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La voz del Papa, poderoso aguijón | Xavier Gutiérrez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La voz del Papa, poderoso aguijón

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Domingo, Febrero 14, 2016

En la visita  papal confluyen tres componentes  complementarios:  un pueblo con una fe ancestral, un personaje carismático, y una clase política acomodaticia.

La religiosidad del pueblo  es proverbial y viene de muy lejos. Se funde con la de los invasores, que no era menor, y da lugar a  un catolicismo cuyas herencias vemos ahora.

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Siempre he creído que hay dos cosas de un individuo que son, o deberían ser sagradas: su fe y su voto.

Ambas, a mi parecer, son una especie de virginidad individual y colectiva. Su creencia en algo o en alguien es un derecho personalísimo. De igual manera el sufragio. Esa forma de entregar la voluntad individual  en forma de papel, de voto, por alguien o por algo. Ambas, fe y voluntad, construyen confianza.

Ambas, cuando se dan, son una forma de entrega.

Y ambas  deberían ser tratadas como la esencia del ser humano, lo que merece el mayor respeto.

La realidad no es así, nunca ha sido así casi en parte alguna. El dominante, persona, grupo o clase, ha explotado para su provecho esos tesoros del ser humano.  Movido por la codicia y más aún por la perversidad, el poderoso ha pasado por encima de esos tesoros del ser humano. Y así ha creado su riqueza, su poder, su hegemonía. Privilegios que se resiste a perder.

Y lo ha hecho por igual con la espada o la cruz.

Lo ha hecho al detentar poderes divinos que a sí mismo se ha otorgado. Lo ha hecho explotando y fomentando  la ignorancia de los pueblos. Lo ha practicado engañando esa fe a nombre de la religión, de las religiones,   con denominaciones mil.

 Eso fue en los albores del mundo, ayer, y  ahora mismo. Y lo ha hecho simple y sencillamente con la fuerza bruta, imponiéndole al otro las creencias propias. O las no creencias, los intereses de la explotación con razones falaces. Tan grave y abominable lo uno como lo otro: la imposición de la fe ajena vulnerando las creencias primitivas, o la pretensión de destruir las que se tengan argumentando tener una “superior” o “única”.

En ese tejido complejo han existido siempre personajes con espíritu noble, respetuoso del ser humano. Discrepantes de sus propias estructuras, a veces.  Otras ocasiones,  rebeldes frente a un orden impuesto por la superioridad. Y han puesto al ser humano, a la dignidad del individuo, la esencia del ser,  frente al poder avasallador de una ideología, sea esta religiosa o política.

Algunos les llaman santos, otros patriotas, otros héroes. Otros no alcanzan que su nombre  llegue al bronce ni al pedestal o al busto. Esos personajes, visionarios,  han descollado por encima de sus circunstancias.  Y  los pueblos les dan un sitio especial en su  memoria perpetua, en su recuerdo.

Porque la gente, aunque se le menosprecie, tiene una sapiencia colectiva que edifica su propia vara de justicia, aquí y ahora,  y no espera ni el juicio de la historia ni  la beatificación formal.

La gente piensa, razona, pero sobre todo siente. Y sabe apreciar cuando se le habla con verdad y cuando se le miente. Cuando se le toma en cuenta y cuando se le usa.

Hemos visto, en el México de estos días, variadas muestras de fe en un hombre que despierta confianza, que es fuente de fe para multitudes. Error sería verlo como un dios. Es un ser tan falible como  el tendero de la esquina, pero ha logrado, con su estilo de ser, sobre todo con su verbo, conquistar la creencia de mucha gente en todas partes.

 Tiene una carga de fuerza moral que bien puede ser usada para cambiar el orden de cosas aquí y en otras partes. Justamente  aquí, en nuestro país, donde tan débil es la fuerza y tan negociable es la moral. Donde la fuerza se dobla ante los intereses y la moral se corrompe ante el apetito económico y material ilimitado.

 Donde quienes tienen la fuerza y el poder se coligan y trafican con  la moral por jugosos platos de lentejas. O de dólares, o de bienes…

Si la fuerza del Papa es tan sólo su voz, sus reflexiones pueden tener  una excelente carga subversiva para modificar radicalmente el deplorado  estado de cosas, que se traduce en desigualdad, injusticia, corrupción, ausencia de la ley y cinismo. Y el índice popular señala un responsable inequívoco: quienes ejercer el poder en todos sus niveles.

Pero ese poder de la autoridad papal debiera servir, también, para mover la parte de la conciencia social que se muestra adormecida, conformista, acomodada al estado de cosas e indolente ante el deber que impone y reclama el momento del país.

El Papa no es un dios, y por tanto, no hay que esperar que por un conjuro divino resuelva aquí lo que nos corresponde a todos. Pero el poder de sus palabras puede ser un poderoso aguijón para corregir en la cúspide y empujar en la base. Habrá que asumir lo que a cada uno corresponde.

A Dios rogando, y con el mazo dando.

xgt49@yahoo.com.mx

 

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