No es con cañonazos de palabrería como se van a resolver los problemas del país.
Hasta hoy eso han sido los “grandes discursos del presidente” por televisión.
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Un actor perfecto ante las cámaras, dominio impecable del telepromter, la figura cuidada, un auditorio a modo. El contenido, una decepción. Una perorata cargada de ofertas cuando hace dos años le ofreció a la gente, igualmente, un cielo de ilusiones.
Había un moderado interés previo al discurso, por ver si por fin venía el giro radical. Nada, fue más de lo mismo. Un conjunto de iniciativas, más reformas –el invariable signo del sexenio- , un mar de generalidades. La autocrítica ausente, y ausente también la rectificación de todos los errores y omisiones.
El escenario del discurso presidencial nos remitió al México viejo. La parafernalia de la presidencia imperial rediviva.
Doce guardias militares de civil rodeaban al presidente al llegar al foro, un lugar cerrado, controlado, archivigilado, con invitados obsecuentes para el presidente. (¿Por qué tanto temor?, ¿por qué la paranoia?) Personajes dóciles, mansos, héroes de mil batallas en el arcaico arte de aplaudir al hombre fuerte de México.
A ese México satisfizo la soflama. Hubo incluso un sostenido aplauso de dos minutos. Horas más tarde, los empresarios de la cámara de la radio y la televisión, siervos fieles del viejo presidencialismo, colmaron de loas al presidente. Parecían estar venerando a Dios. Iguales a los que rendían tributo, sumisión y vasallaje a Díaz Ordáz, López Portillo, Fox o Calderón.
Al día siguiente todos los columnistas, -excepto una de “Excelsior”- criticaron al presidente. ¡Hasta López Dóriga, increíble..!!
Si Peña Nieto supiera leer los medios y tuviera un mínimo de sensibilidad, hace mucho que habría corrido a sus discurseros. Lo tienen metido en un traje de maniquí. Le imponen el scrip. Su círculo cercano lo tiene brutalmente secuestrado. Le instalan o fabrican frente a sus ojos el México que quiere ver. Una escenografía distinta del México real.
Él proyecta hacia afuera que está a gusto, que es él quien así marca formatos, tono, contenidos. Un presidente robotizado. Esto es grave, gravísimo, porque da la razón a sus más feroces críticos que le reclaman renunciar. Y es que todo esto armado en conjunto retrata un escenario absurdo, inexplicable frente a la crisis del país.
La olla de presión que es México tiene múltiples explosiones. La colusión de autoridades y criminales, los negocios, el encubrimiento de unos y otros, la impunidad aberrante, la caterva de ladrones en los tres niveles de gobierno no tiene freno.
Sus expresiones más irritantes: Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca de la esposa del presidente, los descomunales negocios de los constructores favoritos del presidente con él, el gabinete y los gobernadores, es la causa de la irritación social.
La gente está harta de todo esto
El reclamo de la calle, la demanda de la gente es frenar esa monstruosa maquinaria que sojuzga y frena al país y lastima en su seguridad y vida a los mexicanos.
Y ante todo esto, el presidente nos sale una vez más con uno de sus gustados discursos.
Gustado porque a él le gustan.
Desde la cima del poder, tampoco se ven las informaciones escandalosas –por ser verídicas- y las críticas que de modo sostenido publican The Wall Street Journal, The Economist, New York Times, LA Times, Financial Times y otros de los más importantes diarios, televisoras y portales del mundo.
Frente a todo esto, es francamente ridícula la reciente aparición televisiva del presidente.
¿En verdad no habrá quien se lo diga, explicándolo con peras y manzanas?
O lo más grave, ¿lo sabe, lo tiene perfectamente claro y a pesar de eso nada altera su actitud…?
Da pavor pensar que así sea.