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OPINIÓN

Política por dentro y por fuera

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Enero 7, 2015

A la memoria de mi mamá,

doña Obdulia Víquez,

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en el 40 aniversario de su partida.

El panorama del país resulta incierto, poco claro, brumoso, será un año duro, se percibe en todos los espacios, político, económico, social. A nivel local la cosa no es distinta, baste un ejemplo: uno quiere pagar el agua, 1,650 al hacer la consulta telefónica, llega uno al Cis a pagar y, luego de una hora y media de espera, resulta que el saldo es mayor, de dos mil ciento y tantos, y a la hora del cobro, no, señor, es de dos mil doscientos treinta y tantos pesos. Oiga, joven, pero me acaban de decir otra cantidad y yo pagué hasta tal bimestre; pues sí, pero mientras se aclara tiene que pagar, además tiene usted la obligación de demostrarlo, o sea, pague y que se lo lleve la guayaba, parece decir la pieza del aparato burocrático. No cabe duda que cuando Kafka escribió El proceso, en los años veinte del siglo pasado, estaba viendo los albores del siglo XXI.

¿Qué pasa con la política y porqué ésta es relevante para la vida en sociedad y su desarrollo humano? Porque es el engarzamiento y el equilibro de los aspectos de la actividad humana. Si esos ámbitos de la vida cotidiana de los seres humanos están adecuadamente vinculados, engarzados, equilibrados, habrá desarrollo y crecimiento humano, cultura, civilización, bienes materiales, intelectuales, humanos. Si no, habrá insuficiencias, deficiencias, perversiones, desequilibrios, cánceres sociales, caos, fragmentación y desarrollo inhumano.

Esos ámbitos son, en términos generales, el espacio familiar (los seres humanos vivimos o nos vinculamos a comunidades familiares), el de la escuela, siempre el espacio escolar brinda una serie de aspectos que no puede generarlo la familia, el del trabajo (a determinada edad, todo individuo está llamado a realizar su vocación profesional o tener un oficio) y el de los asuntos públicos. Para que estos ámbitos o espacios tengan armonización, vinculación y correspondencia, es necesaria la política, es decir, ponerse de acuerdo para resolver los problemas de la vida es sus diversas esferas. Por esta razón es que, aunque quisiéramos, no puede uno eludirse de las responsabilidades políticas ni de la cosa pública, porque está en juego la familia, la escuela, el trabajo y la sociedad en general.

Uno puede idealizar la política bajo la perspectiva clásica del pensamiento político desde los griegos hasta Hegel y los estudiosos modernos: se verá siempre como el pensamiento racional, la razón que busca dirimir los conflictos y los problemas. Siempre la política buscará, al menos en el discurso, justificarse y legitimarse (ora será el crecimiento, el desarrollo, ora la seguridad, el bienestar o el progreso). Desde Maquiavelo y Hobbes (siglos XV y XVII), sin embargo, la política se ha visto más en un sentido pragmático: es la lucha por el poder, su adquisición, su ejercicio y su incremento. Un idealista nunca será, si se queda con sus ideas y en medio de ellas, un buen político.

Y no es que se tenga que escoger entre lo uno y lo otro: ser racional (o idealista) o ser pragmático (realista). Más bien, se requiere de ambos polos, de ambas cosas, de los dos términos de la ecuación: se requiere ser racional y, también, pragmático, idealista y realista. Pero no sólo no es fácil, sino que es, como dijera Ricoeur en Historia y verdad, paradójico.

De ahí también resulta relevante conocer y estudiar las instituciones políticas (Polity), es decir, la constitución, el gobierno, el parlamento, las leyes y estatutos, el estado en general, el sistema de gobierno, esto es, todo ese aspecto formal de la política (estrictamente hablando, hacer ciencia política). Igualmente, es interesante saber sobre los procesos por los cuales los actores políticos resuelven los conflictos y alcanzan consensos, es decir, conocer lo que son propiamente los procesos políticos (Politics), lo que los políticos profesionales dicen y hacen. Y, también y sobre todo, las políticas públicas (Policy), que es el aspecto material de la política: la administración pública en cuanto tal.

El Instituto de Ciencias Jurídicas de la UNAM publicó hace apenas unos meses (2014) una obra editada por Herminio Sánchez de la Barquera: Fundamentos, teoría e ideas políticas. Antologías para el estudio y la enseñanza de la Ciencia Política, volumen primero, 345pp. En uno de los artículos del libro que escribe el mismo editor, citando a los estudiosos de la ciencia política, se señalan las cualidades y características del político. Cito: “La política, según Bayer y Schmidt (1972: 120), arruina el carácter de los débiles, de los malintencionados, de los mañosos y de los tontos, por lo que el político debe estar dotado de una gran fuerza moral e intelectual y de un valor civil a toda prueba” (Ob. Cit., p. 14). ¿Dónde están esos políticos dotados de gran fuerza moral e intelectual y de valor civil a toda prueba?

Poco después, Sánchez de la Barquera cita a Weber respecto de las tres cualidades decisivas del político: pasión (Leidenschaft), sentido de responsabilidad (Verantwortungsgefühl) y moderación o sentido de proporción y mesura (Aungenmass). Las tres cualidades mencionadas tienen dirección hacia la realidad: la pasión no es otra cosa que sentido de objetividad, es decir, adhesión apasionada al ‘objeto’ de la actividad política; no otra cosa significa responsabilidad y mesura: el político tiene que tener, psicológica y mentalmente, un sentido de realidad sin que ésta trastorne sus facultades mentales o emocionales: no se gobierna con humores ni con estados de ánimo; ha “de permitir que la realidad influya en uno pero con la concentración y tranquilidad internas” (Idem).

Tales cualidades no dejan de ser una interpelación constante no para los estudiosos de la política, sino para los políticos profesionales. Y a la sociedad no le corresponde sino exigir que aquellos las tengan y las apliquen para resolver los grandes y graves problemas de la cosa pública.

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