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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Sentirse parte…

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 22, 2015

Para mis compañeros de la Generación Milnovecientosochenta Instituto Oriente.

(https://www.facebook.com/generacionmilnovecientosochenta.institutooriente?fref=ts)

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"La libertad no necesita tanto de alas como de raíces” dice Octavio Paz con razón. Porque para ser libres, para poder volar con rumbo y sentido es indispensable tener un fundamento sólido, un asidero firme que sirva como referente durante el trayecto y como base para tocar tierra y recargar energía cuando el vuelo se torna difícil o simplemente cuando el espíritu requiere de un abrazo para reconfortarse.

Este sábado veinte de junio tuve la oportunidad de celebrar junto con un nutrido grupo de compañeros y compañeras –alrededor del 50% del grupo original- el aniversario número treinta y cinco de nuestro egreso del bachillerato.  La fiesta fue ocasión para el reencuentro interpersonal y también y tal vez sobre todo, para el reencuentro con una parte importante de nuestras raíces, con esas raíces que nos capacitaron para el vuelo y siguen siendo como el norte que nos ayuda a no extraviar el rumbo o a retomar el camino cuando por cualquier razón se produce un desvío.

No todas las escuelas logran generar en sus egresados esta fidelidad, esta constancia que mueve al regreso periódico, este orgullo colectivo, este sentirse parte de un proyecto educativo que trasciende a la persona, al grupo, a la generación. De tal modo que surge naturalmente la pregunta: ¿Qué es lo que hace que un grupo de personas, egresados de una institución educativa sigan reuniéndose después de casi cuatro décadas de haber salido de sus aulas? ¿Qué es lo que mantiene la cohesión de un colectivo de hombres y mujeres ya adultos, que han seguido caminos totalmente distintos y viven en realidades e incluso en lugares muy distantes entre sí? ¿Por qué se siguen buscando espacios para reunirse en circunstancias en las que todos tienen múltiples ocupaciones y preocupaciones diferentes y aún contradictorias?

Existe sin duda la fuerza del afecto construido en una etapa crucial de la construcción de la propia personalidad, el cúmulo de experiencias compartidas, de vivencias en común, de aprendizajes mutuos. Una razón importante es la de la amistad que se valora como parte importante de la vida.

Sin embargo, la fuerza de la amistad no siempre es suficiente para lograr esta constancia en las reuniones y espacios de reencuentro. Como decíamos antes y podemos constatar en nuestros círculos sociales, no todos los colegios logran generar un dinamismo semejante entre sus ex - alumnos.

Desde mi experiencia y reflexión personal, existe un factor esencial para lograr que esta dinámica se genere y se mantenga durante décadas. Este factor es la existencia de un proyecto educativo con fundamentos sólidos y profundos aunque dinámicos y siempre actuales que se logra traducir en un ambiente significativo, marcado por presencias relevantes y encuentros formativos. Un proyecto educativo que se convierte en verdadera raíz que estimula la libertad responsable de sus estudiantes y los estimula para volar alto, tan alto como sus sueños pero pisando firme, tan firme como lo requiere el compromiso con la realidad que los interpela constantemente y les pide trabajar hacia su transformación.

Una institución educativa que logra construir un proyecto educativo con esta profundidad y capacidad de renovación para hablar al ser humano de siempre en términos pertinentes para el aquí y el ahora es una institución que consigue generar este sentido de pertenencia en sus estudiantes y egresados, un sentirse parte que trasciende lugares y tiempos.

Un proyecto educativo con esta riqueza se va interpretando de maneras diversas y viviendo también de múltiples formas pero deja siempre un residuo de ciertos significados y valores fundamentales en común, que se convierten en la fuerza que cohesiona y mantiene la unidad en la diversidad.

Las formas de expresión de estos valores y significados comunes son la atmósfera de convivencia intersubjetiva, un lenguaje distintivo, ciertos símbolos que unen, algunas formas artísticas propias y un modo de ser de las personas que las hace identificarse como parte de esa comunidad educativa trascendiendo incluso las generaciones.

Lo anterior obviamente no es ideal ni perfecto y siempre existe un cierto porcentaje de individuos que no logran identificarse o ser identificados por el proyecto educativo institucional. Sin embargo resulta notorio que la mayoría de los miembros y ex miembros de esa comunidad educativa van adquiriendo y cultivando ese modo de ser característico que los identifica.

Un elemento muy relevante del proceso educativo tiene que ver con este sentido de pertenencia a un proyecto que nos trasciende, a un espíritu que se vuelve la raíz que fundamenta la propia libertad y genera la fuerza necesaria para volar con sentido y altura de miras.

El sábado pasado fue un momento significativo para agradecer y para recordar –volver a pasar por el corazón- los significados y valores comunes de nuestra formación en el espíritu ignaciano sintetizado en el “ser para los demás” y junto con los que no pudieron acompañarnos y los que ya no están con nosotros pero estuvieron muy presentes, celebrar el gran regalo de sentirnos parte de un proyecto de humanización que nos necesita y al mismo tiempo nos trasciende.

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