De los muchos problemas que enfrenta el país, sin duda, el de la violencia y la inseguridad son los más acuciantes y los que más lastiman el tejido social y los cánones de convivencia cívica. Ambos son el motivo del mal que inunda y corroe la cotidianeidad de millones de mexicanos sin distingo de posiciones económicas, sociales ni políticas: el miedo. Miedo a que alguien allane el domicilio --ya de por sí resguardado tras rejas, alarmas, sensores, cerraduras especiales, casetas de vigilancia, cámaras y perros--; miedo a salir de noche, a transitar por calles o carreteras, miedo a los policías y a los extraños, a ir al banco, a tomar llamadas telefónicas de números desconocidos, a tener que pagar protección y derecho de piso, a ser extorsionado, secuestrado, desaparecido.
El miedo cada vez más cotidiano y nítido; cada vez más palpable y recurrente en las conversaciones, el miedo que nos ha llevado a cambiar hábitos y estilos, rutas y rutinas, lugares y destinos, a encerrarnos tras barrotes, bardas, alambres de púas y mallas electrificadas. No es paranoia ni psicosis, se trata de la reacción lógica y natural de quienes temen por su vida y sus bienes; es la nueva epidemia contra la que no hay vacuna ni paliativo. Se trasmite de boca en boca, viaja por el aire, sus síntomas se recrudecen por las noches y casi cualquiera dice conocer a alguien que la padece con justificada razón.
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Se habla con nostalgia de la época cuando el miedo era cosa de otros lares, cuando se pregonaba que la pobreza y la falta de democracia al menos se compensaban con paz social y estabilidad. Cuando los perros se amarraban con longaniza y el pleno empleo, la sustitución de importaciones, “Siempre en Domingo” y el partido hegemónico se encargaban de todo lo demás. Pero llegó el sismo, los “renos” se hicieron con el poder, el neoliberalismo nos montó en la antesala del primer mundo, llegó el TLC y la OCDE, el error de diciembre, Colosio, el zapatismo, el gobierno dividido, la “sana distancia”, la alternancia, el reclamo por los derechos humanos, la transparencia, el acceso a la información y una transición que desató los demonios de un crimen que dejó de ser organizado para fragmentarse hasta el punto que hoy casi no alcanzan las letras del alfabeto para nombrar a sus distintas caracterizaciones y desprendimientos.
En efecto, hace falta profundizar la perspectiva de la violencia, la inseguridad y el consecuente miedo como fenómenos derivados de una transición en muchos aspectos sui generis. Una transición que no contó con un mínimo de desarrollo (la democracia sorprendió al país en plena crisis económica), ni de la vigencia del Estado de Derecho; que no se ocupó de desmontar el andamiaje autoritario, que no contó con una estructura de administración y procuración de justicia medianamente confiables, que no desterró la impunidad y más bien ha visto crecer la desigualdad, la exclusión y la pobreza. En síntesis: una aspiración democrática montada sobre una sociedad apática y dispersa, carente de sujetos e instituciones que la encarnen, cooptada por advenedizos y oportunistas que tan pronto pudieron la cambiaron por posiciones y prebendas personales y de grupo.
Así, la liberalización democrática devino un proceso incierto, sin dirección ni cauce que fue aprovechado por actores anti-sistema para crecer y empoderarse en vastas regiones y penetrar casi todos los ámbitos sociales; desbordando la discreta marginalidad en la que funcionalmente habían permanecido para inundar los espacios institucionales y saltar a los medios de comunicación más allá de la nota roja a la que hasta entonces estaban confinados. Lograron penetrar el aparato productivo y el sistema financiero, se instalaron en los espacios mismos de la oligarquía tradicional, de la que son vecinos y sus hijos van a las mismas escuelas; hoy día reparten juguetes y despensas, hacen generosas aportaciones a iglesias y fundaciones, financian equipos deportivos y causas nobles, patrocinan lo mismo a misses que a candidatos y santos patrones, apadrinan generaciones de egresados y promueven cantantes, artistas y grupos musicales.
Cuando se revisan los linderos donde política y crimen se tocan, es pertinente analizar el tema de la “inseguridad pública” desde una óptica más amplia, no como un asunto meramente de policías contra ladrones. Es necesario asumir que entre los efectos más perniciosos de la violencia y la descomposición social --en la medida que generan miedo, inhiben la participación, patrocinan el cinismo y premian la indolencia-- es precisamente el socavamiento de las bases de la democracia. No está de más recordar que el crimen resulta favorecido con una democracia endeble y un Estado de Derecho anclado en la pura retórica; de suyo, los delincuentes son adversarios de la democracia y resulta lógico suponer que harían todo lo necesario para corromperla.
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Fungió como Ombudsman de los Derechos del Lector de Puebla y Tlaxcala.
Hasta 2012 se desempeñó como Consejero Electoral del Consejo General del Instituto Electoral del Estado.
Es director de Política, Sociedad y Análisis A.C, institución que opera la sede académica de Grupo de Enfoque Político. Fundó con otros especialistas en la materia, el Centro de Estudios Electorales y Opinión Pública (CEEOP), el cual desarrolla diferentes proyectos y actividades en materia demoscópica y de asesoría electoral.