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Con cada hilo que cruza, une generaciones, honra a su madre y abre caminos para otras mujeres
Foto: Rocío Carbente
Josefina Sihuamej tiene 30 años, manos pacientes y una visión clara: llevar la tradición textil de su pueblo a nuevas generaciones, sin perder el alma de lo hecho a mano. Originaria de Cuetzalan, Puebla, creció entre hilos, telas y agujas. Su madre, artesana en bordado, le heredó algo más que una técnica: le enseñó a valorar el trabajo, la historia y el simbolismo que se entreteje en cada puntada.
“Mi mamá me enseñó su profesión. Aprendí a bordar con ella desde muy niña. Pero después decidí estudiar diseño de modas porque quería que esto creciera, que el bordado se viera en otro tipo de prendas, no solo en lo típico”, cuenta Josefina con orgullo.
Y lo ha logrado. Hoy es capaz de confeccionar desde blazers, camisas y blusas, hasta vestidos de XV años, de novia o de gala, todos con identidad regional, pero con cortes contemporáneos que los hacen únicos. Cada prenda es hecha por encargo, con diseño personalizado y tiempos de elaboración que pueden ir de tres a seis meses. No hay modas rápidas aquí, solo piezas exclusivas, trabajadas con calma y dedicación.
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“Es muy difícil como artesanos salir adelante con nuestros productos. A veces a la gente le gustan las prendas modernas, pero no dimensionan el trabajo que hay detrás. Cada puntada, cada bordado, lleva horas, días. No es algo que se haga en una fábrica”.
Josefina no trabaja sola. Aunque diseña y confecciona personalmente muchas de sus prendas, en algunos proyectos colabora con otras artesanas de distintas regiones. “No siempre nos damos abasto, así que trabajamos en conjunto. Por ejemplo, este vestido lo hice yo, pero el lienzo fue bordado por mi amiga Margarita Martínez, de Hueyapan. Ella tiene su propia marca de textiles llamada Cuna del Chal Bordado. Es un trabajo en equipo”, explica mientras sostiene un vestido negro de gala.

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Ese vestido está a punto de cruzar la frontera rumbo a Estados Unidos. Lo encargó una cantante de origen poblano que radica allá. Quería una prenda que no solo la hiciera lucir sobre el escenario, sino que la conectara con sus raíces. Josefina eligió un bordado en punto de cruz sobre lienzo de Acatlán, lo combinó con gasa de novia y piedras para que brillara con el movimiento.
“Cada prenda tiene su historia. Hay personas que me dicen: ‘Quiero que mi vestido tenga un bordado de la Sierra Negra’, y lo hacemos. Todo depende del diseño, del tiempo que se tenga y de lo que quieran expresar con la prenda”.

Entre las técnicas que domina están el pepenado, el tenango, el bordado antiguo, el relleno y muchas otras que varían según la región. Algunas de ellas son tan complejas que requieren contar los hilos de la manta para formar figuras con precisión milimétrica. Es, literalmente, bordar con paciencia y alma.
El precio de sus prendas varía según el modelo, el diseño, el bordado y los materiales. Un vestido bordado en punto antiguo, por ejemplo, puede alcanzar los 9 mil pesos.
Josefina no solo cose y borda. Josefina transforma. Toma una tradición heredada y la reinventa con visión. Con cada hilo que cruza, une generaciones, honra a su madre y abre caminos para otras mujeres que, como ella, creen en el poder de lo hecho con amor. (RC)