La generación perdida del PRI es aquella que se forjó partido y que en su momento fue etiquetada como ‘la jóven promesa’, proveniente de la clase media y la cultura del esfuerzo, pues desde adolescentes participaron activamente en todas las elecciones haciendo los trabajos más domésticos, caminaron calles, se desvelaron, se dieron baños de pueblo, fueron correveydile, cargadores de maletines, y poco a poco fueron ascendiendo, para que al final, fueran desechados.
Esta generación se encuentra en el momento más productivo de su vida, entre los 30 y tantos a los 40: cuentan con experiencia, fueron cobijados bajo un ala protectora de un padrino, ascendieron en la escala de los puestos medios en las administraciones de gobierno, se caracterizaron por ser leales, emprendedores, con un soporte académico, pues invirtieron en su preparación en una universidad pública.
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Claro que en el trayecto algunos se contaminaron con algunas mañas, pero su lealtad fue probada una y una vez, se prestaron a cubrir huecos, lo que ameritó algún premio de consolación, pero el grande, el puestazo, el pez gordo, ése, nunca llegó.
Al contrario, fueron utilizados, desplazados y, finalmente, desechados.
Hay muchos ejemplos.
¿Se acuerda de Lázaro Jiménez Aquino? Defendió al marinismo con rabia. Fue regidor y después subsecretario de la SCT. Era la joven promesa de ese grupo, y ahora, está vetado.
Gerardo Mejía Ramírez fue regidor y diputado. También marinista, inteligente, capaz, trabajador y, al final, corrió la misma suerte que Lázaro Jiménez. Nadie sabe dónde andan.
Socorro Figueroa y Juan Jesús Limón, fueron incondicionales de su partido, empezaron desde muy chavos, fueron leales, participaron en todo y, su partido, optó por posponer la promesa de una oportunidad verdadera, misma que nunca llegó. Ahora ambos están en el gobierno de Antonio Galy Fayad en puestos directivos, y les va bastante bien: la primera como Directora de Mercados y el segundo como Director Jurídico de Gobernación.
Libertad Aguirre Junco, fue candidata a regidora, aspiro a una diputación, ocupó un montón de puestos en el interior de su partido, pero la promesa jamás fue cumplida. Ahora está prácticamente fuera la política. Es docente.
Emanuell Torres Bustista formaba parte del trío con Paco Ramos y Mario Marín Junior, en el liderazgo de los jóvenes en el gobierno de Marín. Lo hicieron delegado del Instituto Poblano de la Juventud, por no dejar, pero fue congelado, hasta que emigró al PAN con el gobierno de Eduardo Rivera, y le dieron la dirección del Instituto Municipal de la Juventud. Ahora está en la nevera.
Enrique Zárate, el secretario particular del gobernador Melquiades Morales, así como Roberto López, con la misma función en el sexenio de Mario Marín. Nadie sabe dónde andan ahora.
Ariadna Ayala Camarillo, de los Camarillo de Atlixco. Fue utilizada cuando le dieron la candidatura para la diputación en su municipio. Sabía que iba a perder pero era requerida para cubrir la cuota de género. Ahora es directora de una escuela.
La lista es larga.
Todos ellos, aunque con experiencia, fueron olvidados, desechados.
Una generación perdida.
Por eso, ahora el PRI no tiene cuadros.
La cadena de sucesión está rota.
Así, la herencia de lealtades, entrega de aquellos jóvenes que fueron capaces de poner su alma al fuego por amor a su partido, ya no existe.
Lo que ahora está en la mesa, es la generación plástica: jóvenes de 30 o menos, sin conocimiento del partido, de su militancia, de sus orígenes y necesidades. Chavos catalogados ‘de mundo’ que son hijos de los líderes actuales, que tuvieron escuela de paga, choferes y tarjeta de crédito siempre dispuesta. Son ellos los herederos. Casi todos los puestos para el PRI son para estos juniors, que no saben de política, ni discursos ni de la militancia.
Y tampoco les importa.
Así llegamos a la pregunta generalizada: ¿por qué llegó el PRI a un callejón sin salida? En qué momento perdió la brújula del poder, se debilitó, y a juzgar por los últimos hechos, el PRI poblano se encuentra ignorado, en el último cajón de pendientes del CEN y del equipo del presidente Peña Nieto, lo que lo convierte en un territorio vulnerable.
Una raya más al tigre es por la inexistencia de la generación perdida.
Y la llegada de la plástica.
Sin duda.