El municipio de Puebla quedará en poco tiempo como el municipio con menos áreas verdes disponibles en su paisaje urbano para solaz de los habitantes. Es común observar a su principal localidad (Puebla de Zaragoza) convertida en un inmenso espacio de concreto y pavimento, gris y negro en el que se amontonan vehículos particulares y de servicio público junto con edificios patrimonio histórico amontonados unos a otros con nuevas edificaciones aparentemente modernas plenas de cristal y aluminio, sumidas en una cantidad excesiva de enormes espectaculares que anuncian la variedad disponible de mercaderías que invitan a pobres y ricos de la ciudad a consumir.
La imagen urbana de la ciudad con más de un millón de habitantes asemeja a una ciudad que se pretende rica en un continente de pobreza. La contradicción más visible es su deterioro urbano, pero no únicamente en lo que respecta a edificaciones sino en cuanto a la pobreza que de ella deriva, especialmente en una parte del Centro Histórico de la ciudad, en tanto que en otra parte de la ciudad se levantan emblemáticas edificaciones modernas que exponen el éxito de los altos ingresos. Ello hace ver aun más el deterioro ambiental de la ciudad. Lo ambiental no solo es el efecto de la contaminación del aire o del agua y el sonido, sino la visual también y, lo más sensible para los ciudadanos: la carencia de áreas verdes, de jardines públicos.
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Los espacios públicos y, especialmente amplios jardines y zonas verdes son referentes básicos para la reunión social, ayudan a consolidar la cercanía de los habitantes a su ciudad, a través de la convivencia. Los distintos presidentes municipales no han logrado llevar a cabo un proyecto serio, de largo plazo de impulso y desarrollo de áreas verdes, a pesar que discursivamente aparece en sus planes de desarrollo municipal como una prioridad para hacer posible el desarrollo sustentable, siendo al final demagogia llena de frases huecas.
La perspectiva no es únicamente crear áreas verdes, sino vincularlas a un proyecto de ciudad, en el que la convivencia social se anteponga, dando seguridad a los habitantes para que hagan uso de dichos espacios; el proyecto de ciudad es más amplio y requiere de periodos mayores a tres años, cada administración debía de aportar los elementos necesarios que permitieran alcanzar el objetivo deseado por los habitantes: vivir en un ambiente urbano que permita la convivencia y la fricción social que favorezca la solidaridad ciudadana, que se pierde día a día cuando una ciudad se expande.
Las zonas verdes son más que jardines, bancas y gimnasios al aire libre representan una isla de esparcimiento y espacios de relajamiento que ayudan a reducir el estrés cotidiano de los ciudadanos; desde el punto de vista económico y social ello representa una sensible reducción de costos –externalidad positiva- para la producción de las empresas, sean cualesquiera que sean sus actividades.
Las posibilidades que se presentan de rescatar áreas verdes ya dañadas se reducen conforme el tiempo pasa ya que los costos por daños se convierten en irreparables y el precio social será mucho muy alto cuando se tomen decisiones para afrontar las soluciones. Empezar por sostener las áreas verdes aun disponibles es un buen síntoma de que las autoridades correspondientes asumen el futuro con decisiones oportunas.
El municipio de Puebla, como en otros más de la entidad requieren que las autoridades sean sensibles a las condiciones en que se encontraran nuestros territorios en los próximos veinte años si no se aplican normas severas que eviten, anulen la reducción continua de áreas verdes, además de dirigir inversiones al rescate de aquellas áreas que son fundamentales para el desarrollo ahora y posterior. El problema estructural se deriva de la relación inversa que existe entre el desarrollo de los negocios inmobiliarios y reducción de áreas verdes. Es imperioso un nuevo marco normativo para hacer posible un proyecto de ciudad sustentable.
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