Los cursos preparatorios para los candidatos del PAN, antes de la llegada del morenovallismo, resultaban verdaderas chorchas bohemias.
Al terminar las pláticas, porque a eso se reducían las sesiones, en meras pláticas de experiencias pasadas, la asistencia se encaminaba a algún antro, cantina o se la seguían en alguna de las casas de un voluntario, que siempre había.
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El alcohol y una botanita eran imprescindibles.
Ahí, de las anécdotas de oro, se podrían haber desprendido historias dignas para un libro que capitulara las luchas a brazo partido de los panistas cuando eran oposición, cuando significaba convertirse en héroe, con la voluntad de poner dinero de su cartera y con la absoluta seguridad de una derrota en las urnas, por aquello de la alquimia electoral en la que el PRI era un maestro.
Estos cursos eran impartidas por los mismos directivos de la militancia, pues se consideraba un verdadero despilfarro invertir en el pago de expertos profesionales en mercadotecnia, manejo de imagen y abogados en materia legislativa. El pensamiento iba encaminado a que “el que es perico, en donde quiera es verde”, creyendo que la experiencia extraída en elecciones pasadas, el ‘feeling’ y ‘verbo’ del candidato eran suficiente.
¡Ah, qué tiempos aquellos!
En los que no había nada que perder.
Pero como las golondrinas: esos tiempos, en Puebla, no volverán.
Por un factor básico: ahora el sí PAN tiene todo, todo qué perder.
Un sinfín de intereses en juego.
No sólo la permanencia de los gobiernos de las principales capitales del estado y de la gubernatura. En esta ocasión se conjuga el ingrediente esencial del deseo de victoria de quien dirige el tablero político en Puebla: la candidatura a la presidencia de la República.
De tal suerte, que esta mezcla originó el cambio definitivo en el rumbo del panismo poblano y su manera de hacer política, tal y como la ejercía la ultraderecha, personificada en un Francisco Emmelhaiz, Francisco Fraile, Ana Teresa Aranda, Humberto Aguilar Coronado, y hasta en el capítulo más reciente, con Eduardo Rivera Pérez.
El pasado miércoles 18 y jueves 19 del mes, en el Pepsi Center de la Ciudad de México, se dieron cita a los 300 candidatos a diputados federales, así como a sus respectivos equipos de campaña. Fueron sesiones y talleres intensivos, con ejercicios en vivo en directo para preparar a los candidatos sobre temas espinosos, por ejemplo, simulaciones en entrevistas televisivas en donde se les preguntaban a botepronto sobre su opinión del aborto, matrimonios entre homosexuales, corrupción, presentación patrimonial, en fin, así como los riesgos y conflictos posibles en el día de la elección.
Las sesiones es dividieron en imagen no verbal, defensa jurídica del voto, manejo y desenvolvimiento en medios electrónicos de comunicación y prensa escrita, fiscalización de gastos de campaña.
Y orquestando todo este programa, estaban Marcelo García Almaguer y Eukid Castañón Herrera.
En pocas palabras, las próximas elecciones federales son un tema serio para el PAN.
Y para Rafael Moreno Valle.
No nos referimos sólo del asunto local, no, sino a nivel nacional.
Claro, ahora sí el PAN tiene mucho que perder.