En Los muros de agua (Revueltas, 2010) se muestra el sentir de quien ha sido arrancado violenta y arbitrariamente de su mundo estudiantil y de idealismo ideológico y encerrado en una furgoneta, conducido (o conducidos, como se termina mostrando) a quién sabe donde, un lugar no feliz, no querido, no buscado, incluso temido. Es la noche y la oscuridad. El régimen no perdona, cualquier disidencia es castigada con el arrebato, la arrogancia y la fuerza del poder desnudo que vuelve anónimos sus rostros y sus armas: sólo se muestra la inhumanidad de policías y soldados que, a grito pelón e inhumano, ordenan, golpean e imponen sus voluntades no mandadas por sus inteligencias (privadas de su uso) sino imperadas por sus pulsiones e instintos.
Se trata de la historia de cinco muchachos que han abrazado el comunismo y que han sido arrancados de su vida y aherrojados a ese nuevo iter incierto, ciego, de vértigo, carente de certeza, desgobernado y sin propósitos, como un carro de la noche que simboliza terror y muerte.
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En efecto, Ernesto, Marcos, Santos, Prudencio y Rosario han sido enviados a las Islas Marías y ni en la noche ni en el camino ni en la cárcel misma parecen encontrar sentido, significado, comprensibilidad a lo que, a partir de esa oscuridad de la furgoneta, conduce sus vidas.
Al final incluso no esperan más que sufrir con la esperanza de que no haya obstáculos para compartir ese sufrimiento:
Si algo podía unirlos, atarlos, tender en ellos ligaduras, eso era el común destino de dolor, de sufrimiento y de voluntad callada para aguardar la alegría. Algo superior a ellos, superior a sus pobres músculos, a sus pobres seres con sangre; muy superior, inclusive a su actividad y a su desvelo; algo que fabricaban los años aglomerando polvo y sueño, se levantaría al final para liberarlos. Entonces sufrirían alegremente, borrados los obstáculos que hoy envilecían el sufrimiento. (Revueltas, 2010: 175).
Pero a lo largo de la historia se muestra esa inseguridad, ese mareo de la existencia, porque además de la oscuridad, lo que amenaza la vida es el mar del misterio del ser. Esos cinco muchachos entrecruzarán su historia con la de los reos y todo será el mostrarse tal cual, con los deseos y las pasiones, los recuerdos y las expectativas. Mientras son llevados a la prisión, en el barco, Rosario, la mujer, va cayendo en el vértigo físico y existencial.
En una palabra, todos sus puntos de apoyo y sus referencias sobre el tiempo y el espacio –apenas alcanzaba a pensar, muy vagamente: “Parece tratarse del mareo”- se derrumbaron cediendo el lugar a cierta chocante variedad del vértigo que consistía en un girar absurdo de todas las cosas y en un cielo furioso, a veces de hierro claveteado con remaches como hongos, y otras, el verdadero cielo, con nubes largas y sucias, como vendas de una enfermería. (Revueltas, 2010: 64).
En efecto, la existencia parece ir a la deriva, no sólo en la mar de raro sino en el mar veleidoso, atrayente y peligroso, que no hace sino girar y hacer perder todo punto de apoyo, como dice el texto. Y ante tanta arbitrariedad, anta tanta vileza por parte del destino, la sensación que brota en el corazón no es sino la que deja ver Ernesto en un momento dado:
Ernesto sintió sobre su pecho un deseo de llorar, de pedir clemencia. Hubiese querido arrodillarse e invocar entidades divinas, aun cuando no creyera en ellas. Porque en ese instante, en que toda razón tropezaba y permanecía rígida, incapaz, el espíritu se acogía al cielo, a lo irreal, a lo que estaba fuera de la lógica y era una esperanza oscura, fuera del tiempo y de la tierra. (Revueltas, 2010: 55).
Así, pues, en esta novela se puede ver la noche, la angustia, las lágrimas. O como escribe Álvaro Ruiz Abreu (1992: 120), al escribir Revueltas no quería sino mostrar sus experiencias carcelarias y, a final de cuentas, su visión escéptica del mundo.
James Irby, citado por Ruiz Abreu, va más allá, añade a esa visión de Revueltas, una perspectiva apocalíptica que hacía de nuestro escritor un intelectual perteneciente a la llamada “generación perdida”,
que contemplaba un mundo en caos sin “explicación racional o lógica”, animado por “fuerzas extrañas e inefables” ante el cual el novelista sólo podía gritar, gesticular, lamentarse, asumiendo posturas “proféticas” y conjurando “visiones apocalípticas”, esforzándose por llegar a la última esencia de los hombres y las cosas “mediante una especie de intuición extática”. (Ruiz Abreu, 1992: 145).
Caos, absurdo, carencia de lógica en lo que les ocurre, son justamente lo que piensan, sienten y experimentan los cinco comunistas a lo largo del trayecto que los conduce a la prisión; todos se preguntan, todos sufren la fatal experiencia, como Rosario que, en medio del mar y del mareo, pierde la noción de espacio y tiempo:
¡Oh, viaje pesado y negro! Navegarían aún por cuarenta y tantas o más horas como se navega siempre en el mar, con el corazón turbado y el espíritu en duda; como se navegaba siempre en esas aguas inmensas, sin fin ni principio, bajo la idea, apenas insinuada, pero firme e insistente, de que se marcha sin destino, al azar, persiguiendo cosas vanas e ilusiones distantes. (Revueltas, 2010: 67).
Otra vez, nuevamente, la sensación de la oscuridad existencial, de angustia, de pérdida, de lágrimas y ahora de estar en el mar del azar y del destino. Y por eso insiste Ruiz Abreu al citar a Irby:
Surgen entonces –precisa Irby- la angustia, la desorientación y el pesimismo, rasgos que alteran profundamente la concepción de la forma literaria y la temática entre ciertos escritores jóvenes. José Revueltas es uno de los primeros en México que postulan una literatura que refleja este cambio y que señale otros caminos posibles en la novela y el cuento. (Ruiz Abreu, 1992: 147).
En Los muros de agua los personajes experimentan el desamparo ontológico, el abandono de su ser y tocan el abismo; a los comunistas, llamados los “políticos”, se les unen en esa experiencia, si no es que ya los han adelantado, el criminal, el borracho, el drogadicto, el homosexual, la prostituta, todos aquellos personajes que relucen en las novelas de Revueltas y, acaso, en la literatura de la época (los años cuarenta). Empero, algunos otros críticos opinan que, con todo y ese pesimismo, la novela muestra un trasfondo más genuino, la de una esperanza en la vida:
Los muros de agua recoge las impresiones que el autor experimentó en las Islas Marías y según José Joaquín Blanco en esa novela está configurado el mundo literario de Revueltas; el ladrón, el asesino, el homosexual, el preso político, la prostituta, en una especie de “leprosario de los marginados”; he ahí, sublimado, el optimismo ideológico que corre como instinto solar: “los comunistas todavía no dudan, todavía no saben; a pesar de epidemias, azotes, estupros, jornadas brutales de trabajo, vejaciones y muertes, los camaradas recuerdan”, bajo el signo de la añoranza y sueñan. Blanco subraya que “es, curiosamente, un libro que cree en la vida”. (Ruiz Abreu, 1992: 149).
A nuestro modo de ver, si se me permite el plural, se puede rechazar el sentido de la vida y no la vida misma; justamente de eso trata toda la filosofía existencialista y nihilista contemporánea. Y por eso sostenemos que, en el caso de Revueltas, y en particular de esta novela, se trata de una noción de oscuridad que atraviesa la existencia, donde incluso se cae en la cuenta de ella en la misma oscuridad. Y eso no significa, desde luego, que se crea en la vida, no al menos para encontrarle un significado; implica apertura a la vida, a la existencia, como un trago amargo, como ese caminar a tientas, en la noche, en la angustia, en las lágrimas.
¿No es esa la sensación que, por aquí y por allá, brota con creciente impulso a causa de ese arrancar del mundo a unos estudiantes (los 43 de Ayotzinapa) y a todos aquellos a quienes se les han violado sus derechos por parte de quienes debían protegerlos? Peor aun, que quienes debían protegerlos, como mercenarios, por dinero o por interés, los han entregado al crimen organizado verdugo implacable y arrogante que ha invadido todas las esferas del poder. Ese caminar, insistimos, se vuelve un lamento que el propio Revueltas expresa en ese nocturno intenso: Cuando la noche./ Cuando la angustia./ Cuando las lágrimas.
Pero, con todo y eso, Revueltas cree en un mundo mejor, no en el más allá, sino en este México perdido gobernado por autoritarios y por rostros anónimos del poder: impunidad alimentada y nutrida con corrupción. Cree en la revolución social y en los jóvenes, por ello, con ellos protesta, marcha, lanza sus gritos y es apresado por el régimen: ya no es enviado a las Islas Marías sino a Lecumberri (es el 68 y sus cruentas represiones) y condenado a dieciséis años de cárcel. Pero liberado a los dos años para volver a hacer lo que sabe: escribir.
Desde luego, no se puede pedir ahora a los jóvenes que crean en la revolución social, cuando estamos hablando de una sociedad y de una generación hiperconsumista. Pero hay algo que, como en los jóvenes de la novela, brota aun en medio de este mercado exaltado: la sensación de soledad, de caminar a tientas, sin saber a dónde y por dónde. Esa sensación no parece haber cambiado y es en esas circunstancias donde una lectura como ésta de Revueltas puede iluminar al descubrir los anhelos del corazón humano: la necesidad de creer en el otro y de confiarse a su compañía.
Referencias bibliográficas:
Revueltas, José (2010): Los muros de agua, edición original 1941, José Revueltas. Obras completas, Obra literaria, 1, Era, 1a. ed. México 1978, 19a. reimpresión, 175pp.
Ruiz Abreu, Álvaro (1992): José Revueltas: Los muros de la utopia, Cal y arena, México, 423pp.