¿Qué habría pasado si José Luis Abarca, expresidente municipal de Iguala, hubiera sido candidato independiente? Sus terribles fechorías, homicidios directos e indirectos, no hubieran trascendido. Por el contrario, al haber sido candidato de un partido, produjeron cambios de fondo en al menos dos organizaciones. Su partido, el PRD, tuvo una crisis interna que llevó a la renuncia de su presidente nacional. El PRI aprobó, en una de sus principales decisiones de su XXXV Consejo Político Nacional un acuerdo para tomar medidas que protejan al partido y sus candidatos del crimen organizado y de recursos de procedencia ilícita
En lo anterior los partidos políticos están cumpliendo de alguna manera con su función de rendición de cuentas. No lo hacen gratuitamente: quieren ganar elecciones y errores como el de Iguala los desprestigian y les restan votos. Van detrás de la realidad, dirían algunos, pues lo ideal es que la llegada del crimen organizado al poder político se hubiera evitado, y no que se tomaran medidas posteriores. La cuestión es que no hay una alternativa institucional o legal que garantice la más adecuada solución de estos problemas. La presencia de partidos políticos nacionales sometidos al juicio de la opinión pública, es la mejor opción con la que por ahora contamos.
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Lo anterior no es un argumento para acabar con las candidaturas independientes. Es para matizar el entusiasmo que despiertan en algunos medios y para argumentar que pueden ser un buen complemento de los partidos políticos, pero no un reemplazo de los mismos. El argumento consiste en que con los partidos hay mayores probabilidades de responsabilidad política. Cuando un político falla, o falla dramáticamente, como Abarca en Iguala, con los partidos hay una institución interesada en responder, en tomar medidas para disminuir la probabilidad de que esos errores se repitan.
El lado positivo de las candidaturas independientes puede verse en otra decisión tomada por el PRI el pasado sábado 21 de noviembre: el acuerdo de la Comisión Política Permanente de este partido para permitir las candidaturas de “ciudadanos simpatizantes” en el los procesos electorales del próximo año. Es posible vincular esta decisión de apertura a personas que no militan en el PRI con la nueva presencia de candidatos independientes. Si hay un candidato con altas probabilidades de ganar, más vale que esté conmigo a que esté contra mí.
De alguna manera es un efecto del Bronco de Nuevo León. Aunque no era “ciudadano simpatizante” sino priista, el PRI sufrió una derrota en uno de los estados más importantes del país por postular a un candidato incorrecto y dejar ir al adecuado. Y a los partidos les duele perder elecciones. Puede que prefieran flexibilizar o domesticar sus intereses internos que dejar a esos intereses decidir, si lo primero significa ganar la elección y lo segundo perderla.
En las decisiones que los dos partidos mencionados están tomando vemos intentos de acercarse a la ciudadanía, o si se quiere, de incrementar las votaciones de las que depende no solo su poder sino su misma existencia. Lo que sin duda es una virtud del sistema electoral: vincular a los políticos con la sociedad al ser ésta la que les da o quita el poder por medio del voto.
El PAN también anda en eso, con la reforma de estatutos que recién realizó: uno de sus puntos fue adecuarla al nuevo sistema anticorrupción del país. Con eso el panismo toca el que es quizá su punto más débil: gobernó al país por doce años y poco o nada logró disminuir la corrupción. Ricardo Anaya ha puesto esta cuestión en el centro de su agenda. Pero nadie estará conforme con un cambio estatutario que no se traduzca en hechos concretos que logren disminuir el problema.
Por cierto que la Asamblea Nacional panistas, también realizada el 21 de noviembre, pareció indicar el fin definitivo del maderismo. Así lo indica la presencia de Felipe Calderón, adversario del expresidente Gustavo Madero, elogiado y ovacionado. ¿Una nueva etapa para el PAN?