La fiesta de la Pascua Judía rememorando el paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo escapando de la servidumbre de Egipto, constituye el origen de la conmemoración de la Semana Santa y del paso de Cristo por la muerte, por sus orígenes judíos, es una festividad cuya conmemoración varía en el calendario dado el carácter lunar del calendario hebrero, a diferencia de las fiestas de origen romano que se conmemoran en fechas fijas en virtud del carácter solar de los calendarios juliano y gregoriano.
La luna llena del Viernes Santo, coincidiría con la “espada encendida” del volcán como dijera Pablo Neruda: "subió la sangre del volcán al cielo, se desplomó la grieta, ígnea ceniza, lava roedora lengua escondida, ahora derramada, luna caliente transformada en río."; sucesos a los que habríase sucedido el eclipse total de la “luna roja” reproduciendo el fenómeno astronómico que se viviera en 1531 y que se habría plasmado en el manto de la Virgen de Guadalupe, según reportara el gran maestro del barroco mexicano que fuera don Miguel Cabrera, situación que, por lo demás y dicho sea de paso, no determina de manera forzosa la autoría del lienzo por los ángeles del cielo, después de todo, el “indio” Marcos de Cuahutitlán bien habría podido ser un digno heredero de “los tlamantinemes” o sabios antiguos del Anahúac.
Más artículos del autor
Francisco Villalón Esquerro es hoy por hoy uno de los más destacados conocedores de la historia del Derecho y de la Sociedad Vierreynal que pueden consultarse en México, bajo sus indicaciones y lineamientos, me di a la tarea el pasado miércoles primero de abril de realizar tomas fotográficas al Convento de San Gabriel, la Capilla Real y la Parroquia de la Virgen de los Remedios erigida en el vértice del cerro de la Pirámide en la Ciudad de Cholula, la Ciudad sagrada del Anáhuac; y, asimismo, me di a la tarea de fotografiar edificaciones claves en la arquitectura sacra de la Ciudad de Puebla como los son el Santuario de Guadalupe, el templo de San Agustín y la Catedral Angelopolitana.
Recibí una invitación por demás cordial y en alto grado sorpresiva para reescribir la historia de la fundación de Puebla, ante lo que rememoré el hecho de que los primeros libros de actas de cabildo, harían sido sustraídos de manera deliberada para “no reconocer mérito alguno a nadie ” según dejara constancia el mismísimo alcalde Hernán de Helgueta al disponer que se llevara de nuevo el registro de las referidas actas.
Por Fray Toribio de Benavente sabemos que el 16 de abril se habría celebrado la primera misa en éstas latitudes, y por las actas existentes, levantadas bajo las indicaciones del alcalde Hernán Helgueta, que tras las trombas del año 1532 que arrasaron el asentamiento original la ciudad, ésta se refundó un día de San Miguel, 29 de septiembre, fecha en la que los vecinos conmemoraban la fundación, acaso con miras a lo que los historiadores han denominado “la segunda fundación”.
Las indicaciones de realizar tomas fotográficas en los sitios de inspiración religiosa de Cholula no dejaron de desconcertarme en un principio, es sabido que los hosteleros que se establecieron en el tránsito de carretelas que darían pie al asentamiento que hoy conocemos como Puebla, venían provenientes de Tlaxcala y no de Cholula, cuya historia, por lo demás, no observa lagunas como las de la fundación de Puebla, gracias a la formidable crónica que se contiene en la “Relación al Consejo de Indias” de don Gabril de Rojas.
La edificación de los lugares sacras se habría alineado a astros como Venus y la Luna y el trazo de las ciudades del espacio geográfico cultural al que podríamos denominar indistintamente el Anáhuac o la Nueva España, se habría llevado a cabo en concordancia con la bóveda celeste, por lo que, cabría concluir, que el trazo urbano de las ciudades del centro del país se habría llevado a cabo conforme a la sabiduría de la cultura antigua de los pueblos autóctonos, y no bajo el influjo cultural europeo, que ya había llegado a nuestras latitudes con la marcada influencia del renacimiento italiano tal y como éste habría sido asimilado en las islas del Caribe, según puede apreciaría en los planos de la Catedral de Santo Domingo, cuyo trazo corriera a cargo nada y nada menos que de Leonardo da Vinci, y cuyo diseño se habría reproducido en la edificación de la Parroquia de Nuestra Señora de la Salud en Pátzcuaro.
La hipótesis de Villalón, resultaría sin embargo sorprendente y al quedar del todo acreditada a mi modesto modo de ver, tendrá en consecuencia que obligarnos a replantearnos la historia del país desde sus cimientos.