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OPINIÓN

Evaluación política y bienestar subjetivo

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Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Diciembre 16, 2015

En días pasados El territorio del nómada, programa de Radio BUAP conducido por Juan Carlos Canales, presentó el libro de Mariano Rojas, El estudio científico de la felicidad (FCE, México, 2014). Ya había tenido oportunidad de comentarlo en estas líneas, pero vale la pena señalar algunas de las ideas vertidas en el programa, en particular la relación entre bienestar subjetivo y evaluación política. Ahora que tendremos elecciones y que se ha dado luz verde a la reforma política de la capital del país.

Bienestar subjetivo es el término que en ciencias sociales y en diversos organismos públicos, nacionales e internacionales, se utiliza para designar a la felicidad. No está de más subrayar la novedad y la trascendencia del concepto. Hasta finales del siglo XX y todavía hoy en la mayoría de las evaluaciones sobre la economía y la política el centro de atención era el bienestar objetivo o material. El progreso meramente económico, medido en síntesis por el producto interno bruto por persona, el famoso PIB. Los países con un PIB per cápita más alto se consideraban superiores a los demás, “más desarrollado”.

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Las evaluaciones de los distintos gobiernos se centraban en lo mismo: qué tanto habían hecho crecer el PIB. Después venían otras cosas, como el reparto de la riqueza generada. Pero a nadie se le ocurría pensar que había un “bienestar subjetivo”, relacionado en algunos puntos pero independiente en otros del bienestar material. Acabó el trágico siglo XX con múltiples experiencias y proyectos políticos. Tenemos además un desarrollo tecnológico promovido por el crecimiento económico pone en riesgo la viabilidad de la vida en el planeta. Y es entonces cuando voces todavía minoritarias, se preguntaron si valía la pena seguir haciendo crecer la riqueza material y nada más.

Y se volvió al origen de todo conocimiento humano: las preguntas. ¿Qué tanto nos ha hecho felices el crecimiento económico? ¿Es lo único, o lo más importante para estar razonablemente satisfechos con la vida? ¿Qué otras cosas cuentan para esa satisfacción? Curiosamente, los científicos y expertos que se plantearon estas preguntas no los respondieron: las llevaron a la gente, para ver sus respuestas.

Y se inició así una historia que está en proceso. Diversos países, entre ellos México mediante el INEGI, han empezado a “medir” el bienestar subjetivo. Un proceso muy inicial y con su complejidad. Pero es difícil cuestionar su importancia.

En la mencionada presentación, el autor del libro comentó que ya hay estudios que muestran que un político o un partido tienen mayores probabilidades de reelegirse si ha mejorado el bienestar subjetivo de la población gobernada.

Lo que supone un cambio de paradigma, que es ciertamente parte de un cambio mayor, pues la idea de bienestar subjetivo ha transformado la idea de progreso al dejar de lado el fetichismo del PIB. Si lo que da la permanencia en el poder es la capacidad de mejorar el bienestar subjetivo de la población, los gobernantes habrán de centrarse en eso. No ya en los grandes indicadores económicos, o en las obras públicas mercadotécnicamente vendibles. Sino en que la gente se sienta mejor gracias a políticas públicas específicas. Para lo que habrá que informar, a gobernantes y gobernados, que el bienestar subjetivo existe, que consiste en diversas dimensiones de la vida personal y social, y que se puede mejorar mediante actos de gobierno.

Lo que tiene que ver con la mencionada reforma política de la capital del país, que entre otras cosas le cambiará el nombre: ya no Distrito Federal sino Ciudad de México. Lo del nombre me parece bien, pero el entusiasmo en torno a la supuesta adquisición de “plenos derechos” por parte de ciudadanos de la capital no lo veo claro. Más claro es el argumento de María Amparo Casar: esa reforma beneficiará a los políticos, pues creará vía cabildos más cargos públicos, pero no a los ciudadanos. Desde lo escrito aquí habrá que preguntar si en algo mejorará el bienestar subjetivo de las personas. No parece, salvo de aquellos que ocupen los nuevos cargos públicos.

Profesor de la UDLAP

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