No todo desarrollo o todo crecimiento nos llevan a la formación de hombres auténticos. En la vida, existen diferentes desviaciones ocasionadas por padecimientos neuróticos. Coexisten formas de vida por las cuales algunas personas se instalan en rutinas de confort negando toda posibilidad de cambio para el enriquecimiento de sus formas y/o estilos de vida. Por otra parte, se dan esfuerzos erróneos para apaciguar una consciencia intranquila, mediante la ignorancia, la minimización, la negación o el rechazo de valores superiores. En donde la escala de preferencia se deforma, los sentimientos se amargan, las desviaciones se infiltran en la perspectiva que se tiene, la racionalización se introduce en la moral, la ideología en el pensamiento, llegándose, en muchas ocasiones, a odiar lo que verdaderamente es bueno y, a amar, lo que es verdaderamente malo.
José de Finance (en Lonergan, 2001: 45-46) en su estudio sobre la acción humana, distingue dos tipos de libertades:
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- Implícita, ocurriendo cuando el sujeto responde a los motivos que lo impulsan hacia una autenticidad cada vez mayor, o cuando uno hace caso omiso de dichos motivos y se deja arrastrar hacia una forma de ser cada vez más inauténtica.
- Explícita, la cual ocurre cuando el sujeto responde a la noción transcendental de valor y determina lo que es valioso y apropiado hacer de sí mismo, así como también, lo que es apropiado hacer para con su prójimo.
De esta forma el sujeto se ve en la necesidad de forjar un ideal de la realidad humana y de su perfección, consagrándose a ese ideal. Por lo que a medida que crece el propio conocimiento, la experiencia se enriquece y, a medida que la acción de uno se amplía o se estrecha entonces, el ideal puede ser revisado y la revisión puede repetirse muchas veces. Y, es en esta libertad vertical, ya sea implícita o explícita, en la que se deben encontrar los fundamentos de nuestros juicios de valor, los cuales a través del desarrollo histórico del hombre y la apropiación personal que un individuo hace de su herencia social, cultural y religiosa por los cuales hallan su contexto propio y alcanzan su claridad y purificación. Para ello, Lonergan nos dice:
Mediante la noción transcendental del valor y su expresión en una consciencia buena y en una consciencia intranquila, es cómo puede el hombre desarrollarse moralmente. Pero un juicio moral integral es siempre obra de un sujeto plenamente desarrollado en su auto-trascenderse o, como diría Aristóteles, de un hombre virtuoso (2001: 46).
Dado lo anterior, podríamos hablar de los dos tipos de juicios de valor existentes: simples o comparativos. En el primer caso, afirman o niegan que “X” sea verdaderamente bueno o sólo en apariencia; mientras que en el segundo comparan diferentes instancias de lo que es verdaderamente bueno para firmar o negar que una cosa sea mejor que otra. Siendo estos juicios objetivos o subjetivos en la medida con que proceden, o no, de un sujeto que se auto-trasciende. En donde el criterio de su verdad o de falsedad está en la autenticidad o falta de autenticidad del sujeto.
El juicio de valor presupone el conocimiento de la vida misma, de las posibilidades humanas próximas o remotas, y de las consecuencias probables de los planes de acción que se han proyectado. Por lo que cuando este conocimiento es deficiente los nobles sentimientos tienden a expresarse en lo que es llamado idealismo moral, lo que equivale a los amables propósitos ineficaces y que a menudo hacen más mal que bien. Pero el conocimiento solo no basta, pues todo hombre tiene algún grado de sentimiento moral y, como dice el refrán, hay honor aún entre los ladrones. De aquí, la necesidad de que los sentimientos sean cultivados, iluminados, fortificados, afinados y purificados de sus impurezas.
Referencias
Lonergan, B. (2001). Método en teología. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.