El valor del estudio del ejemplo de vida de los grandes hombres (o ejemplaridad) como método de inducción o adoctrinamiento moral de los lectores posee una larga y noble genealogía.
Por medio del estudio de las biografías (o autobiografías; es el caso de san Ignacio de Loyola) de los hombres ilustres tratamos de aprehender su carácter moral, de descubrir los rasgos de la naturaleza humana, de conocer las estrategias vitales que utilizaron para plantearse proyectos de vida y para remontar los obstáculos que eventualmente impidieron su ascenso a las cumbres de la realización personal.
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Tal vez, en la era clásica, el texto precursor sea las “Vidas de los Ilustres Capitanes”, de Cornelio Nepote (100-25 a. C.). Un poco más tarde, aparecieron las “Vidas Paralelas”, de Plutarco (50-120 d. C.), y las “Vidas de los Filósofos más Ilustres”, de Diógenes Laercio (180-240 d. C.).
Ya en la Edad Cristiana, sin duda, el libro capital es las “Confensiones”, de Agustín de Hipona (354-430 d. C.).
La que podríamos denominar fundamentación teórica del uso de escritos literarios para conseguir la transmisión de un determinado contenido ético que modifique la conducta del hombre, la hallamos en la “Moralia” (obras morales y de costumbres), de Plutarco.
Concepción Morales y Jorge García (1992), son los editores de la versión publicada por Gredos, en España. Ellos dicen lo siguiente, en la introducción al tratado “Cómo debe el joven escuchar la poesía”:
Tras la formulación de que la filosofía es el fin principal de toda formación del joven, piensa Plutarco que las obras de los poetas pueden servir, por su atractivo principalmente formal y también por su contenido mítico y de ficción, como una propedéutica al estudio más serio y difícil de la poesía.
Lo anterior significa que la literatura es la etapa preliminar de la filosofía, cuya finalidad es fundamentalmente ética. Porque, prosiguen Morales y García:
“La poesía es un arte que intenta imitar la vida real y que, por tanto, como en ella, encontraremos allí mezclados el bien y el mal. Los personajes de las obras poéticas, en su comportamiento ante los distintos aspectos de la vida, no serán siempre por este motivo dignos de imitación, ni podrán ser tomados como ejemplos de conducta por el joven. Pero si se sabe interpretar correctamente el texto poético y buscar las enseñanzas morales que encierra, entonces los poetas serán unos intermediarios ideales para llevar preparado al joven al estudio de la filosofía” (1992, p. 85).
Ya en la Edad Media, el libro fundamental de ésta que podríamos llamar pedagogía de la imitación ejemplar es la “Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis (1380-1471 d. C.). Este era el libro que utilizaba el monje para su docencia y esta dividido en los siguientes apartados: Consejos útiles para la vida espiritual; Exhortaciones para la vida interior; La consolación interior; y Del sacramento del altar. La tesis central del libro es simple y audaz: imitémonos la vida de Cristo para ser libres.
En la Edad Moderna encontramos dos obras fundamentales: “Los Héroes y la Historia” (1841), de Thomas Carlyle; y el libro “Hombres Representativos” (1850), de Ralph Waldo Emerson.
Lector curioso, como puedes ver a través de este rápido inventario, la pedagogía de la imitación de las vidas ejemplares ha sido, a lo largo de la historia occidental, un recurso didáctico de primer orden, para propiciar la conducta virtuosa de los estudiantes.
Referencias
Morales, C. y García J. (1992). “Cómo debe el joven escuchar la poesía”. España: Editorial Gredos.