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OPINIÓN

Educación cívica: polis, civitas y democracia

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Agosto 25, 2015

El término «educación cívica» de suyo contiene un rico contenido semántico histórico que, teniéndolo en cuenta, puede iluminar los usos en los diversos ámbitos de la actividad social y política. «Educare», a final de cuentas, proveniente del término compuesto «ex» y «ducere» -“hacer salir” y “conducir”-, significa sacar lo humano y lo más noble que hay en el ser humano, hacer salir de los sujetos humanos lo más valioso que tienen: su dignidad, su ser, su humanidad y su capacidad de humanización –el cultivo de su inteligencia, de su voluntad y de sus instintos, el cuidado de todas sus facultades y potencialidades-. Por eso se habla de un ser educado contrapuesto a un sujeto no educado (aunque habría que preguntarse si realmente es posible esto, porque a final de cuentas lo humano clama por salir, por brotar, por emerger).

El ser humano, merced a su entidad ontológica, está llamado a ser él mismo; su vocación, en tal sentido, es ser él mismo (ser sí mismo, en términos ricoeurianos). La educación, por tanto, es salir de sí mismo para alcanzar la realización del propio ser. Porque no se puede alcanzar ese ser si no hay salida. Se dice una historia –no recuerdo si es de los cuentos jasídicos de Martin Buber o de alguna referencia del escultor Brancusi- de un rabino que vivía en una ciudad (Viena, creo) y constantemente soñaba que en otra ciudad, debajo de un puente, había un tesoro; el sueño era tan recurrente que un buen día decidió irse a esa otra ciudad a buscar el tesoro soñado. Cuando estaba cavando, un guardia se le acercó y le preguntó qué hacía. El rabino le contó su sueño a lo que el guardia le respondió, palabras más, palabras menos:

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--¡Qué extraño! Yo también sueño que en tal ciudad -que era donde vivía el rabino-, en tal casa –que era la del rabino- debajo de la estufa se encuentra un tesoro. ¡Pero no estoy loco para ir a buscarlo, pues se trata tan sólo de un sueño!

El rabino comenzó a comprender, regresó a su casa y buscó debajo de la estufa y, como le había revelado el guardia, encontró el tesoro que buscaba. Una rápida exégesis de esta historia nos muestra que para alcanzar nuestro tesoro –el mayor tesoro- es necesario, primero, salir de nosotros mismos. En segundo lugar, que otro –el otro, el semejante- nos diga y nos haga ver que el tesoro que buscamos en realidad se encuentra en nosotros mismos. El guardia conduce, aun sin querer, al rabino a encontrar su tesoro. La educación también es conducir; por eso es necesaria la presencia del maestro, del guía, del acompañante. ¿Cuál es nuestro tesoro, nuestra riqueza? Nuestra capacidad de ser humanos y de servir a los humanos, a lo humano. Y como el otro –Paz hablaba de la «otredad»- es un rostro semejante al nuestro, ese rostro nos revela nuestro propio rostro. Adquirimos nuestro rostro hasta que vemos el rostro del otro, de los demás. En tal sentido nuestro ser está llamado al otro, al «socius», al amigo: es social. He aquí la dimensión dialógica y social de la educación.

«Polis» significaba “ciudad” para los griegos; para los romanos era «civitas». En la ciudad es donde el ser humano alcanza su ser, su realización; ahí es donde lleva a cabo su humanización y su humanidad. Ahí es donde se educa y se perfecciona como ser humano. Los griegos le dieron relevancia al ejercicio de la razón, a la formación de las virtudes. Estar en la «polis» era ejercer la capacidad de razonar: la política, a diferencia de la ley de la selva, era la búsqueda racional para resolver los conflictos y los problemas. Ser racional significaba también hacer uso del «logos», del verbo, de la palabra. Política, por tanto, significaba, en primer lugar, ciudad, en segundo lugar «razón» y palabra: discutir, argumentar, dialogar. El político, el que vive en la ciudad, es el que discute, argumenta y dialoga. El resultado de todo ello es la virtud, en especial la justicia. Una ciudad virtuosa es una ciudad donde la justicia en sus diferentes formas es el eje de la convivencia.

Justamente, los romanos le dieron el término que dio origen a otra de las grandes herencias del pensamiento grecolatino: «jus», “derecho”, «justitia», “justicia”. La virtud ya no sólo es la justicia, o mejor dicho, la justicia ya no sólo es un valor subjetivo, sino una realidad «formal» (en el sentido que le da «forma» a la convivencia humana): la de la ley. Porque es muy bonito el ideal de la justicia, su valor en la cohesión social, pero no será tal hasta que no tenga fuerza de ley, hasta que no obligue: la justicia no es una dádiva, sino una obligación de todos los habitantes de la ciudad, y eso es precisamente el «cives», el civil, el ciudadano, el sujeto civilizado, el que sabe cuáles son sus deberes y obligaciones. El ciudadano es quien cumple sus obligaciones de justicia sancionadas por la ley. En suma, el político es el que discute, argumenta y dialoga para cumplir mejor sus obligaciones de justicia. Lo que hoy llamaríamos el estado de derecho. Hacer política en tal sentido es justamente ceñirse al estado de derecho. A mi modo de ver, cuando se habla de educación cívica, que ahora es una tarea de los OPLEs, es lo que deberíamos tener presente: esa larga y rica tradición cívica y política.

Ahora que se aprobaron por parte del congreso del estado las modificaciones del código electoral para ajustarlo a los marcos federales, donde destaca el tema de las candidaturas independientes y sus requisitos, entre ellos el del 3% de firmas de electores de la lista nominal y de ratificación de quienes las apoyan ante las instancias electorales locales, podría objetarse que para nada se dio la discusión, ni las argumentaciones ni el diálogo, según las versiones periodísticas (de hecho Efraín Nuñez me preguntaba al respecto), aun así, parte de la normalidad democrática es precisamente el entramado de la constitución y de las leyes, de tal suerte que quienes tengan la atribución y el interés puedan ejercer sus derechos mediante, por ejemplo, la acción de inconstitucionalidad, y ya la corte decidirá lo que se apega a la constitución.

Podrá decirse, también, que mi perspectiva es si no eufemística sí bastante ingenua. Y yo insistiría que no; se basa, como he dicho, en la tradición grecolatina; desde luego hay que considerar también la tradición renacentista con que se inauguró la modernidad, la de Maquiavelo y la de la nueva concepción de la virtud política: la de mantener la unidad de un principado mediante el acceso al poder, su conservación y su incremento. Eso es históricamente verdadero. Pero todo poder no puede ejercerse si no apela directamente al estado de derecho, a la racionalidad de la cosa pública y, en última instancia, a su fuente legitimadora: la de los ciudadanos en el sentido estricto de «polis» y de «civitas». Cuanto éstos lanzan su crítica y su cuestionamiento, está bien, quiere decir que la sociedad conserva salud y dinamismo y que obliga a sus representantes a corregir o, mediante las leyes, a que sean corregidos. El poder, por tanto, tiene como contrapeso a la razón, a la palabra, otra vez, al «logos». El que exista esa posibilidad es parte, insisto, de la normalidad democrática. La educación cívica nos permite comprender todo esto.

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