Dicen los expertos en administración, que lo que no se evalúa no se puede mejorar. La situación del país y el ánimo de la gente está súper medido. Una y otra vez los reportes son negativos y el presidente Peña no mueve un dedo. Poco, muy poco se ve para mejorar las condiciones del país.
Y el tema no es popularidad. Visto esta que esto al presidente lo tiene sin cuidado. Asunto que daña al ego y que debiera hacer reaccionar a cualquier político. No olvidemos que solo el 30 por ciento de la gente y el 22 por ciento de los líderes aprueban su trabajo. (Reforma 13 abril 2016). No, lo preocupante es lo que hay atrás de estas cifras.
Más artículos del autor
El muy discutible estado de derecho de México es cuestionado lo mismo por gobiernos que por organismos internacionales y medios de prestigio. Y este malestar externo trae consigo reservas de los grandes capitales para nuevas inversiones, lo cual repercute en la creación de fuentes de trabajo.
Pero a ese clima se añaden más signos y síntomas de que vamos en pleno deterioro. Algunos conflictos se agudizan o ramifican con nuevos sesgos tan graves como los ya existentes. Es el caso de los 43 desparecidos y el nuevo frente de conflicto con los expertos internacionales. Y, como en cadena, se suma la intolerable impunidad que brota por doquier.
Hay delincuentes acusados de tráfico, crímenes o secuestros, que salvan la cárcel por maniobras de agentes del ministerio público y jueces; gobernadores denunciados hasta la saciedad de latrocinios, y no los toca ni una hoja del expediente de la justicia; funcionarios federales y estatales metidos en negocios millonarios con compañías constructoras o consorcios beneficiados por multimillonarias compras, que gozan de la protección presidencial.
Y mientras todo esto sucede, el presidente vive en otro mundo. Su paraíso, apuntalado por miles de policías y militares del estado mayor presidencial por doquiera que se desplaza, es cuestionado hasta por los mismos empresarios. Algunos de los organizadores del reciente tianguis turístico, sufrieron los efectos de la parafernalia presidencial y se preguntaron: ¿qué sentido tiene que venga el presidente…qué ganamos con ello?
Pareciera que el gabinete presidencial funciona como una burbuja que tiene secuestrado al presidente. Le crea y lo lleva por un ambiente etéreo. Sus cercanos lo ponen a pronunciar discursos impecables en la lectura pero desarraigados absolutamente de la realidad nacional.
Esa maquinaria y la figura central, funcionan como en el viejo sistema. Exhiben al mandatario como la pieza estelar de una obra de teatro. Pero sucede que lo que hace o dice no tiene repercusión alguna para cambiar la realidad. Inclusive sus discursos pasan a las páginas interiores de los diarios, no despiertan interés alguno. Sus giras al extranjero son envoltorio de lo mismo.
Sólo los noticiarios de las grandes televisoras, mediante paga por supuesto, proyectan la parte glamurosa de las visitas, como exhibiciones almibaradas propias de viejos estilos tercermundistas, pero la sociedad resulta ajena a todo ese mundillo artificial.
Las consecuencias son las que vemos: la economía del país va mal, la democracia es adulterada y tramposa por doquier, la corrupción vive su sexenio dorado, la impunidad es el signo dominante en todos los planos, el nepotismo es la marca de la casa lo mismo en la federación que en los estados, y la inseguridad grita por las calles.
Lo más grave de todo es caer en la cuenta de que la responsabilidad de todo esto no es del equipo que rodea al presidente, como con frecuencia se llega a interpretar. Se suele decir: no le informan, lo manipulan, lo tienen cercado, el círculo que lo rodea es impenetrable.
Y varios de quienes así razonan y opinan, pareciera que de forma condescendiente buscan exculpar al jefe del gobierno e inclusive concederle una oportunidad de rectificación. Ese tono de la crítica que con frecuencia se lee, generoso sí, era el signo imperante en el viejo presidencialismo.
Tocar al presidente pero darle el beneficio de la duda. Se usó y se usa aún en ese lenguaje complaciente con el poder, términos como “cambio brusco de timón”, o “manotazo en la mesa”. Se concedía, de este modo al poderoso, el acto supremo de voluntad que cambiara todo de manera sorpresiva y deslumbrante.
Si admitimos que todos lo engañan, entonces habría que conceder que es un sujeto sin la mínima capacidad para estar donde está. Y si no lo engañan, entonces la cosa es más grave: está plena y absolutamente consciente de su incompetencia y así se queda, o, peor aún, goza con este estado de cosas.
Es muy lamentable llegar a esta conclusión, pero objetivamente todo apunta en tal sentido. ¿No le parece a usted…?
(El libro “DICHOS Y REFRANES DISFRAZADOS”, está a la venta en las librerías de la BUAP, y en el centro, en el puesto de periódicos de doña Mago, en el portal, frente al Salón de Protocolo.)