En un ejercicio de retroalimentación conjunta, instituciones pertenecientes a la Asociación de Universidades Confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL) compartieron sus aprendizajes durante el primer año pandémico y cómo se preparan para retomar la presencialidad en sus respectivos espacios académicos.

Un mes después del éxodo del campus en marzo de 2020, la IBERO Puebla creó la Comisión de Retorno Seguro y 14 subcomisiones encargadas de diseñar y gestionar todos los protocolos y lineamientos para la vuelta a las instalaciones. Para ello, se trabajó de la mano con autoridades estatales, se realizaron monitoreos en redes sociales y se abrieron foros de expresión para la Comunidad Universitaria.

Como explicó Lilia Vélez, directora general Académica, el proceso de retorno priorizará al alumnado próximo a egresar, así como al de primeros semestres que nunca ha pisado las instalaciones. Con base en las disposiciones estatales, las clases semipresenciales del próximo periodo de Verano (que arranca el 24 de mayo) serán aquellas que requieren el uso de laboratorios y talleres.

El modelo híbrido también contempla las cátedras con transmisión en vivo, las cuales se llevarán a cabo en agosto si las instancias de Salud lo permiten. Como tercera oferta, continuarán las clases 100% virtuales, pues “los estudiantes desean tener un alto porcentaje de actividades en línea, aun cuando regresemos a la Universidad”.

Vélez destacó que las evaluaciones a docentes en los semestres en línea han sido favorables. Como reflejaron los más de 16,000 testimonios del alumnado, la conectividad continúa como el obstáculo más recurrente para la teleeducación, mientras que las principales preocupaciones tienen que ver con la logística y el cuidado de la salud una vez que se regrese al campus.

Con el cierre total de actividades, la Universidad Rafael Landívar optó por replicar sus actividades presenciales desde casa. En el segundo semestre del año adaptaron los planes académicos a las nuevas necesidades, mientras que el retorno al campus comenzó en enero pasado con presencialidad del 12% de la matrícula. Así lo compartió Martha Pérez de Chen, vicerrectora Académica.

Para ello, la institución guatemalteca implementó un modelo híbrido y otro de aprendizaje invertido. El primero contempla las clases sincrónicas (con presencia del profesor) y asincrónicas (procesos individuales). Por su parte, el segundo privilegia el aprendizaje autónomo en casa para aprovechar el tiempo de presencialidad en actividades prácticas significativas.

Mientras que varios países han mantenido cuarentenas estrictas, el Gobierno de Nicaragua ha tenido un abordaje despreocupado de la pandemia. Por ello, desde agosto de 2020, la Universidad Centroamericana ha optado por un modelo de semipresencialidad donde cada asignatura tiene al menos una clase in situ a la semana. No ha habido contagios al interior del campus.

Para mantener el rigor académico, la UCA realiza evaluaciones docentes permanentes, las cuales tienen lugar durante las cátedras y permiten identificar las áreas de oportunidad de forma oportuna. “La educación virtual es como un panóptico; el aula es transparente. Sin embargo, existe el riesgo de caer en cursos enlatados”, advirtió la vicerrectora Académica, Wendy Lucía Bellanger.

Por su parte, el Instituto Especializado de Estudios Superiores Loyola ha aprovechado la baja incidencia de contagios de COVID en República Dominicana para realizar un experimento presencial mediante el cual un grupo selecto de docentes y estudiantes regresaron a los laboratorios durante un mes y medio. Los resultados permitieron perfeccionar los protocolos, implementar nuevas metodologías de aprendizaje y potenciar las subjetividades.

Así lo constataron dos de sus representantes, Rosa Cifuentes y Alayn Hernández, quienes compartieron con la red AUSJAL la relevancia de conocer la naturaleza de las asignaturas para generar modelos que prioricen las actividades de campo o estrictamente presenciales.

Caso opuesto es el de Brasil, donde la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro determinó que el regreso a la presencialidad tendría que ocurrir en condiciones de certeza plena y con espacios desdensificados para garantizar la tranquilidad y seguridad de su comunidad. Desde la perspectiva de Daniela Trejos, coordinadora de Licenciatura, “el 2021 es nuestro entrenamiento para 2022”.

La conjugación de factores de riesgo también ha supuesto obstáculos para las instituciones educativas. La Universidad Católica de Táchira enfrenta la complicación de situarse en la frontera de Venezuela con Colombia, donde persisten fuertes restricciones de movilidad. A ello se suman otros factores como la inflación generalizada, los bajos salarios, el alto costo del transporte público y la falta de un plan de inmunización para la población.

Pese a las adversidades, Ricardo Casanova, vicerrector Académico, destacó el compromiso expresado por la docencia y el alumnado para adaptarse a los recursos tecnopedagógicos y comunicacionales disponibles. “Vemos en el horizonte que el próximo año académico deba iniciar con un sistema multimodal”, estimó.

Durante un breve diálogo de retroalimentación y cierre, el panel refrendó su disposición para construir más espacios de intercambio que den pistas sobre los aciertos y aprendizajes en el tránsito a la nueva cotidianidad. Los presentes coincidieron en la relevancia de la pedagogía ignaciana para curar los efectos de la pandemia en la comunidad y construir futuros esperanzadores.