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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

De fanatismo (s) e intolerancia (s)

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 16, 2015

En solidaridad con las víctimas de la violencia en París y en todo el mundo.

“La ética para el prójimo debe comprender la necesidad fundamental de cada ser humano de ser reconocido…como sujeto humano, por otro sujeto humano.”

Más artículos del autor

Edgar Morin, Método VI. Ética. Pp. 115-116

Resulta prácticamente obligado escribir hoy acerca de los terribles acontecimientos que se vivieron en París el pasado viernes. Nadie puede esgrimir una causa justa como razón para matar indiscriminadamente a personas inocentes, nadie puede tampoco relativizar la condena a este tipo de masacres argumentando que se trata de un hecho ocurrido en un país rico y poderoso y que ocurren cosas similares en países subdesarrollados que no suscitan reacciones de rechazo de la misma proporción.

Más que regatear la indignación, el dolor y la solidaridad hacia el pueblo francés hay que alzar la voz y generar corrientes de protesta que nos unan en una causa común para luchar porque nunca más, en ninguna parte del mundo, en ningún país rico o pobre, bajo ningún pretexto racial, político o religioso se realicen actos de barbarie como el cometido en la llamada Ciudad luz este fin de semana.

Como bien afirma Edgar Morin: El axioma de Robert Antelme: “No suprimir a nadie de la humanidad”, debe convertirse en el principio ético primero si queremos de verdad salvar a la humanidad de la autodestrucción que este tiempo de profunda crisis civilizatoria está mostrándonos como una realidad cada vez más cercana y posible.

En este marco de lucha contra la violencia irracional resulta esperanzador ser testigos de la enorme ola de solidaridad que se ha manifestado por todos los medios de comunicación y las redes sociales. Gobernantes de todo el mundo, artistas e intelectuales de muchísimos países, grupos de la sociedad civil y ciudadanos comunes se han expresado en contra de la violencia derivada de la intolerancia que se sustenta en este caso en el fanatismo religioso.

Sin embargo dentro de esta ola mediática de expresiones de todo tipo también existen elementos peligrosos que pueden no solamente desvirtuar la auténtica búsqueda de una humanidad en la que no se excluya a nadie sino que incluso resultan potencialmente regeneradores de la intolerancia y la exclusión que lleva en situaciones extremas a la violencia.

Un primer elemento consiste en identificar de manera indiferenciada y simplificadora a todo el mundo islámico y a la religión de Mahoma como un peligro para la convivencia humana calificando a esta religión de fanática y violenta en sí misma.

Existen muchos ejemplos de expresiones y manejo de información en los medios de comunicación masiva que caen en esta falta de distinción y ponen en el mismo lugar a los fanáticos terroristas de ISIS con todos los musulmanes e identifican al Islam con fanatismo y violencia.

Esta falta de diferenciación puede sin duda desatar –o incrementar- una ola de xenofobia, rechazo, odio y violencia contra los millones de inmigrantes de países árabes que se encuentran trabajando honradamente en los países europeos buscando una forma digna de vivir e incluso huyendo de la violencia generada por el fanatismo en sus respectivos países. Existen ya expresiones de grupos de ciudadanos europeos que condenan la apertura a la inmigración y rechazan a la gente que ha llegado de estos países por el único pecado de profesar la religión musulmana.

                Otra reacción potencialmente peligrosa a la que hay que prestar atención porque resulta hoy muy popular y políticamente correcta es la que condena la violencia desatada en París con argumentos que tienen de fondo una simplificación mayor: la identificación de toda fe y toda expresión religiosa como fanática e intolerante.

“Don´t pray for Paris…” dicen varios memes que están siendo compartidos por mucha gente en estos días y que responden a una primera reacción de exhortación a orar por París generada desde grupos de creyentes, congregaciones religiosas y personas individuales de buena fe. Estas expresiones argumentan que los que hacen oración son el problema y que toda religión fomenta la intolerancia por lo que no hay que recurrir a Dios cuando fue en nombre de Dios –o de “otro dios”- en el que se perpetró esta masacre.

De manera que a la intolerancia de origen religioso –que proviene de un grupo fanático y no de toda una religión- se intenta oponer una intolerancia de origen antirreligioso. Al odio y la intolerancia de los pequeños grupos terroristas que matan en nombre de la religión se pretende oponer como solución el odio y la intolerancia hacia todos los que creen en Dios y lo expresan y viven en el marco histórico-cultural de alguna religión.  

Habría que analizar cuidadosamente estas reacciones simplificadoras de intolerancia para combatir la intolerancia porque no son sin duda parte de la solución a la separación y la violencia entre los seres humanos sino parte del mismo problema.

Porque existen muchos ejemplos de fanatismo en la historia de la humanidad. Muchos de ellos tienen su origen en interpretaciones sesgadas y políticamente interesadas de la religión pero muchas otras surgen del odio racial, de las ambiciones e ideologías políticas, de las utopías sociales e incluso de la ceguera que produce la absolutización de la razón y el conocimiento científico.

De todos estos fanatismos han surgido formas de intolerancia que llevan a la exclusión de personas y grupos de la humanidad, exclusión que se manifiesta en el extremo en violencia, muerte y exterminio.

De modo que más que hablar de fanatismo, habría que condenar a los fanatismos. Más que luchar contra la intolerancia habría que oponerse a todas las intolerancias, incluyendo las que dicen surgir de la defensa de la tolerancia.

En la construcción de una sociedad que pueda llamarse democrática habría que asumir la regeneración de la educación para cultivar la inteligencia y la reflexión crítica que es el antídoto contra el riesgo de todo fanatismo y la herramienta para una visión –creyente o no creyente- sana y razonable de la vida.

Para lograr una nueva sociedad realmente basada en la tolerancia y la inclusión resulta indispensable emprender el camino para educar en una ética para el prójimo, una ética en la que todos los sujetos humanos vayamos desarrollando la capacidad de comprender y aceptar a los demás como sujetos humanos, así sean totalmente distintos a nosotros.

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