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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

En defensa de la escuela pública

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Mayo 25, 2015

“Aptitud tan gratuita bien puede ser desperdiciada en festejar la ocasión vana, en conmover el sentimiento frívolo, en cosechar el aplauso barato… El incienso marea, el aplauso ensordece…”

Rosario Castellanos. El escritor y su público. Antología del ensayo.

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(http://www.ensayistas.org/antologia/XXA/castellanos/)

Podría usar este espacio para unirme al coro popular y políticamente correcto que plantea que la reforma educativa, los cuestionamientos a la calidad de nuestra educación, las evaluaciones nacionales e internacionales, el sistema de servicio profesional docente, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) y su trabajo, el informe sobre Los docentes en México 2015 y todas las investigaciones, análisis y críticas a las profundas deficiencias de nuestro sistema educativo forman parte de una gran conspiración cuya finalidad es la privatización de la educación.

Podría sumarme a los pronunciamientos supuestamente críticos de profesores, líderes sindicales, políticos de oposición –si es que esto existe hoy en México- y un buen número de colegas que se asumen como progresistas, que afirman que toda esta ola de exigencias de cambio en la educación nacional impulsadas por periodistas, organizaciones civiles –Mexicanos primero, la más visible y cuestionada entre muchas más-, “opinólogos” y académicos que tienen alguna participación en medios de comunicación y parcialmente asumida por el gobierno federal, no es más que una campaña para desacreditar a los maestros del país que en realidad son víctimas inocentes de una tendencia neoliberal para acabar con la escuela pública.

Bien podría hacer un discurso de protesta contra la violación a los derechos laborales de los trabajadores de la educación, aunque estos supuestos derechos incluían la venta, renta, herencia o distribución discrecional –es decir, la privatización- de las plazas docentes que son de carácter público y la asignación irregular y opaca de millones de pesos a las cúpulas sindicales que promovían la corrupción, el dispendio y el control político y no la mejora de las condiciones laborales de la mayoría de los profesores del país, de los que cumplen diariamente con su labor frente a grupo en condiciones deficientes y algunas veces, deplorables.

Pero no busco los likes en las redes sociales ni el aplauso barato que ensordece, ni el incienso que marea. No busco agradar a quien me lee sino tratar de aportar elementos para la reflexión, la conciencia y el compromiso hacia el mejoramiento de una educación que ciertamente se encuentra en una crisis muy profunda.

Porque las cosas no son tan simples en ningún aspecto de la realidad humana y por supuesto no son tan simples como un complot privatizador en el caso de nuestra maltrecha educación pública. Porque para defender la escuela pública es necesario aceptar la realidad con una buena dosis de autocrítica y apertura al cambio. Porque la única manera de enfrentar y empezar a resolver la crisis de la educación pública –y privada- en el país es aceptar los datos que arrojan los diagnósticos y las evaluaciones aunque no nos gusten y emprender acciones de política pública y de acción institucional y personal orientadas hacia la solución de los problemas detectados.

Estos problemas abarcan sin duda tres niveles que deben ser transformados de manera simultánea: el de las prácticas educativas –en el que sin duda tienen, tenemos, responsabilidad todos los docentes y directores escolares-, el de las estructuras organizacionales –en el que es imprescindible lograr que las autoridades federales y estatales asuman su responsabilidad- y el de la cultura educativa –en el que los medios de comunicación y otros actores sociales juegan un papel fundamental-.

No es posible enfrentar la crisis educativa evadiendo y descalificando todas las evidencias cuanti y cualitativas que muestran la deficiente preparación de los profesores para ejercer su práctica con la eficiencia necesaria para formar a los niños y adolescentes de este mundo globalizado. De nada sirven las posturas de víctima de los docentes cuando se requiere hoy de profesores contrapunto, es decir, profesores que formen para sobrevivir en el mundo de hoy pero para cuestionarlo y construir ese otro mundo posible que necesitamos.

Tampoco es posible enfrentar la crisis educativa culpabilizando solamente a los maestros en particular y creyendo que con transformar sus prácticas cambiará la educación nacional. Resulta indispensable que la reforma educativa llegue a ser una real y completa reforma educativa. Hasta ahora, a pesar del cambio en las leyes, no se ha recuperado la rectoría del Estado sobre la educación sino solamente el control laboral del gremio docente al encarcelar a una lideresa incómoda para el gobierno y poner a un nuevo líder alineado a la autoridad. Hasta hoy no se ha concretado la consulta sobre el nuevo modelo educativo en un planteamiento concreto. Hasta hoy no se han realizado muchos de los cambios estructurales que permitan el flujo de recursos para el mejoramiento de las instalaciones y equipamiento de las escuelas del país. En fin, existen múltiples aspectos que se tienen que concretar para hablar de una reforma educativa real y estos no parecen ser atendidos con la urgencia que se requiere.

Finalmente, la crisis educativa no podrá revertirse si no se trabaja en el cambio de la cultura educativa, es decir, en el cambio de nuestras concepciones sobre lo que es una buena educación, una buena escuela, un buen profesor. Nuestra cultura docente se resiste a cambiar y la sociedad –padres de familia, empresarios, medios de comunicación, etc.- siguen anclados en significados sobre la educación que ya no corresponden a la sociedad actual.

Si de verdad estamos comprometidos con la defensa de la escuela pública, debemos trabajar hacia la concreción de una reforma educativa real y radical y no obstaculizar, en nombre de una supuesta visión crítica, los cambios urgentes que requieren las instituciones educativas para estar a la altura de nuestros tiempos.

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