A propósito del amor, tema principal y de debate de todos los febreros: ¿desde cuándo el amor se convirtió en nuestra tormenta personal?, es decir, en los desvelos de luna llena, en el remolino de celos que nos carcome las entrañas, en el ansia desesperada por el celular que no suena, por el whatsapp que no llega, en el vacío de un alma sin propósito si fracasamos en el encuentro de la pareja.
Crecimos con un programa, instalado desde nuestra infancia, en referencia a la media naranja: el amor lo es todo.
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Y si no tienes quien te ame, no tienes nada.
Así funcionamos. No importa la edad. Nunca pasará de moda la celestina, la carta (correo) anónimo, las rosas y los bombones de chocolate, la serenata, deambular de noche en un bar con ganas de encontrar a ese ‘alguien’, enviar una bebida de cortesía a través del mesero con el número de celular, la súplica a los amigos de ‘preséntame a alguien’…
Si después de todo este peregrinar, no ocurre el encuentro… la derrota del corazón se empieza a hacer evidente en nuestro carácter… amargura pura.
Pero si el amor es el motor del mundo, ¿debe de costar tanto trabajo encontrarlo?, ¿por qué tanto esfuerzo?, ¿se necesita pasar tanta pena y sufrimiento para encontrarlo?
¿Desde cuándo el encuentro con el ser amado se convirtió en una receta de protocolos, argucias y ansiedades? La liberación femenina ya permite a una mujer iniciar el cortejo… y las cosas están peor.
Tampoco ayudan las frases hechas y que damos por ciertas: el amor es para siempre, quien bien te ama te hará llorar, el amor lo soporta todo (y lo puede todo), hasta que la muerte nos separe, contigo pan y cebollas, el amor es ciego, mientras yo sea la catedral qué me importan las capillitas…
El tiempo, el mejor fiel de la balanza, nos comprueba que estas sentencias, en lugar de fortalecer al amor, lo encadenan, lo anclan y lo terminan por matar.
¿Cómo encontrar el amor? Definitivamente no con la fórmula que nos dan las canciones y las películas: un encuentro inesperado, el/ella se transforman por el otro y viven felices para siempre.
Tal vez sería una buena idea, para empezar, por diferenciar lo que es el enamoramiento y el amor: el primero, lo vivimos en las películas, en las canciones de ‘yo por ti me muero’, son las inconfundibles mariposas en el estómago cuando conoces a alguien que te gusta, es la pasión pura.
Otra muy diferente es el amor, el real, ése al que todos aspiramos y pocos, muy pocos gozan.
Los sabios dicen que un verdadero amor en la pareja se sostiene de la aceptación total, tanto de uno mismo como de la otra persona. Así que no hay lugar para los celos, no hay envidias, ni rivalidades, al contrario, se desea, se procura y se apoya el crecimiento y bienestar del otro, sin exigencias de reciprocidad.
El amor duerme en la seguridad y la certeza, descansa en la ternura y ríe con la complicidad y la lealtad de la amistad.
Pero sobre todo, jamás se encumbra en un sentimiento apasionado (que si bien es un ingrediente indispensable, nunca es el principal ni el único), sino en una decisión madura que se toma con el corazón, la mente, el cuerpo y el espíritu: la de amar, con todas sus consecuencias.
¿Sencillo?
No.
¿Imposible?
No.
Se abre la reflexión… ¿tenemos un amor así?
Lo bueno de este mundo, es que todo puede ser posible.