“Caín, qué has hecho de tu hermano
Caín, tiene sucias las manos
Caín, qué apesta en tu conciencia
que no puedes dormir y el tiempo pesa.
Caín no juzgo tu locura
compraste con tu error la desventura
tal vez la estirpe que te engendra
provenga de la rabia y la miseria.
Caín, qué has hecho de tu hermano
lo hiciste por quedarte su rebaño
Caín no espero que me expliques
tan sólo no comprendo lo que hiciste”.
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Ayer fue Orlando, 50 muertos y 53 heridos en la peor masacre ocurrida en la historia de los Estados Unidos. El escenario: el bar gay Pulse donde ocurría una fiesta latina, por lo que muchas de las víctimas son de origen hispano. Un crimen terrible y reprobable que han condenado los más importantes jefes de Estado y líderes mundiales como el mismo Papa Francisco.
Pero simplemente en ese país, Orlando se suma a una lista enorme de hechos de violencia injustificable contra personas inocentes: 32 muertos en Virginia Tech en 2007; 27 muertos -20 de ellos niños de entre 6 y 7 años- en Sandy Hook, Conecticut en 2012; 23 muertos en Killeen, Texas en 1991; 14 muertos en San Bernardino, California en 2015 y el muy famoso caso de Columbine, Colorado en el que fueron asesinados 12 estudiantes y un maestro en una escuela secundaria en el año de 1999 entre otros.
Si revisamos las noticias a nivel mundial, encontramos también hechos terroristas donde han sido asesinadas muchas personas que no tenían ninguna culpa pero tuvieron la mala fortuna de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
La revisión de estos hechos de violencia injustificable podría empezar con el emblemático caso del derribo de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York justo al inicio de este convulsionado siglo XXI donde fallecieron más de 3000 personas. En esta lista podemos agregar el episodio conocido como el 11M en el que una serie de bombazos en la estación de Atocha en Madrid cobró la vida de 192 personas y dejó más de 1800 heridos. Otro bombazo se registró en la estación del metro de Moscú el mismo año de 2004 cobrando la vida de 41 personas y dejando cientos de heridos. La lista es casi interminable simplemente mirando estos años, menos de dos décadas que han transcurrido en la presente centuria. Los más recientes, el tristemente célebre atentado contra las oficinas de la revista Charly Ebdó en París y los del aeropuerto y una cafetería en Bruselas ocurridos el año pasado y este 2016 respectivamente.
Caín: qué has hecho con tu hermano, pregunta la canción de Filio retomando los versículos del Génesis. Qué has hecho con tu hermano es la pregunta que flota en el ambiente y debería calar hondo en la conciencia de todos los seres humanos que habitamos –a veces a nivel de supervivencia más que de vida auténticamente humana- el planeta Tierra en este segundo milenio de la era cristiana.
Qué hemos hecho con nuestros hermanos en un mundo en el que las armas están disponibles para cualquiera en el supermercado pero los alimentos están muy lejos del alcance del hambre de muchos millones de personas en prácticamente todos los rincones del mundo.
Qué hemos hecho con nuestros hermanos en un mundo en el que una minoría de personas incrementan sus fortunas en miles de millones de dólares mientras las grandes mayorías luchan por tener acceso a los mínimos de bienestar: vivienda, salud, alimentación, educación, trabajo.
Qué hemos hecho con nuestros hermanos en un mundo en el que los miembros de la clase política saquean sistemáticamente las arcas públicas sin ninguna consecuencia legal ni consideración ética mientras miles de personas pasan su vida en las cárceles por haber robado lo indispensable para comer o por haber sido encontrados culpables de crímenes menores que a veces ni siquiera cometieron.
Qué hemos hecho con nuestros hermanos en un mundo en el que la corrupción y la impunidad coexisten con la necesidad y la explotación, la demagogia y la mentira sobreviven por la ignorancia y la desinformación, en un mundo en el que la vida humana se ha vuelto una mercancía más.
Qué hemos hecho con nuestros hermanos en un mundo en el que se excluye a los que piensan distinto, a los que viven distinto, a los que profesan una creencia diferente o se considera inferiores por su raza, su situación socioeconómica, su ideología política, su religión, su orientación sexual o su cultura.
Como afirma Edgar Morin, el primer principio ético debe ser el de “no excluir a nadie de la humanidad”, el de reconocernos todos como seres humanos con la misma dignidad a pesar de nuestras enormes –y enriquecedoras- diferencias.
Ante la proliferación de actos de violencia que ejercen unos grupos humanos contra otros por el simple hecho de ser diferentes, resulta indispensable enfatizar la enseñanza de la comprensión en nuestras escuelas y universidades.
Enseñar la comprensión para terminar de una vez por todas con esta barbarie en la que a pesar de todos los adelantos económicos, tecnológicos y culturales, seguimos matándonos unos a otros y cargando un tiempo de muerte, una cultura del descarte que pesa en nuestra conciencia.