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OPINIÓN

Culpar al termómetro 2: Los matices

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Agosto 25, 2014

Cuando uno escribe un artículo periodístico cuenta con un espacio bastante limitado en el que tiene que quedar comunicada lo más claramente posible una idea central. Esto implica necesariamente dejar fuera muchos elementos del tema que se trata y hace imposible desarrollar todos los matices necesarios.

Por otra parte, al escribir un artículo para espacios como el que me brinda e-consulta se está lanzando una especie de mensaje en una botella que se arroja al mar sin saber si habrá del otro lado alguien que lo lea y cómo será leído. Semana a semana envío mi colaboración en medio de esta muy disfrutable incertidumbre acerca de la amplitud y el modo de recepción que tendrá entre los lectores, que además, por tratarse de un medio digital, tienen un perfil mucho más amplio y diverso.

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Escribo esta introducción para explicar la razón que me mueve a entregar una segunda parte del artículo de la semana pasada sobre el tema de la evaluación docente, titulado Culpar al termómetro.

Un par de días después de publicado, el artículo fue retuiteado por @EvaluAcción, una página de Twitter de Andalucía y a partir de este retuit se generó un rico debate sobre el tema, en el que desafortunadamente no pude participar en la medida que hubiera querido en parte por la diferencia de horario y en parte porque soy bastante mal tuitero y mi ritmo de trabajo me impide responder con la agilidad e inmediatez que esta reda social exige.

Me queda muy claro que el debate fue sobre el tema y los supuestos epistemológicos de la evaluación docente y que mi artículo fue solamente el pretexto –me alegra mucho haberlo aportado- para discutir este elemento que está siendo una parte sensible en la operación actual de los sistemas educativos en prácticamente todo el mundo. Es evidente también que el contexto español y mexicano son muy distintos, lo mismo que el estadounidense que fue mencionado en algunas partes del diálogo.

Sin embargo considero pertinente plantear mi posición personal frente a algunos de los temas que surgieron en estos días de discusión virtual.

Un primer elemento es la crítica natural que surge a partir de la metáfora del termómetro, pues esto parece indicar que se concibe a la evaluación como “científicamente pura”,  es decir, como una actividad libre de intereses, exenta de subjetividad y axiológicamente neutral.

Es evidente que esto no es así. Cuando planteo que se culpa al termómetro de la gravedad del paciente que es nuestro sistema educativo, estoy plenamente consciente de que este termómetro tiene cierto alcance y múltiples limitaciones y que cualquier evaluación que se haga –no solamente con métodos e instrumentos cuantitativos sino también con enfoques cualitativos- aporta solamente una parte de conocimiento sobre el estado de los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Toda evaluación tiene una carga axiológica, es decir, se hace desde ciertos valores y posturas éticas y responde a determinados intereses que pueden ser más o menos legítimos. En el caso de la evaluación puesta en marcha por el INEE, mi convicción es que estos intereses tienen que ver con el combate a la discrecionalidad y la corrupción en el otorgamiento de plazas y promociones a los profesores, lo que desde mi punto de vista le otorga legitimidad.

Desde luego que no se trata de un proceso “químicamente puro” y que como decía alguno de los participantes en el debate, “es un instrumento al servicio del poder”, lo cual no es necesariamente malo, porque es evidente y explícito que la evaluación es un instrumento de política pública sobre la educación, definido por el Estado en el caso de nuestro país en la actualidad, como parte del Servicio profesional docente, creado como uno de los pilares de la reforma educativa en marcha.

La evaluación tiene también una carga de subjetividad inevitable, lo que no implica que no pueda ser objetiva, pues si trascendemos la noción errónea que domina nuestra cultura científica y popular respecto a la objetividad como la observación fiel de lo que está ahí, afuera, ahora, despojándonos de la subjetividad y asumimos la visión de pensadores como Lonergan y Morin que coinciden en que la objetividad es el resultado del pleno ejercicio de la subjetividad, resulta muy sencillo aceptar la objetividad de un proceso de evaluación bien diseñado, aplicado e interpretado.

Me parece que los primeros en estar conscientes de todos estos elementos que impiden absolutizar los resultados de la evaluación y que implican un estricto cuidado en el diseño, la variedad, la aplicación, la interpretación y la aportación de elementos para la toma de decisiones de política pública, son los consejeros del INEE que tienen una sólida trayectoria académica y desde mi punto de vista, una solvencia ética probada.

A partir de estas aclaraciones que no pudieron ser incluidas en la primera parte de este artículo, reitero mi posición de que en el México de hoy, es necesario apoyar el proceso de evaluación que está apenas empezando y que va a incluir no solamente a los docentes sino a todo el sistema educativo, para que -evitando los excesos en que han caído algunos otros países- podamos aspirar a un verdadero sistema profesional docente en el que sean los méritos y no el dinero, las influencias políticas o los lazos familiares los que definan el ingreso y el crecimiento de los profesores para beneficio de los educandos.

Porque también detrás de quienes culpan al termómetro hay intereses, poder en juego y supuestos epistemológicos y éticos que habría que analizar. Porque insisto, no deberíamos culpar al termómetro de la enfermedad sino ponernos a trabajar seriamente para que el paciente sane.

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