El México de las nubes, de las pantallas complacientes de la televisión, de la nervadura de politicastros del círculo dorado y de los aplaudidores dóciles y lubricados, nada tiene que ver con el México del piso.
Son dos niveles separados por un enorme abismo.
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Los del piso están en la trinchera de la sobrevivencia diaria. Son las víctimas de todas las lacras del país. De la delincuencia menor, del raterillo que roba autopartes, los asaltantes, la burocracia insolentes de todas las dependencias. Pero también de las bandas superiores, las del terror, las que se reparten regiones del país e imponen la nueva geografía.
Un ejemplo concreto como hay muchos: Ayer a medio día, junto al centro de convenciones de San Francisco se me acerca un joven de rostro azorado, pálido, casi temblando. Me dice:
“Oiga,¿ usted sabe dónde queda la agencia del ministerio público que está hacia Cholula?…Me acaban de robar mi coche, me quedé sin nada..Aquí en ésta calle, entre el Sanborns y el estacionamiento. Hablé con los policías de una patrulla y me dijeron que lo único que ellos pueden hacer es “peinar” la zona, pero no llevarme a la agencia porque no es taxi...tengo que ir a denunciar el hecho a la agencia..”
La cara descolorida como una hoja de papel, la mirada angustiada hacia todos lados, como buscando de dónde asirse, la frente con una capa leve de sudor. Es la imagen de la impotencia, la frustración. Me dice que su coche es un Jetta 2012, que él es contador público. Le ofrezco mi celular para llamar a algún familiar o amigo que le ayude.
“Muchas gracias –me dice- vivo solo…Creo que los desgraciados que me robaron el coche me venían siguiendo, porque pasé a un banco y noté que un vehículo me seguía hasta acá. Mejor présteme para tomar un taxi..” Le di para el taxi y se retiró, aturdido, rabiando de coraje.
Pregunto a un policía del estacionamiento qué tan riesgosa es la calle esa. Me comenta que sí se da el robo de coches y autopartes. –Oiga, pero he visto cuidacoches. –Son todos de una familia, me dice, a lo mejor hasta son cómplices. Recorro la calle y no veo ni franeleros ni policías, ni un policía en esa área en pleno domingo a medio día, con mucha gente transitando por las calles.
Un joven así –éste, siquiera afortunado, con empleo y auto reciente- ¿qué espera del informe presidencial?
¿Espera acaso algo del mensaje del presidente mañana frente a sus invitados del círculo del poder?
Como este caso hay cientos, miles, en todo el país. Cada quien su pequeño o enorme infierno, su tragedia. La víctima anónima del asalto en la calle, el robo en casa, el comando en la fábrica o el restaurante; el camión con mercancía arrebatado por una banda en carretera; las víctimas de los derrames de químicos y petróleo en Sonora y Nuevo León; los despojados de la isla de Holbox; los 20 mil defraudados en una caja de ahorro en Guerrero con un cura como parte de la banda de hampones de cuello blanco…
El delito más descarado y brutal cada día, siempre impune. La corrupción, como un papel celofán que lo envuelve todo. La ausencia de justicia y estado de derecho más elementales.
La lista es interminable y rebasa a diario los niveles de asombro. ¿Qué les dicen a ellos las reformas estructurales, la propaganda presidencial que satura la radio y televisión, los autoelogios machacones y retumbantes de dos años de reformas..?
¿Qué aportan para Juan pueblo las multi cantadas reformas oropelescas que se nos venden como pasaportes al cielo con maná y vida eterna en el paraíso…?
Acaso son bienintencionadas, mal articuladas y peor vendidas. ¿Tendrán realmente como destinatario y objetivo final al ciudadano? Seguro a largo plazo, nos dicen, pero “en el corto plazo ya se murió el burro”, comentan en los pueblos. Y lo dicen provistos de una sabiduría curtida en la experiencia de cada día.
El informe, a no dudar y como siempre ocurre, será poesía. Pero lo que vive la gente en el día a día es prosa. Dos mundos distantes. Que un día se van a encontrar, o desencontrar.
Ese momento no lo ven sólo quienes se tapan los ojos y los oídos.