“Debe dársele a la juventud la oportunidad de tomar parte activa en la toma de decisiones a nivel local, nacional y global.”
Ban Ki-moon
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Sin entrar en detalles, la Revolución Mexicana ha sido uno de los eventos (o etapas) políticos más relevantes de la historia de nuestro país, se conmemora año con año como si fuera un logro de la nación. En lo personal considero seriamente un error ver a la Revolución como un beneficio nacional. Por lo que he leído mantengo el criterio de que la revolución fue una guerra absurda entre personas egoístas que querían el poder no para servir, sino para servirse de éste (aclaro que tengo total apertura para debatir respetuosamente este señalamiento con quien difiera). Pero aun así sé que es un suceso de alta relevancia, ya que en gran medida da origen al actual sistema político nacional. Para mí el producto más enriquecedor que dejó la Revolución Mexicana fue la motivación que dejó a dos grandes personajes de la historia de México. Estoy hablando de José Vasconcelos y de Manuel Gómez Morín.
Estos dos hombres juntos han aportado a México, sin lugar a dudas, mucho más de lo que aportó el partido que mantuvo el poder por más de siete décadas. Considero importante mencionarlo, pero esta publicación no busca ahondar en sus vidas y logros, para ello recomiendo leer los libros “Se llamaba Vasconcelos, una evocación crítica” escrito por José Joaquín Blanco, y “Manuel Gómez Morín, 1915-1939” de María Teresa Gómez Mont.
Estos dos grandes desde 1928 ya dialogaban sobre planes políticos de alta relevancia, como la posible organización y fundación de nuevo partido político, o la postulación de Vasconcelos como presidente de México. El dialogo normalmente se daba a través de correspondencia y aquí cito textualmente un párrafo que Gómez Morín dirigió a Vasconcelos:
“Hay tantas trabas y tantas dificultades y tantos intereses que se oponen a una acción de esta naturaleza (la postulación de Vasconcelos como Candidato presidencial), y que yo ni siquiera sospechaba, que con toda sinceridad tengo que decirle que el resultado de esta primera excursión de mi parte en el terreno político es una profunda desilusión de muchas gentes, y sobre todo, de mí mismo. Ahora sé que no valen ni la buena fe ni el alto propósito ni el grande entusiasmo para trabajar políticamente. Para ello es preciso, en primer término, ser político; tener los hábitos y los procedimientos de los políticos, y reunir una multitud de cualidades que no son las que ordinariamente sirven para que un hombre pueda solamente pensar las cosas con claridad y ejecutarlas con desinterés y con precisión técnica”.
Hay que ser realmente cuidadosos al intentar interpretar dicho texto, la mayoría se podrían ir con la finta y suponer que Gómez Morín tenía una actitud pesimista, concepción que no podría estar más alejada de la realidad. Entendamos que tenía una excelente prospectiva de lo que quería lograr, él entendía que no es útil llegar al poder solo porque sí, su claridad de ideas le ayudaba a concebir con madurez que para que un gobierno fuese objetivamente eficiente, primero debía haber una fuerte lucha cultural a favor de la participación, el dialogo, el servicio y otras actitudes favorables para una verdadera democracia.
Gómez Morín inconforme con los actos violentos que se vivieron en la Revolución, donde el objetivo de las luchas era la obtención inmediata del poder y a costa de lo que fuera, consiente de que la supuesta democracia no era más que un teatro que escondía fraudes, autoritarismo y soberbia; prefirió empezar un camino más largo pero más efectivo hacia la construcción de una democracia de verdad en México. Él estaba convencido de que el cambio se debía construir paso a paso y que de poco serviría tener a Vasconcelos en la presidencia de la República dadas las condiciones del sistema político, fruto de la Revolución.
Gómez Morín emprendió la fundación de un nuevo partido político, decisión que exigía mucho sacrificio de tiempo, dinero y esfuerzo. Él no veía esta acción como una inversión personal para escalar posiciones y satisfacer ambiciones personales, se podría decir que materialmente dio más de lo que recibió. Esa es la razón por la cual dicho partido alcanzó a ser el motor de la transformación de conciencias de los mexicanos y el impulsor de cambios de paradigmas, por ser una institución de principios y no una “empresa” fascinada con la posesión del poder.
Hoy en día muchos jóvenes opinan que esa grandeza y los triunfos conseguidos legal y congruentemente han sido tirados a la basura y que dicho partido ha pasado a formar parte del sistema al que inicialmente combatía. Si bien las críticas tienen sentido y son válidas, sería un gran error generalizar a toda la institución, caer en la desesperanza, en la desesperación y dejarse llevar por impulsos imprudentes sin rumbo constructor. Peor aún, sería más grave quedarse de brazos cruzados y no prepararnos profesionalmente para ser factores de cambio a la altura de las necesidades de nuestro país, de un cambio para bien, de un cambio para mejorar.
Hoy aquellos jóvenes desilusionados con lo que la política les ha mostrado deben seguirse manteniendo ajenos a las prácticas incorrectas y desleales al desarrollo humano y social. Pero hoy más que nunca deben ser una fuerza positiva para el cambio social. Más allá de buscar ser escuchados, busquemos participar activamente en el desarrollo de nuestros entornos desde las diferentes trincheras a las que tengamos acceso, siempre utilizando la inteligencia y el dialogo como arma contra la corrupción y la avaricia.
Me manifiesto a favor de la búsqueda de posiciones políticas como un interés personal legítimo, pues son esos espacios los más útiles para construir grandes cambios. No obstante, sería un fuerte error creer que son los únicos espacios que sirven para mejorar la realidad. Ya que desde fuera de ellos se puede generar participación de un mayor número de ciudadanos, dialogo para conocer las diferentes realidades y perspectivas que existen y entendimiento para saber qué acciones son las que realmente hacen falta realizar.
Como Gómez Morín, los jóvenes debemos tener visión prospectiva a largo plazo y entender que si la política es la construcción del bien común, no se puede ni debe reducir a un aspecto meramente electoral, el objetivo de ser políticos debe radicar en la disposición al servicio a los demás y las ganas de aportar a que la gente viva mejor.