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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educación lenta

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 6, 2015

 “…nuestra época se entrega al dominio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente de sí misma. Ahora bien, prefiero invertir esta afirmación y decir: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma, asqueada de sí misma, que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria”.

Milan Kundera. La lentitud.

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Nuestro tiempo está marcado por la velocidad y nuestra vida se nos va de las manos en medio de la prisa del día a día, del vértigo de lo urgente que nos hace correr literalmente, sintiendo que las veincituatro horas del día no son suficientes.

Vivimos respondiendo a lo inmediato, en una carrera hacia el futuro que nos impide disfrutar el presente y valorar al pasado, en una persecución de un mañana que ni siquiera hemos tenido tiempo de visualizar y decidir por nosotros mismos sino que parece imponerse desde fuera, como un destino al que no podemos escapar.

La época que nos ha tocado vivir es, como afirma Milan Kundera, la del dominio de la velocidad, una velocidad que parece responder al deseo de olvidar, al miedo a almacenar recuerdos, al temor de reflexionar sobre lo que somos y decidir sobre lo que queremos llegar a ser. De manera que como afirma el poeta Nicanor Parra, el ser humano del siglo veintiuno, “para llegar a tiempo a ningún lado, aprieta el paso”.

Le velocidad se apodera de todas las actividades humanas de tal modo que supuestamente nos facilita ganar tiempo para engancharnos en la frenética carrera por la productividad en el trabajo, por la eficiencia en el trabajo, por la obsesión del trabajo.

Es por ello que desde hace algún tiempo tenemos lugares de comida rápida (fast food), que a cambio de la facilidad para satisfacer en poco tiempo nuestra necesidad de alimentación nos hace perder el disfrute del buen sazón y de la dimensión de convivencia social y aún de gozo estético de la comida tradicional.

A esta invasión de la comida rápida se ha opuesto desde hace unos años el movimiento llamado Slow food o comida lenta, que trata de recuperar estas dimensiones sociales, estéticas, culturales y aún de buena salud que debe tener el acto de comer para el ser humano y ofrece comidas disfrutables en ambientes agradables con la advertencia de que los platillos requieren un tiempo de preparación y que el consumidor debe tener paciencia y saber esperar por su comida.

En el caso de la educación, el imperio de la velocidad también ha ido ganando terreno obligando a las escuelas y universidades a ofrecer aprendizajes de temas, habilidades y competencias que antes requerían un tiempo largo en plazos cada vez más breves y en el caso de la educación superior, acortando cada vez más los tiempos en los que se puede cursar una carrera universitaria, una maestría o un doctorado.

La exigencia de credencialización de nuestra sociedad que pide papeles y títulos más que formación, cantidad de contenidos y materias más que aprendizajes profundos, habilidades prácticas más que preparación para la vida, ha ido presionando a las instituciones a ofrecer educación rápida (fast education) del mismo modo que se ofrece en los centros comerciales comida rápida (fast food).

Resulta interesante en este panorama el surgimiento de un movimiento opuesto, similar al del slow food que se autodenomina educación lenta (slow education), encabezado por el autor catalán Joan Domènech Francesch, que acaba de publicar un libro titulado precisamente Elogio de la educación lenta –si requiere mayor información sobre el libro puede consultar: http://www.grao.com/recursos/elogio-educacion-lenta-domenech - en el que postula algunos principios de este movimiento.

La educación lenta es un paradigma que no pretende hacer las cosas despacio, sino saber encontrar precisamente el tiempo justo para cada cual y para cada actividad pedagógica. Educar para la lentitud significa respetar el ritmo de cada niño y el tiempo de cada aprendizaje” afirma Doménech en su libro.

Quince son los principios de este paradigma que sería pertinente estudiar con detenimiento para tratar de repensar la educación para la prisa que domina el panorama actual. Estos principios son:

1. La educación es una actividad lenta.

2. Las actividades educativas tienen que definir el tiempo necesario para ser realizadas, y no al revés.

3. En educación, menos es más.

4. La educación es un proceso cualitativo.

5. El tiempo educativo es global y está interrelacionado.

6. La construcción de un proceso educativo tiene que ser sostenible.

7. Cada niño –y cada persona- necesita un tiempo específico para aprender.

8. Cada aprendizaje tiene que realizarse en el momento oportuno.

9. Para conseguir aprovechar más bien el tiempo hay que priorizar las finalidades de la educación y definirlas.

10. La educación necesita tiempo sin tiempo.

11. Hay que devolver tiempo a la infancia.

12. Tenemos que repensar el tiempo de las relaciones entre persones adultas y niños.

13. El tiempo de los educadores se tiene que redefinir.

14. La escuela tiene que educar el tiempo.

15. La educación lenta forma parte de la renovación pedagógica.

Habrá que estudiar esta propuesta que sin duda tiene la virtud de intentar rescatar a la educación del imperio de la velocidad que muchas veces ahoga la auténtica formación y transformar a la escuela en un lugar donde se viva el tiempo sin tiempo.

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