Hoy en día, mirar el ámbito de las aulas es imprescindible para poder comprender por qué el mundo está como está. Si bien es cierto, que la educación empieza en casa (en la familia), también es cierto que ésta debe ser fortalecida dentro de una educación formal, es decir, dentro de la escuela. Pero, ¿cómo hacerlo con maestros que incumplen de manera sistemática su deontología profesional, su capacidad moral y ejemplar?
Por lo que el título de este artículo parte de una frase coloquial que en muchas ocasiones es mencionada dentro de las escuelas, estableciendo que en el ámbito educativo, además de impartir conocimientos, se refiere a ciertas virtudes, cualidades y comportamientos que el maestro debe tener dentro el proceso de enseñanza-aprendizaje, remitiendo al aspecto ético y moral de éste.
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Como señala Díaz (2004), citando a Buber:
La educación no es una cuestión de qué, sino del cómo: cómo se enseña, cómo se presentan las cosas, y al final de cuentas de cómo se procesan esas cosas interiormente por el alumno. (…) Educar es, en verdad, una tarea muy difícil. Inclusive en la educación técnica, donde puede parecer que no hay lugar para el alma, para una experiencia vital, hay un cómo (2004:169).
A partir de esto, y reconociendo al profesor como un componente clave y motor principal de acercamientos, preciso que, los valores siempre son, en toda tarea profesoral, operantes. Puesto que, de forma consciente o inconsciente el maestro debe actuar siempre, desde una determinada concepción del mundo, del hombre y de la sociedad, desde un categórico sistema de valores, que mediatizando su interpretación de la realidad, lo condiciona en una determinada orientación, en su propia actuación como catedrático. La selección de los contenidos del curso, la prioridad que establece en los mismos, las actividades a realizar, las teorías en las cuales se basa su actividad pedagógica, la visión de su función como profesor, el clima de la clase, la metodología, etc., no escapan a la influencia de sus valores. Luego entonces, no hay posibilidad alguna de llevar a cabo un proceso educativo sin valores.
A partir de lo anterior, surgen algunas otras interrogantes: ¿Es posible separar, los aprendizajes instructivos de los componentes actitudinales y valorativos, cuando en cualquier actuación profesoral siempre se está filtrando y proyectando una determinada concepción de la persona, promoviendo unos determinados “valores”, por lo mismo de que no se puede renunciar a la condición de humanos que viven y actúan en y desde unos preceptos? ¿Cómo, los maestros, pueden reconocer, que no sólo los conocimientos o aprendizajes instructivos, sino también las actitudes, valores, conductas, hábitos, etc., ya presentes de alguna manera en el proceso de enseñanza-aprendizaje, constituyen objetivos indispensables en su quehacer profesional? ¿Es posible educar sin proyectar la filosofía de fondo, la visión del hombre y del mundo que subyace necesariamente en toda acción educativa? ¿Es posible que el maestro sólo sea trasmisor de conocimientos o creencias y no también de cultura, entendida ésta como forma de vida, como un ser orientado por valores? ¿Es posible desarrollar a los estudiantes integralmente si el maestro no está consciente de su influencia moral?
Para ello, Lonergan nos dice que “la educación ayuda a que el sujeto construya su mundo y amplié sus horizontes” (2006), por lo tanto el objetivo de la educación debe ser el desarrollo en el bien, que es lograda –por un consentimiento mutuo y que se basa en un respeto recíproco (maestro – alumnos). En donde esta moralidad a la que se llega por acuerdo y que se basa en el respeto equitativo es una parte importante de las relaciones humanas, en donde el sujeto pasa a un nivel del valor ético, a la autonomía del espíritu, al reconocimiento de su propia libertad y responsabilidad para con los demás, floreciendo en la cooperación humana, en las empresas concretas y en la virtud cívica.
Por lo tanto, incursionar en el campo de la influencia moral del profesorado y al mismo tiempo del desarrollo integral de los alumnos, es entrar en un campo complejo y lleno de significados, puesto que en la docencia los discursos no son suficientes: para al profesor virtuoso es necesaria la práctica ejemplar de los valores. Es preciso que el profesor sea consciente de su influjo. Para educar es necesario apreciar la belleza, el bien y la fe en la vida.
Educar es una tarea de responsabilidad social, una tarea que nos iguala, que nos hermana y que nos identifica como seres humanos capaces de pensar, de aprender, de crear, de ingeniar soluciones nuevas. Luego entonces, en el ámbito educativo, en cualquier tiempo, la educación debe ser entendida como un bien de orden y un bien valoral, por los cuales su mirada sea dirigida a la realización de las personas, a través de una ayuda que permita la autorrealización moral. Los maestros deben ofrecer una educación armoniosa de toda la estructura de la existencia humana, deben fomentar en sus alumnos el desarrollo integral y no sólo algunas tendencias, – las cognitivas y no las espirituales o viceversa –. La verdadera educación consiste en desarrollar ambas y en perfeccionar cada una del modo más conveniente, y éste es el quehacer de la educación: “la coronación de la educación del carácter y de la personalidad”. Pero si tenemos un tipo de profesores que incumplen de manera sistemática con sus deberes valorales, ¿cómo podremos ayudar a la construcción de una sociedad mejor?
Para finalizar: no todo aquél que estudia para ser docente lo llega a ser, porque para ello se necesita ser una persona virtuosa, como dice Aristóteles en su libro de Ética a Nicómaco, estrechamente ligada a la excelencia de la propia vida. Puesto que sólo la persona virtuosa es sabia, prudente, valiente, justa y sólo de este modo puede ser feliz. Las virtudes se adquieren ejercitándose en ellas al través de la creación de hábitos. Por lo que, el fin de la educación no es solamente hacer al alumno feliz, sino, como señala Millán Puelles (2013), capacitarle para que lo pueda ser: el fin específico, propio y directo de la educación consiste en la perfección de las potencias humanas; pero esta perfección de las potencias exige no sólo la mera posesión de la virtud intelectual, es preciso, además, que use bien de ella. Y para ello necesita de una figura ejemplar, de un maestro que sea ejemplo de virtud.
Referencias
Aristóteles (2009). Ética a Nicómaco. Madrid, España: LID Editorial Empresarial
Díaz, C. (2004). El humanismo hebreo de Martin Buber. Salamanca España: Editorial Mounier, colección persona.