A pesar de que diariamente nos topamos con no pocos casos en los que la ética brilla por su ausencia, eso no significa que ésta no sea un aspecto fundamental para nuestra vida. Y es que si nos remitimos a su definición más básica, que es la del conjunto de normas que determinan una conducta aceptable para la correcta relación con nuestros semejantes, tristemente nos damos cuenta que estamos rodeados de situaciones que distan mucho de ser “éticas”.
Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en las reacciones en contra de la reforma educativa que un sector del magisterio ha externado en las últimas semanas. Como ha sido su sello distintivo, los miembros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) han criticado acremente la iniciativa en materia de educación propuesta por el presidente Enrique Peña Nieto. Para lo cual, literalmente han paralizado a la Ciudad de México y algunos otros lugares con sus cada vez más agresivas protestas.
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Sin embargo, el problema no es tanto el de cuestionar la propuesta como tal, ni siquiera las formas de externar tal desacuerdo (mismas que, dicho sea de paso, dejan mucho que desear tomando en cuenta que son “educadores”). Por el contrario, el problema es más de fondo y pasa por el desconocimiento de lo que rechazan. Es decir, tal como lo señaló en su momento el propio mandatario, muchos de los detractores de esta reforma no se han tomado siquiera la molestia de leerla con detenimiento; simplemente la han rechazado sin mayor reparo. En ese sentido, les invitaba a estudiarla y, con base en su análisis, contribuir a su posible mejora.
Es justo aquí en donde entra la ética. Me explico: Tal y como lo garantiza nuestra Constitución, haciendo eco de la Carta de Derechos Humanos defendida por la Organización de Naciones Unidas, cualquier persona tiene la libertad de expresar sus puntos de vista sobre cualquier tema. Más aún, es nuestra obligación como ciudadanos el cuestionar a nuestros gobernantes y exigirles la rendición de cuentas. Para lo cual, es necesario estar informados al respecto de sus actividades.
Hasta aquí no hay ningún inconveniente. Lo problemático es cuando se pretende descalificar algo desde la ignorancia. En otros términos, no hay crítica que valga cuando ésta no cuenta con los argumentos racionales que la sustenten; los cuales no pueden existir mientras no se tenga la información adecuada. Son justo de argumentos lo que carece el discurso de la CNTE. Y es que más allá de los lugares comunes, insultos y consignas gastadas, poco y nada han abonado sus integrantes al debate serio de dicha propuesta. Es precisamente la información la que permite valorar en su justa medida los pros y contras de cualquier situación, en este caso la reforma educativa (misma que es a todas luces perfectible). No se trata entonces de ser porrista o verdugo de nadie, sólo ser responsable y, por ende, éticos en la forma de recibir y evaluar el trabajo de nuestros gobernantes.