocas que caracterizan ese momento y que, como caldo de cultivo, prepararían ya todo el gran árbol del pensamiento típicamente moderno: el interés y cuidado por el mundo, por la historia y por el más acá. En términos filosóficos, la vida y su significado, no hay que buscarlos después de la muerte, o en un mundo transhistórico, sino que hay que construirlos desde ahora, en la historia, en esta vida, con los recursos que vayamos implementando.
Hay una reflexión de Octavio Paz sobre cómo la figura de don Quijote, a diferencia de la perspectiva, por ejemplo, de Dante en la Divina Comedia, representa un gran cambio de óptica y pasa de la visión medieval a la propiamente moderna. Y es esta: la vida ya no se ve como una oportunidad y única ocasión para la conversión, sino que, a partir de don Quijote, la vida es vista como aventura, es decir, no un proceso interno de conversión, sino un proceso histórico de aventura, incierto, por cierto, pero que queda, no ya en manos de la providencia divina, sino en manos de nosotros mismos, en manos humanas, en manos de la propia libertad. Este tema de la valoración de lo humano, no deja de ser una continuidad del tema de la libertad, porque ahora, en la perspectiva moderna, la libertad se vuelve un asunto que depende más de la libertad humana que de la providencia divina o del azar. En esto, por lo tanto, y como se ve en el texto citado, don Quijote manifiesta que él no pelea, como los santos, al modo divino, sino al modo estrictamente humano: yo soy pecador y peleo a lo humano. ¿Y qué es ese modo? No ya ver la vida como conversión, sino ver la vida como aventura; cambia la visión, ya no venimos a la existencia para convertirnos sino para hacer de ella una aventura, la gran aventura, nuestra propia aventura. Y lo característico de la aventura es la incertidumbre: no sabemos a dónde vamos a parar; por eso el Caballero de la triste figura afirma: hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos. Tal premisa, en el fondo, coincide con las premisas del pensamiento moderno: independientemente de nuestras convicciones religiosas, incluso si suponemos que tenemos fe en la vida más allá de esta vida mortal, lo que sí sabemos es que, ya desde esta vida, hic et nunc, aquí y ahora, podemos y debemos construir el reino de este mundo, de esta historia, el reino humano, la pelea al modo humano. Don Quijote, lo reiteramos, inaugura la comprensión de la existencia como una aventura incierta pero que depende de la libertad humana y, como en la mayoría de sus hazañas, aunque termine derribado y en el suelo, se levantará una y otra vez para volver a intentarlo. La libertad se vuelve, así, más que una lucha de la razón, una hazaña de la voluntad, más que una convicción racional un deseo de voluntad que reta a la misma incertidumbre, sin temor a equivocarse y sin temor a caer, una y otra vez, en el suelo de la decepción y del escepticismo, como de hecho ocurrió históricamente.
[Texto leído el 22 de junio en el Instituto Miguel de Cervantes en el marco del evento: “Cervantes: a 400 años de su muerte”]