Alejandro Armenta Mier no sólo dudó.
Rechazó desde el principio la invitación que promovió el CEN para que se convirtiera en el coordinador general de la campaña a la gubernatura de Blanca Alcalá Ruiz.
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Tenía sus motivos: desde el sexenio de Mario Marín, Enrique Doger y Blanca Alcalá se convirtieron en los adversarios naturales para los marinistas. Y Armenta siempre tuvo bien definidos sus afectos. Incluso, fue Alejandro Armenta el que informó a Marín las series de ‘traiciones’ en las que incurrió Alcalá durante la campaña a la gubernatura de Javier López Zavala, en su calidad de dirigente del PRI y coordinador de campaña. El negro expediente conformado por el propio Armenta sobre Alcalá fue suficiente para tenerle animadversión.
Pero enemigo de la confrontación y de las declaraciones viscerales, Armenta optó por mantenerse al margen en todo lo referente a Alcalá.
Fue después de la derrota en Puebla que Armenta tuvo que desligarse de los marinistas, incluso de su excompadre Javier López Zavala, cuya relación salió fragmentada tras la campaña. Y optó por recurrir a sus conexiones federales. Su buen desempeño en varias delegaciones en el norte y centro del país le valieron el soporte de Miguel Ángel Osorio Chong. Y es aquí en donde se cierra la pinza: Osorio pidió a Armenta que tomara la responsabilidad de la campaña de Alcalá.
A lo que respondió: “preferiría que no”.
Y es que no hay química, en primer lugar.
En segundo, Armenta pagó un alto precio por su congruencia: rechazó la diputación plurinominal en la campaña de Zavala porque un dirigente del partido no debe ocupar su cargo como trampolín político. Fue uno de los pocos marinistas que se fue sin nada. Después de un largo peregrinar, de trabajo, de relaciones y caminar cuesta arriba, las circunstancias lo colocan en la lista natural de aspirantes al gobierno de Puebla para el 2018.
Y tercero: Armenta, como buen conocedor de la alquimia electoral, vislumbra un escenario complicado para Alcalá. Nuevamente tendría que luchar batallas que no son suyas. Su nombre perdería varios lugares en el 2018 si Alcalá perdiera. Escenario que a estas alturas se muestra muy posible.
Aunque los motivos de Armenta para rechazar la oferta son válidos, Osorio Chong ya había confeccionado su plan: confió en Armenta y le encomendó una de sus cartas.
Así, respetuoso, alineado, obediente, Armenta respiró profundo y dio un paso al frente.
Hasta aquí el resumen de las vicisitudes de Armenta para aceptar un cargo que, en realidad, no buscó.
Como si el ambiente de los priístas no estuviera suficientemente enrarecido, una fuente muy cercana a Alcalá sustrae el discurso que pronunciará el día en que la ungirán como candidata, y al día siguiente, se publica en los titulares, idéntico cada punto y cada coma, horas antes de que sea pronunciado.
Queda exhibida así la vulnerabilidad de la candidata, del equipo, de los priístas.
Los periódicos adjudican la filtración a Armenta, él lo niega y amaga con demandar por extorsión.
El escándalo es mediático.
La reflexión al final de esta historia que seguirá su curso legal, está para petrificar a cualquiera: la campaña electoral oficial aún no inicia, y el equipo de Blanca Alcalá sale de un tropiezo para caerse a una coladera.
Por supuesto que existe un traidor en el primer círculo de confianza de la candidata, y si fue capaz de filtrar un discurso, será capaz de hacer muchas cosas más.
Esto apenas está empezando.
Este tipo de escándalos son inoportunos e inapropiados para la campaña del PRI, y ensucian la cara de la candidata.
La debilitan.
Es urgente que Alcalá y su equipo deje de estarse desgastando y distrayendo con minucias como filtraciones y demandas, y que se concentre en lo que será la contienda.
Cada error del PRI, cada distracción, cada duda y mira desconfianza entre el equipo, es una piedra menos en el camino para Tony Gali y los morenovallistas para retener la gubernatura.
Es momento que la candidata tome las riendas de su campaña.
Después, será demasiado tarde.
¿Qué espera?
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