La fuga ¿de qué o quién? ¿La de quién de qué? Para responder estas preguntas ¿se atiende al evento del fin de semana?, ¿se observan las instituciones públicos y sus niveles?, o ¿se tendría que hablar de la fuga en general, que compleja aparece prófuga y, encima, prófuga?
Un conflicto que se presenta en la actualidad es el aparato burocrático. Parte del éxito del gobernador electo de Nuevo León, Jaime Rodríguez, se fundó parcialmente en la crítica a él; una de las expectativas más atractivas que representa es hacer una administración pública estatal más ágil y liviana: ello acontece en Nuevo León, una entidad federativa que acostumbra liderar y estar un paso adelante; no en el resto del país. Una burocracia torpe, desorganizada y obsoleta como la de muchos estados y sectores del gobierno federal, constituye un excelente caldo de cultivo para fenómenos corrosivos e hirientes, que laceran a la vida pública: corrupción, influyentismo, ineficacia, impunidad, opacidad, despilfarro de recursos públicos, entre otros. La burocracia en sí misma es buena: sin ella el aparato gubernamental no podría activar sus mecanismos. En un país donde imperan los vicios y el caos una burocracia como la mexicana, alienta y alimenta –precisamente- un círculo contaminado y vicioso que produce un río de violentísimas pirañas.
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De esto se deduce que en determinados lugares, aun en los más altos y que por diferentes motivos suelen ser los que más desconfianza producen a la población, pueden existir las mejores y más nobles voluntades; sin embargo si en algún sitio de la base del aparato se presenta un vicio, ello es suficiente para socavar cualquier loable intención del lugar que sea e independientemente de los personajes que deseen su consecución. Por esta razón es importante reflexionar sobre los fenómenos que afectan a la vida pública; al final, quienes realmente le dan vida al gobierno son las personas que se encargan de activar los mecanismos del sistema: en efecto se trata el aparato burocrático, pues el cerebro sin el corazón no funciona.
No obstante las labores deben distinguirse: por un lado, las del gobierno; por otro, las de la población. Los Poderes de la Unión y los niveles de gobierno tienen varias y esenciales responsabilidades, es innegable; pero la población es quizás quien una más alta labor tenga sobre sus hombros, que es la tarea de ser una sociedad pero una sociedad civil y en ese rubro estamos con índices reprobables y muy negativos. Nuestra constitución como pueblo es muy particular, como quedó demostrado en la última elección federal en la que a pesar del descontento y de la clara crisis política, administrativa, legislativa, judicial y gubernamental que actualmente existe en México, la gente salió o salimos a votar y sufragó un alto porcentaje del padrón electoral, considerando estos adversos fenómenos. Por lo tanto no debemos entendernos en la medida de moldes adoptados sino de moldes creados por nosotros para nosotros. Lejos de idearlos, inventarlos y crearlos, en ocasiones parece que ocurre lo contrario: lo ignoramos, lo rechazamos y, finalmente, nos alejamos de ese proceso. Emprendemos nuestra propia fuga. Quedó demostrado, por ejemplo, con el lamentable suceso entre un ciclista y una unidad del transporte RUTA frente al cual hubo reacciones severamente arrogantes y contrarias a cualquier medio cuyo objetivo sea alcanzar una civilidad a través de la sociedad civil por parte de automovilistas o de personas que no son ciclistas; por el contrario, ha habido muestras de vanagloria por parte de algunos ciclistas frente a la inexistencia de un integral desarrollo urbano –ya ni pensar en un desarrollo urbano sustentable-, en especial ahora que se construye una ciclo pista en la ciudad. Por supuesto, hay muchas excepciones con nombres o anónimas que con un esfuerzo verdaderamente plausible, excepcional, tremendo y loable, actúan cotidianamente para hacer de nuestras ciudades y poblaciones sitios en efecto sociales y, más aún, socialmente civiles y civiles.
Habría que considerar hasta dónde los conflictos públicos y privados son ajenos y en qué medida son propios; de ello no hay que darnos a la fuga. Debemos preguntarnos como sociedad que aspira día con día a ser una sociedad civil, si los problemas que se nos presentan como tales son efecto por sí mismos o si son problemas pero consecuencias de un o unos problemas mayores, más cercanos y cotidianos: nuestros problemas.
Twitter: @JAbrahamRojas