Uno de los signos visibles de la decadencia política que vive el país son sus partidos políticos. A la luz del sentido común son maquinarias anquilosadas. En el sentido figurado, son como cascarones que han dado frutos podridos. Díganlo si no sus formas, procederes, su concepción del país, sus liderazgos y sus productos.
En vísperas de una nueva elección, son simples gerentazgos para procesar los intereses de quienes realmente mandan. Las familias que detentan el poder real, los utilizan como caros instrumentos para conservar inmóvil el statu quo. Si no inmóvil, con un maquillaje que huela a “cambio”, para conseguir a toda costa que las cosas sigan igual.
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La gente sólo ve un teatro exterior. Buen número de medios y comunicadores son como bambalinas y altoparlantes de los actores del escenario. Pocos medios y comunicadores discrepan del poder y llaman a las cosas por su nombre.
Los protagonistas utilizan un lenguaje bélico antes y durante las elecciones. Todo es teatro, todo es farsa y comedia de baja estofa.
Este escenario se ha visto con diversas facetas en todo el país. Pero es en los últimos años cuando ha roto todos los records de la simulación y la desfachatez.
Los partidos hoy día no tienen ideología ni banderas, ni escala de valores o declaración de principios. Son oficinas o covachas donde entra cualquiera. Sus agentes patrocinadores los empujan e insertan por la fuerza del poder. Ni sirve ni pesa la trayectoria, experiencia, formación, los principios o la ética y mucho menos lealtades de directivos y candidatos.
Los partidos hoy, son como la tienda de raya del porfiriato. Controlan, administran, vigilan, someten, legitiman…
Partidos y actores son piezas móviles e intercambiables al servicio del capital. Desechables y reciclables.
Un día los directivos o candidatos sirven o son usados (en el sentido más utilitario y sanitario del término) por el grupo de poder que los manda por un partido, pero en la siguiente elección van por otro; con similar cinismo o disfraz trabajan para un ayuntamiento o gobierno sin importar su origen. Y no por capacidad profesional, sino como parte de la peonada. Recomendación de por medio, claro.
Gustosos, entusiastas, se refocilan brincando de unas siglas a otras. Portan gafetes de frivolidad, son expertos en doblar el espinazo y lamer suelas; compran todo lo comprable, el fin primero y último es servir al patrocinador.
En este México contemporáneo, las elecciones son cada vez más cercanas y parecidas a un circo . Iba a escribir circo barato, ¡noo!, caro, carísimo. Los actores, cual títeres de Rosete Aranda, responden al jalón de hilos del que paga y manda.
Los titiriteros, los que mueven los hilos, están en las cúpulas partidarias o de poder en general. Al juego cíclico del calendario electoral le llaman, pomposa e impúdicamente, elecciones.
No hay tales. Es el rejuego del poder. Son los mismos, en distintos sitio y con ropas diferentes. Lo que está detrás es lo mismo: arrancar pedazos de poder para administrar los dineros de los mexicanos. Hay excepciones con nombre y apellidos propios, son contadísimas y hay que localizarlas con lupa.
El poder real está arriba, en otra parte. Abajo los que juegan son condotieros de poca monta.
En estos tiempos la cara de su juego es el empeño por mostrarse diferentes unos de otros. Falso de toda falsedad: uno ve exactamente a los mismos, son de idéntica naturaleza. Véaseles por donde se les vea, son del mismo pelaje. Son piezas histriónicas que reptan en pos de jugosos estipendios. El reparto del botín tiene distintas etapas. Hoy vienen las elecciones, el circo se aproxima a la ciudad, viene la caravana de músicas y payasos.
Véalos con esta lupa y verá que no miento.
O diré como respondía la señora de mi pueblo que por vez primera usó reloj y no sabía ver la hora. Cuando le preguntaban, invariablemente respondía:
-Desengáñate por ti mismo…(Y estiraba la mano)