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OPINIÓN

Trump

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Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Marzo 16, 2016

Profesor de la UDLAP

“Como si un negro hubiera llegado a la presidencia de Estados Unidos”: así describió un colega norteamericano la impresión de algunos sectores de su país ante el triunfo de un candidato católico y de origen irlandés: John F. Kennedy. Hoy ya van para ocho años que un negro, Barak Obama, gobierno ese país, y no ha habido ningún desastre por esa causa. Por eso extraña el discurso racista y excluyente de Dondald Trump, o más bien, que ese discurso haya sido puesto en el centro de su partido y haya encontrado la simpatía de la mayoría.

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Prejuicios hay en todas las sociedades. En México los estereotipos sobre nuestros vecinos del norte están bastante difundidos, y en muchos casos son ridículos. Pero sería ridículo que un candidato, un partido o una campaña presidencial girara en torno a ellos. Como es el caso de Trump y del partido republicano.

Más en un momento en el que la migración mexicana, el centro de los ataques de Trump, ha disminuido, mientras ha crecido la migración asiática. Más cuando la globalización y los estudios científicos han demostrado que el racismo, la consideración de que hay razas superiores a otras, es falso. No es fácil explicar las causas de este resurgimiento de la xenofobia antimexicana en Estados Unidos.

La población de origen mexicano o latino en ese país no explica tampoco la actitud de los republicanos. No hay hechos recientes relacionados con esa población que expliquen que el prejuicio contra ella haya ocupado el centro del discurso en ese partido. Algunos la explican como resultado de la crisis económica de 2008. Pero no hay ninguna razón para atribuir las causas de esa crisis a la población latina. Los responsables están bien ubicados y fueron otros.

Si no hay causas claras que expliquen ese efecto, entonces estamos ante un caso puro y simple de irracionalidad. Por eso, y por otras razones, se ha comparado a Trump y a su efecto con el nazismo: encontraron culpables que no lo eran, pero lograron centrar su odio y su frustración en ellos.

Se podría pensar que si la irracionalidad nazi creció en el país de Bach y de Bethoben, de Kant y Hegel, entonces puede pasar cualquier cosa. Pero no es tan fácil. Estados Unidos hoy no está en la misma situación que la Alemania de los años treinta. Ya no es la potencia que fue, pero está lejos de ser el país humillado que fue Alemania después de los tratados de Versalles. Hace ocho años eligió como presidente a un individuo de raza negra, y hace cuatro lo reeligió.

Si Trump ha encontrado apoyo en un sector de su país, ha encontrado repudio en un sector mucho más amplio. Y no parece que esto vaya a cambiar. Además de que no sería posible hacer a un lado a la población de origen latino, entre otras razones porque son uno de los pilares de la economía de ese país. Ni podrá controlar la frontera con México, pues no hay muro que pueda impedir el paso por mar o por aire.

Así como el peso de la realidad pone límites a los sueños utópicos, también los pone a los delirios racistas y xenófobos. Ciertamente ha habido pesadillas que se vuelven realidad: la historia está marcada por genocidios de diversos tipos. Parece muy poco probable que Trump llegue a la presidencia de su país, o que llegando pueda implementar las políticas que propone. Pero que sus propuestas estén lejos de ser una posibilidad no les quita importancia: son un síntoma, una expresión de importantes sectores de la sociedad norteamericana. Ese síntoma es lo que hay que explicar y atender.

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