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OPINIÓN

No vayas fuera, entra dentro de ti...

San Agustín, un filósofo para nuestros días

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Agosto 28, 2014

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Conocí a san Agustín (354-430) en la carrera de filosofía, quiero decir, leí sus dos principales textos, las Confesiones y La ciudad de Dios, en el 86 u 87, en uno de los seminarios de historia de la filosofía. Es cierto que había ya oído hablar de él, no recuerdo bien si alguno de mis hermanos, cuando era yo niño, había comentado la historia de él y de su madre, santa Mónica, que lloraba por su conversión y cuya alma descansó hasta que pudo ver convertido al cristianismo a su hijo: las lágrimas lo pueden todo, me quedó de esas narraciones.

De esa primera lectura me quedaron tres puntos que, vistos en contexto, forman parte de la formación filosófica en general pero que tejieron por dentro algunas inquietudes de mis intereses intelectuales posteriores. El primero de ellos es la afirmación de que el alma, san Agustín en primera persona, está hecha para el infinito, para Dios: Nos hiciste para ti, Señor, y nuestra alma no descansará hasta que no descanse en ti. ¿Qué puede significar esta expresión en un hombre que ha buscado toda su vida y que, a final de cuentas, logra lo fundamental, conocerse y conocer el núcleo de su búsqueda? El alma, los seres humanos, está hecha para conocer, para saber, para descubrir la verdad, el bien, la belleza, la justicia, la libertad. Porque aunque busque engañar a los demás, escribe el santo de Hipona en alguna de las partes, no quiere engañarse a sí misma (el alma).

De hecho la filosofía misma nació como búsqueda de lo verdadero, de lo real en sí mismo, para distinguir lo que es aparente de lo que es en realidad, lo que vemos de lo que está detrás de lo que vemos: lo patente y lo latente. Lo que vemos esconde algo que no vemos y que es lo que pasa realmente, es un mundo que no se percibe con los sentidos y que sólo se descubre cuando el entendimiento, cuando la razón, están entrenados y capacitados para inferir y comprender lo que es verdad de lo que es paja. La filosofía descubrió que esa facultad es propiamente la razón, el entendimiento, su luz en sí misma considerada: el mundo de las ideas, por ejemplo. De hecho, Platón y sus seguidores llegaron a denominarla justamente la Idea.

Años después, en un seminario sobre hermenéutica, Mauricio Beuchot explicaba que la verdadera comprensión de las cosas se daba mediante una trilogía: entender, explicar y aplicar y que los escolásticos, en la Edad Media, ya formulaban eso: subtilitas intelligendi o implicandi (conocer es saber lo que una cosa implica), subtilitas explicandi (sólo puede explicar quien comprende las cosas) y, la coronación del saber, subtilitas applicandi (conocer es saber cómo se aplican y funcionan las cosas). Así, pues, el alma, la mente, la razón humanas, están hechas para conocer la verdad de las cosas y ello supone toda una formación, una capacitación, un entrenamiento, una búsqueda, un ejercicio, en fin, todo aquello que apasionó a san Agustín diez siglos antes de los escolásticos.

El segundo punto que llamó mi atención de esa primera lectura fue el robo de las peras y la reflexión moral del acto. Narra Agustín que un día robó unas peras de un huerto sin otra pretensión que el robo mismo: “todos roban por algo y para algo, pero yo, Señor, yo robé por el robo mismo, sin otra finalidad que el robo”. Tan es así que terminó tirando las peras sin siquiera habérselas comido.

En efecto, se trata de un tema de la voluntad: quienes roban, lo hacen por algo, para algo, para sobrevivir, enriquecerse, apoderarse, en fin, para lograr esto o aquello o lo de más allá, pero robar por robar, robar por diversión es la mayor perversión de la voluntad. ¿Y si se tratara de matar o de alguna otra barbaridad? Ahí está el origen del mal: en la mala voluntad. Y será otro de los grandes tópicos de la filosofía: ¿el ser humano es bueno por naturaleza, malo o neutral? ¿O depende, más bien, de la educación, del tipo de educación? Pero, ¿no son los más educados, a veces, los que emprenden los más grandes crímenes? ¿Qué es la educación a final de cuentas y qué sentido tiene? En esos años estudiantiles, me parecía que el santo exageraba (yo decía: ¿cómo por unas peras se puede uno entrampar tanto?), pero visto bien el tema resulta escalofriante: hacer algo por diversión, es decir, sin sentido, ¿no es una perversión si se trata de un acto de suyo malo?

El tercer punto que me llamó la atención de esa juvenil lectura fue el tema del tiempo, o mejor dicho, del tiempo y de la permanencia, del tiempo y de la eternidad, de lo que no cambia y de lo que cambia, si somos siempre lo que somos o si cambiamos siempre y nunca somos lo que pensamos que somos.

En los años posteriores, lo que fue captando mi atención fue el tema de la interioridad: dejar las apariencias, no vayas fuera de ti, escribe el santo, entra dentro de ti mismo porque en el hombre interior se encuentra la verdad. Este será uno de los grandes temas de la modernidad, la valoración del sujeto como instancia de lo que realmente ocurre, de lo real y verdadero. Será uno de los temas que cruzará toda la filosofía moderna y posmoderna: el sujeto como fuente de la verdad y de manifestación de la verdad. Pero con un problema que tanto Descartes como Pascal apuntaron bastante bien es sus filosofías: la duda metódica y el surgimiento de la razón, por un lado, y la necesidad de entrar en el espacio interior, por el otro lado, ir hacia el habitáculo interno pero cuya problemática es, precisamente, que no sabemos interiorizar, que cuando entramos en nuestra habitación interior salimos corriendo porque ahí no hay nadie, y esa vaciedad se manifiesta en tedio, aburrimiento, cansancio, fastidio, angustia y depresión. Pues bien, once siglos antes, casi doce, san Agustín estaba atisbando la gran relevancia que tiene no sólo el ejercicio de la razón, sino la necesidad de interiorizar: deja las apariencias y entra en la realidad de lo que eres. Por eso no deja de ser un filósofo para nuestro tiempo, un pensador para nuestros días, tan llenos de tanta apariencia, de tanta paja, de tanta basura y tan necesitados de interioridad.

En uno de los escritos atribuidos al santo, se puede leer lo siguiente:

Luz, que veía Tobías, cuando a pesar de estar ciego enseñaba a su hijo el camino de la vida (cf. Tb 4, 2); luz, que alumbraba el espíritu de Isaac, cuando con los ojos cegados externamente anunciaba el futuro a su hijo (cf. Gén 27, 28); luz invisible, a quien está presente todo el abismo del corazón humano; luz que percibía Jacob, cuando, iluminado interiormente por tus enseñanzas, predecía exteriormente a sus hijos lo que les iba a venir (cf. Gén 49, 1-28), mira cómo las tinieblas están sobre la superficie del abismo de mi alma. Tú que eres la Luz; mira cómo tinieblas espesas caen sobre las aguas de mi corazón. Tú que eres la Verdad, Verbo, por quien todo fue hecho, y sin el cual no ha sido hecho nada; Verbo que eres anterior a todo y antes de que nada existiera; Verbo que es el Creador de todas las cosas, sin el cual todo es la nada (cf. Jn 1, 3); Verbo que lo gobierna todo, y sin el cual todas las cosas no existirían; Verbo que dijiste en el principio: Hágase la luz, y la luz fue hecha (Gén 1, 3), di también ahora: Hágase la luz, y la luz sea hecha, y que yo vea la luz y reconozca lo que no es la luz, porque sin ti tomo la luz por tinieblas y las tinieblas por luz. Porque sin tu luz no brilla la verdad, ni el discernimiento, solamente hay confusión e ignorancia, no hay ciencia; solamente hay ceguera, no hay visión; solamente hay extravío, no hay camino; solamente está la muerte y no hay vida. [Agustín (2002), Escritos atribuidos, Soliloquios del alma a Dios, “Necesidad y petición de la luz divina”, c. 4, en Obras completas de san Agustín, tomo XLI, BAC, Madrid, pp. 312-313].

La filosofía no tiene otro propósito, desde sus orígenes hasta nuestros días, que distinguir lo que es de lo que no lo es, porque, como dijera otro pensador, el francés Jean Guitton, pensar es saber distinguir. Y en ello, en primera línea, junto a los griegos y luego junto a los modernos, san Agustín tiene un lugar relevante: nos enseña a buscar y a encontrar, y a entender que nunca la filosofía es una búsqueda vana, siempre hay una respuesta o un destello de ella. Se trata de un pensamiento que, cruzando el tiempo y el espacio, viene de Hipona a Puebla.

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