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OPINIÓN

El Quijote y el libro del viaje místico de Ibn Arabí

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Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Viernes, Septiembre 18, 2015

Ibn Arabí habría sido un sabio de la España musulmana que escribió una alegoría sobre un viaje al interior de una cueva, que aludía en realidad a la propia  interiorización psíquica; su influencia  habría dejádose sentir  en toda la mística española y muy particularmente en los textos de Santa Teresa de Ávila sobre las “moradas del alma”, así como en el viaje a los infiernos y el purgatorio emprendido por Dante “a la mitad del camino de la vida” en el que Virgilio, el magnificente poeta de la “Eneida” le  auxiliaría como guía.

Calderón de la Barca en su auto sacramental “La Cueva de San  Patricio”, habría dado forma teatral a una antigua obra recopilada por la escuela de traductores de Toledo desde los lejanos días de don Alfonso X “el sabio”, y en la que la influencia de la erótica árabe y el viaje interior esbozado por  Ibn Arabí  en su “Libro del Viaje Místico” tendría a cabalidad  su mayor influencia.

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No sabemos a cabalidad, sin embrago, qué tanto sabia del sufismo místico sunita de la España musulmana traspira el episodio de la “Cueva de Montesinos” en el Quijote, cuya edición de su segunda parte por Juan Cuesta conmemoramos este 2015.

Rehuyendo responsabilidades escuderiles de mensajero, Sancho le ha inventado como excusa  a su señor que la campesina rústica que han encontrado en sus andanzas es la propia Aldonza Lorenzo, la mismísima “Dulcinea del Toboso” quien ha tomado la apariencia rústica en que se presente, alejada de su habitual belleza y apostura, por haber sido víctima de un encantamiento del mago Frestón.

Los enredos de la trama hacen que el propio Sancho termine por creer a pie juntillas en su propia estratagema, y don Quijote se ve conminado a viajar por la “Cueva de Montesionos” para deshacer el hechizo en cuestión, viaje en el que se topa con los comediantes de una compañía teatral que salen a su encuentro ataviados con los disfraces que caracterizan al diablo, al tiempo y a la muerte.

Entre las joyas de teatro breve cervantino que son los “entremeses”, en “La Cueva de Salamanca” vuelve don Miguel a emplear la referencia a la ciencia que se aprende en sus entrañas, a “contracorriente de las prohibiciones del Santo Oficio”, como el garlito de un maquinador y embaucador menos noble y leal que Sancho,  y que esgrime su relato para distraer la atención de un marido burlado en lides amorosas por su consorte.

¿Acaso don Miguel de Cervantes habría tomado mucho más en serio “ la ciencia que se aprende en la Cueva de Salamanca” de lo que se expresa en su “entremés”, o las imágenes acaso que el Quijote topa en la “Cueva de Montesionos” de lo que se relata al efecto en el “Ingenioso Hidalgo”, cuyo cuarto centenario de la segunda de sus partes  conmemoramos en los días que corren?

¿Qué tanto de los  saberes esotéricos de los místicos sufís del Islam, emblematizada por Ibn Arabí  impregna a la obra cervantina y se refleja en las chuscas ocurrencias del Quijote?

Interrogantes que vale la pena desentrañar en los días que corren mientras se desatan los fantasmas de una nueva conflagración mundial en Siria y nos aprestamos a conmemorar el próximo 23 de abril el aniversario luctuoso número cuatrocientos de don Miguel de Cervantes Saavedra.

albertoperalta1963@gmail.com

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