Netflix trajo a la actualidad Rebecca, aunque su versión de la novela de Daphne du Maurier no haya sido bien recibida ni la por público ni la crítica nos abre la posibilidad recordar el clásico hecho por el Maestro del Suspenso en los años 40 y considerada su primera obra maestra (de tantas).

La primera película dirigida por el inglés Alfred Hitchcock en Hollywood, ganadora de dos premios Oscar: Mejor Cinematografía en blanco y negro y el de Mejor Película (premio que se quitó así mismo que competía por la estatuilla con la película Corresponsal Extranjero, así como también con El Gran Dictador de Charles Chaplin y Viacrucis de John Ford). Protagonizada por la bella e inocente Joan Fontaine, acompañada también por el actor Laurence Olivier, es un asfixiante thriller con emocionantes giros en la trama que una vez nos toma, no nos suelta hasta el final.

Iniciamos en Monte Carlo, donde los personajes de Joan y de LaurenceMaxim De Winters, tienen un romance y rápidamente contraen matrimonio para inmediatamente después ir a la legendaria Manderley, la casa propiedad de Maxim.

Allí establecida la nueva señora de Winters (nombre heredado a nuestra protagonista que no es dotada de un nombre propio, siendo está omisión representante del poco valor con el que es vista por las personas que la rodean) poco a poco se da cuenta que su marido aún está trastornado por la pérdida de su primera esposa, la que le pone el título a la película y que es una presencia ausente que no hace más conforme avanza la trama deja caer su pesado recuerdo sobre los hombros de la empequeñecida Joan por el entorno y por los personajes que habitan en él. Una imponente y enigmática señora Danvers a la que debe hacerle frente para adueñarse del lugar marcado por la sombra de Rebecca y llena de objetos cargados de psicología que no hacen más que acosarla. Jack Favell quien se presenta como el primo de Rebecca, siendo un personaje incómodo y misterioso con oscuras intenciones. Verdades que se irán revelando están ocultas detrás de los velos de un lugar marcado por la tragedia y la intriga.

Una película que transita entre el drama criminal, la pasión, la traición, la pena y la locura pero que su pilar central, una gran historia de amor es la que se alza sobre todas ellas. Una lucha individual por aferrarse al amor que la hará enfrentarse a las adversidades y circunstancias e intentar, por sus propios méritos permanecer al lado del hombre que ama aun cuando los demás no la consideran a la altura de las circunstancias.

Hablar de Rebecca es también detenerse hablar de Manderley, donde las sospechas no hacen más que alimentarse. Un enorme paraíso aislado que es un personaje en sí, ni siquiera Monte Carlo es capaz de hacerle competencia (frase dicha por un personaje de la película). Siendo este el escenario donde se desarrolla la mayor parte del filme, un recinto cargado con una pesada atmósfera gótica con enormes habitaciones que reducen a la protagonista.

Reconocer los decorados no debe ser motivo para olvidar la banda sonora compuesta por Franz Waxman, que sutilmente y sin darnos cuenta también nos toma por sorpresa y nos pone tan tensas como las cuerdas de los violines que acompañan las imágenes.

Hitchcock para estas alturas de su carrera ya demostraba ser excelente en la puesta en escena, la construcción de atmósferas y no ser un simple eslabón en la adaptación de la novela sino servirse de la imagen para transmitir los estados psicológicos y emociones de los personajes. Una muestra que el Maestro aún 80 años después sigue vigente, y de que volveremos hablar sobre él en futuros artículos