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OPINIÓN

La calidad de la gobernabilidad de fin de sexenio

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Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Domingo, Julio 3, 2016

El PRI sufre debilidad terminal. No es parangón precipitado y voluntarioso. Importantes claves presagian su desaparición como actor relevante del sistema de partidos. Podrá subsistir sin ser protagónico, con un destino en decadencia parecido a la historia de extinción del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana. Lejos de la narrativa de los viejos partidos de Europa del Este que sobrevivieron a condición de refundarse.

Son visibles tres pruebas del agotamiento histórico del partido en el poder: la  imposibilidad para renovar sus cuadros incorporando voces frescas destacadas de la etapa opositora; el significativo contrasentido de mantener los símbolos del nacionalismo revolucionario a contrapelo del fundamentalismo neoliberal -fanatismo diríamos- orientador del gobierno actual. El tercer elemento significativo es el comportamiento errático del gobierno emanado de sus filas. En pocas palabras el PRI -sus elites- no supo  leer las nuevas claves de corte plural de la política mexicana. Privilegiaron la herencia autoritaria por sobre la manifiesta vocación democrática de las sociedad mexicana.

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La catarsis esperada para convertir al PRI en un real partido opositor, quedó a medias. Acostumbrado a vivir en el poder, transfirió costos de existencia  a la veintena de gobernadores que le quedaron en el 2000. Sobrevivió gracias a ellos. La plataforma regional devolvió  la presidencia de la república. La vieja nomenclatura no abandonó la estructura partidaria, consolidó sus posiciones en los estados y cuando regresaron le cerraron los espacios, ejercieron mayores controles sobre la nueva militancia y jamás hicieron ejercicios de mea culpa de su larga trayectoria autoritaria. En los hechos,  dejaron a miles de jóvenes al margen del sistema de incentivos derivados del control de la presidencia de la república.

En vez de abrir puertas, cerraron la posibilidad de rejuvenecer su estructura. Diluyeron su sistema de incentivos concentrándolos en determinadas elites y acabaron por alejarse de sus bases sociales. Los últimos resultados electorales evidenciaron la ruptura generacional: las siete gubernaturas de la oposición se explican por el desencanto de su estructura y de sus votantes.  Siete es un decir, en realidad en otras dos ganaron gracias a la dispersión del votante. En Oaxaca, el PRI apenas y sobrepasó el 30%, lo cual indica que sus adversarios, en conjunto, concentraron más del 65% de los votantes. Idéntico es el escenario en Tlaxcala. Es la derrota, lo hemos afirmado, de fin de la era autoritaria.

Los problemas del PRI iniciaron al día siguiente de la elección presidencial. Asumieron la presidencia de la republica sólo con el 37% de los votantes, con severos cuestionamientos de legalidad. Dicha cifra encarnó una de las paradojas de las democracias de corte  presidencial, como la mexicana, que no cuentan con doble vuelta: gana todo quien tiene más votos, aunque no alcance el 50% más uno. En el 2012 ascendió a la presidencia de la república un partido de primera minoría, que gracias a su estrategia de coalición con el Verde ecologista, obtuvo mayoría simple en la cámara de diputados. Dicho resultado, en vez de prohijar escenarios de gobernabilidad, alimentó desde su segunda parte  efectos de inestabilidad política, económica y social.

El PRI y Peña Nieto se hicieron vulnerables ante sus aliados partidarios y sociales más fuertes: el Partido Acción Nacional y los grupos empresariales del centro del país. A pie juntillas adoptó el agresivo programa neoliberal del panismo, desamparando sus antiguas bases rurales, populares y de clase media urbana. Cedió sin ninguna restricción de equidad social, la explotación privada de recursos naturales, como el petróleo, la energía y la minería. Profundizó religiosamente la política extractora de recursos económicos de los contribuyentes sin la evidencia, hasta hoy, de una mejora en los indicadores de bienestar de la población. Las denominadas reformas estructurales acabaron de enterrar los últimos aspectos de carácter identitario que el PRI aún mantenía.  El discurso dejó de ser atractivo. Los símbolos del viejo partido del nacionalismo revolucionario y de la justicia social chocaron de frente con sus electores más antiguos, que acabaron ensanchando las filas de Morena. La alianza por México término por ser ventajosa para los panistas. Hicieron trizas los criterios diferenciadores y generó en el imaginario social priista la sensación de abandono y orfandad política.

Cierto, a cambio de identidad partidaria y de la renuncia a la búsqueda de un espacio decoroso en la historia mexicana, el PRI ganó certeza a través de un híbrido pragmático: el nacionalismo revolucionario neoliberal. No es el PRI-AN. No hay simbiosis partidaria. Es la construcción de identidades ideológicas a la hora de gobernar, todas de carácter fundamentalista, aplicadas como principios religiosos apriorísticos para la construcción de un nuevo orden político y social que, a contrapelo de lo que sucede en el mundo, sustenta un conjunto de creencias doctrinario-económico que confluyen en un solo precepto, alejado de todo sentido común: la perspectiva integracionista en el bloque América del Norte.

El integracionismo es la utopía de las elites gubernamentales. El resultado es un país de varias pistas. En una de ellas priva el soliloquio de las acciones que no admite posibilidad de interlocución pública. El tema de la CNTE reafirma el comportamiento gubernamental desgastado por equívoco.

El escalamiento de la violencia en Oaxaca tiene un responsable: el Estado mexicano. Fallaron los sistemas de prevención, falló el cálculo de riesgos, falló el equipo que tomó la decisión de desarticular a toda costa la protesta magisterial. Falló el diseño de fuerzas policiales de gendarmería nacional. En suma falló el sistema de inteligencia y seguridad nacional.

Las elites políticas achicaron las funciones sociales del Estado Mexicano. Privilegiaron el fundamentalismo doctrinal por encima de la acción gubernamental democrática. Si falla la inventiva de la política, si no hay imaginación para recurrir creativamente a los instrumentos de la democracia, el resultado no es el derrumbe del orden social, es el derrumbe de la elite que está en las esfera gubernamental por su incapacidad para hacer de la política el principal instrumento en la resolución de conflictos como el que enfrenta en la actualidad el país.

La imagen del país es patética, dramática. Error tras error. No se han dado tregua, un día sí y otro también. En todos los ámbitos: vivimos los efectos de una devaluación disfrazada, se reiniciaron los gasolinazos, afectando el poder adquisitivo de las familias de menores ingresos. Nos encontramos al borde de la ingobernabilidad, la corrupción gubernamental llega a niveles de escándalo. Los derechos humanos atraviesan por una situación crítica. En síntesis: Los satisfactores económicos y el sistema de libertades decrecen aceleradamente en calidad.

Hay una sumatoria de déficits. Se deriva una conclusión: el PRI no fue capaz de enfrentar el orden social presente. Regresó y se irá sin comprender a la sociedad mexicana del siglo XXI.

gnares301@hotmail.com

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